Panamá, 17 de octubre de 2001
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Una vida en el arte

Teresa Icaza
Especial para La Prensa
revista@prensa.com

‘Raíces del limonero’, óleo y collage sobre tela de Teresa Icaza que presenta este viernes la muestra “Estratos y paisajes” en la Galería Arteconsult.

Me preguntan mucho si de niña tuve sueños que me impulsaran hacia las imágenes.

Mis primeras memorias son de afanes de ser directora de cine o pintora, pues todo lo visual me impactaba: como a todo niño, me hechizaban los colores y las formas, y creo que comencé a dibujar desde siempre. Podía permanecer horas en silencio en contemplación de la maravilla del mundo, y aún hoy no deja de sorprenderme el que quizás alcance a ver cosas cotidianamente invisibles, sombras con luces que me narran historias y me sugieren mundos complejos y formas mágicas, el poder palpar la belleza en el diario vivir y la gloria inefable de la existencia.

Pronto comprendí que no iba a llegar a ser directora cinematográfica, dado el obvio predominio en mí de los escenarios sobre los actores, al punto que hasta la fecha no han aparecido los últimos en mi obra.

Sobre mis colores actuales, en gran parte son un retorno a lo primario, a esa niñez incontaminada donde no se le teme a la luz que deslumbra, a la brillantez del rojo, al fulgor del azul o al esplendor de los verdes. En mi camino encontré matices que me adentraron en diferentes senderos, pero sin desviarme de mi esencia: la pasión por la abstracción. Incluso en mis paisajes actuales se puede apreciar que los follajes, y ahora las tierras, son realmente tapices vibrantes de formas, sugerencias y habitantes; para verlos solo hace falta imaginarlos y el tema es poco más que un pretexto. Me apasiona el hecho de que el observador dispone de la libertad de reconocerse y poder identificarse con algo que nos es común, y es por eso ante todo que amo las texturas y las veladuras, el color y las formas. El arte no debe aspirar a la historicidad -no debemos permitirlo- ya que nació justamente para ser intemporal, la memoria de lo olvidado y la revelación de lo oculto, lo perdurable y lo originario, para ser los recuerdos de lo que nunca ha sido.

Le evolución es el resultado de la multiplicación de la vida por el trabajo: los cuadros revelan el alma desnuda del pintor, cuentan su historia como pedazos colgados de su vida, revelan su forma de expresarse, de establecer un diálogo silencioso a través de imágenes que narran de alguna manera la historia común, los dolores y también los amores refulgentes de su recorrido. No creo en la sustentación de la obra por medio de la palabra: la obra es una entidad, y si hay necesidad de “explicarla”, es preferible abandonar las imágenes y entregarse a la literatura.

Ser autodidacta es una desventaja en los inicios, ya que empina marcadamente la cuesta de la vida artística. Pero asimismo confiere una libertad absoluta que le permite al artista dejarse guiar por su pasión y por su propio sentido de la estética. Viajar y observar enriquecen, ya que el arte carece de fronteras, tiempo y nacionalismo. La pintura nos hermana sin palabras; es el aglutinante perfecto para la paz y la alegría, y también el encantamiento mágico para la expurgación de los demonios e infiernos que compartimos.

De artistas admiro a Giorgio Morandi, ese pintor maravilloso realizó su obra en silencio, casi inadvertido, y hoy habita los mejores museos. Sus modelos -botellas, jarras y algunos objetos cotidianos que se convertían en bodegones- eran los mismos siempre y nunca iguales. Llegó a una abstracción del tema absolutamente hermosa y perfecta. Me apasiona la obra de Gustav Klimt, que me transporta a la Viena de fin de siglo (XIX), donde no era delito que la belleza pudiese ser decorativa. Egon Schiele, su discípulo atrevido e irreverente, con sus figuras plenas de erotismo; me acongoja su muerte temprana, que le arrebató al mundo tan excepcional artista. La línea de Picasso es absolutamente impecable: con ella sola le basta para sugerir piel, ropa, sentimientos. ¡Ah, pero Goya! ¡Y “el perrito de Goya”! Qué admirable abstracción en la cual el maestro se deja hechizar por las texturas y las formas (y el perrito solo sirve de pretexto). Pero mejor no continuar... con una lista inmensa como el tamaño de la historia humana. Mi mayor admiración: los dibujos de los bisontes en las cuevas de Altamira... sin autor, y tan actuales.

Que recuerde, siempre firmé mis obras “T. Icaza”, para aparentar ser hombre. Ocultaba mi género pues en esos tiempos no se estilaba que las señoras fueran pintoras sino diletantes, damas que pretendían jugar con colores los domingos. Nadie pensaba con seriedad que pintar pudiera significar una vida, una pasión absoluta. Hoy, todo ha cambiado y nos hemos ganado el respeto de la comunidad.

Una anécdota personal: durante la dura crisis de finales de los 80, con el país paralizado y los bancos congelados, todos tan sin dinero y con la contabilidad única de cuentas por pagar, tratando de seguir adelante en espera del milagro del mes, se presenta a mi puerta un matrimonio extranjero referido por mi vecina; muestran interés por mi obra, y después de observarlas escogen una, la cual proceden a abonar con la promesa de regresar a recogerla al día siguiente (desmontada y enrollada). Nunca volvieron. Esperé años. Un buen día aparece un nuevo cliente y me solicita una obra del 86; lamentablemente no me quedaba ninguna... hasta que recordé la abandonada; se la mostré y fue como un hechizo: quedó encantado y exclamó jubiloso que esa era precisamente la obra que él anhelaba. La obra se titulaba Olvido, y me enseñó una verdad inmarcesible que desde entonces acepto cual axioma: cada cuadro tiene su dueño -no importa lo que tarde ni cuantas veces cambie de manos o territorios- hay alguien que la espera, con la paciencia y certidumbre del destino.

Por esa época incursioné en la cerámica y en el grabado. Este último no resultó mi mundo, en cambio la cerámica se convirtió en mi amante -nada serio...era divertido-, y si salía mal se sacrificaba con una lágrima. El horno era implacable. Fue una etapa llena de sorpresas y accidentes que producían pasiones absolutas o la depresión del día, siempre vívidas.

En el recorrido humano se llega por fuerza al tiempo del silencio y de la ausencia, de la madurez y experiencia acrisoladas por la vida. Con él llega el momento de esa soledad que nos permite reconocer a plenitud las resonancias de nuestro mundo interior y saborear a la par el otro que nos rodea; de compartir recuerdos sin cesar de continuar la búsqueda de sueños; de reemprender el camino restaurado sin perder la capacidad del asombro, de poder sorprendernos por una crisálida que se vuelve mariposa.

El acto creativo involucra esa sumersión absoluta que elimina el tiempo y descarta las necesidades para dejar solamente la pasión de seguir, la ilusión de que esta vez será lo que se está buscando... y al final, casi siempre, la decepción -nunca resulta lo anhelado- y así se torna el camino interminable, con cada lienzo un nuevo reto en pos de lo inefable. Y cuando algún día, como ocurre, resulta el milagro, el artista será el más sorprendido de todos los seres. Y es probable que esta pauta demarque el fin de ese período de su vida, y habrá que encontrar otros caminos y explorar nuevas formas. Y es esa, en suma, la vida en el arte: ese flujo incesante de ideas y de dolores de la búsqueda sin fin, cimentado por el respeto al oficio, la disciplina que no admite improvisaciones, el artesano fino que valora la técnica detrás de la superficie y puede sentir que hay amor y tiempo en esa imagen final que se le brinda al mundo.

(La autora es pintora).


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