El que pega aquí, pega primero
Las mujeres deberían serdoblemente enemigas del Talibán por las vejaciones a que son sometidas
Ernesto Endara
Sufrirán las naciones de las “cosquillas” que sufrimos los chiquillos en las escuelas de mi tiempo? Me refiero a unas “cosquillas” que para nada hacían reír. Las mentadas cosquillas eran oscuras ganas de enfrentamiento físico; en otras palabras, eran un deseo de pelea, de mongo, de camorra. “Te tengo ganitas”, decía uno y el otro sabía de qué ganitas hablaba. Era el nacimiento de las malhadadas cosquillas. Y, por supuesto, había que “quitarse las cosquillas”, de hombre a hombre. Se iniciaba así el ritual de las peleas.
La segunda fase era la advertencia: “Te espero a la salida”. Si no aceptabas... allá tú y tu capacidad de vivir en la ignominia.
Cuando estaba en La Salle, el campo del honor donde los muchachos nos quitábamos las cosquillas era el “Callejón de los meaos”. (Caray, se me van a gastar las comillas en este artículo). Se corría la voz: “Hay pelea a la salida” y al romper filas te acompañaba un público bullicioso, con ganas de ver un buen combate. Los asistentes tomaban bando, nadie permanecía neutral.
Aquí me detengo para preguntar: ¿encuentra usted alguna similitud entre las reyertas de los países y las de los muchachos de mi tiempo?
Sigo adelante, aunque haya contestado que no la encuentra.
Ya frente a frente los combatientes, solía suceder que entraban en una especie de hibernación, parecían levitar en la niebla del miedo o la precaución, ninguno se decidía a dar el primer golpe, hasta que algún mirón —con la ubérrima vocación de Don King— se interponía entre los dos y extendiendo la palma de la mano los invitaba: “El que pega aquí, pega primero”. El primer golpe casi siempre era una ligera cachetada. Si el ofendido no respondía, el promotor insistía y el ofensor, ya seguro de sí, ponía un poco de saliva en la mano para que la afrenta fuera más degradante. Esto era suficiente para que hasta el más cobardón saltara sobre su adversario con la furia de un mono asesino.
A diferencia de cómo se inician las peleas entre los países, las nuestras terminaban a la vista de la primera sangre.
¿Adónde quiero llegar con esta historia? Brincan soga mis pensamientos.
Seguiré comparando.
Casi todas nuestras peleas eran cotejas, es decir, los contrincantes eran más o menos del mismo peso y la misma estatura. No se golpeaba al caído. Nadie acusaba a nadie. Los mirones de ambos bandos estaban más dispuestos a detener la pelea que a participar en ella. Pero recordemos que en aquellos tiempos los más fuertes —casi siempre los más brutos—, eran los que fanfarroneaban y retaban. ¡Por las encías de Tor! Aparte de Ulises y David —que hacen equilibrio en el filo de la leyenda— no conozco a ningún chaparro que después de escupir al ojo del gigante, haya salido bien librado.
En estos tiempos modernos, cuando la lógica es mera especulación y la metafísica resulta un sólido punto de apoyo, la autoinmolación despliega coqueta un abanico de placeres para la vida eterna, animando a cualquier desequilibrado para que le dé un sombrerazo a Goliath. Aun así, el ataque al WTC es más un infame homicidio que una muerte heroica o una reparación del honor patrio o el cumplimiento de una ley mística. Pero, si aquesta muerte os conduce al cielo... Por mi parte diré que en La Salle todos creíamos en el cielo, pero nadie tenía la menor intención de conocerlo antes de tiempo.
Me asombra la diferencia de ritmo, grosor, coloración y sabor de mis ideas, si las comparo con las de otros seres humanos, incluso las de individuos cercanos a mí que, impulsados por el magnífico deseo de paz en el Cercano Oriente, hablan bellamente de justicia, equidad, tolerancia y del sabio poder del diálogo —de paso envían una larga lista de las infamias del mundo cuyas culpas recaen todas sobre EU—. Entre sus proclamas, claras y altas, serpentea la solapada opción de un seguro de vida. Que los terroristas sepan de qué lado están. Mientras yo, belicoso, imprudente y medio truhán, escojo para los culpables la vara dura del castigo.
En un ensayo de Latif Pedram, Afganistán, la biblioteca arde, recontraconfirmo mi opinión de los talibanes. Al quemar 55 mil libros de la biblioteca del Centro Cultural Hakim Nasser, se declaran enemigos de la palabra escrita. Siendo escritor de oficio, para ellos soy un enemigo. Cómo dialogar con quien repudia el pensamiento impreso. Las mujeres deberían ser doblemente enemigas del Talibán por las vejaciones a que son sometidas, y por obligarlas a salir a la calle metidas en un cartucho con rejillas.
¿Ofrecer la otra mejilla? Esto sólo es posible cuando lo que te han pegado es una cachetada, no cuando te han pulverizado. De niño no se me hubiera ocurrido parlamentar con un tipo como “Chaca”, el terror de la Plaza Amador, cuyas cuerdas vocales sólo le permitían gruñir. Jamás abrigué la esperanza de que “Pepsicola”, el periodiquero que era el terror de la Calle del Estudiante, devolviera, por razones humanitarias, las bolitas que nos arrebató al graznido de: “¡Contribución!”; lo hizo cuando “El Pibe” Clement le dio una guantera de antología en el callejón del azúcar de la Calle del Estudiante.
Hay humanos tan extraños que se les resbalan las razones, pero disfrutan los golpes. Ojalá no existieran naciones así.
El autor es escritor
Además en opinión
•El que pega aquí, pega primero: Ernesto
Endara
•Atentado contra Pacora: María Eugenia
G. de Guardia
• Medios y violencia:
Maruquel González de Spyropulos
• Panamá,
actor del nuevo mundo: Guillermo Quijano Jr.
• Traiciones y METAmorfosis
políticas: Juan Ramón Martínez D.
• Los otros terroristas:
Hermes Sucre Serrano
|