Panamá, 16 de octubre de 2001
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Violencia estudiantil

Magaly Janneth Castillo

La comunidad se encuentra alarmada por la forma violenta como, en los últimos años, se pronuncian los estudiantes de las escuelas secundarias del país. Especialmente por los enfrentamientos entre estudiantes de algunos colegios, que parecen luchas entre bandas rivales.

El pasado 7 de septiembre se dio el último de estos incidentes que provocaron cuantiosos daños a la propiedad privada, a las estructuras de los planteles educativos y a bienes del Estado. Estos acontecimientos son criticados fuertemente por la mayoría de los ciudadanos/as y se han convertido en un dolor de cabeza para las autoridades educativas del país.

Esta situación que se repite cada cierto tiempo, se está enfrentando con la expulsión de los jóvenes del sistema educativo o con sanciones “ejemplarizantes”, que en algunos casos se realizan sin haber agotado un debido proceso y dando la espalda a las causas de esta violencia entre los jóvenes de nuestros colegios secundarios.

Estamos de acuerdo que se debe poner orden y sancionar a quienes incurran en actos vandálicos; sin embargo, si esto no va acompañado de una orientación a estudiantes y padres de familia y si no se buscan alternativas a los menores problemáticos que son expulsados de los colegios, estamos dando una respuesta incorrecta al problema.

Igualmente, debemos tener mucho cuidado de que, con la excusa de sancionar severamente a los líderes de estos actos vandálicos, se esté sacando del sistema educativo a los jóvenes que dirigen algunos de los grupos políticos de los colegios. Esta práctica que tiene ya décadas de venirse aplicando, está provocando que hoy casi este prohibido pertenecer a grupos políticos dentro de los centros educativos.

Somos conscientes de que muchas veces estos grupos políticos son manipulados por personas extrañas, con el interés de provocar desorden. Así, se promueven formas de protestas entre los estudiantes, que hoy los ciudadanos rechazamos. Mientras tanto, no se orienta a los jóvenes sobre nuevas estrategias o métodos de protesta.

Lo preocupante es que con la excusa de castigar a los líderes de estos actos vandálicos, las autoridades educativas se olvidan de que dentro de los colegios no solo existen los dirigentes de los grupos políticos, sino también los líderes de pandillas o bandas que muchas veces son los que provocan este tipo de actos. Y se pueden equivocar al pensar que los grupos políticos dentro de los colegios son los causantes del problema de la violencia, cuando las causas son otras. No es reprimiendo la existencia de estos grupos, como vamos a evitar los cierres de calles o los actos violentos entre los estudiantes.

Permitamos que los grupos estudiantiles existan dentro de los colegios; eduquemos sobre nueva cultura política, así como aquellos nuevos métodos de protesta y de resolución pacífica de conflictos; eduquemos sobre cultura de paz y tolerancia; promovamos debates, foros en los colegios y diálogos entre estudiantes. Igualmente pongamos las reglas del juego claras y las sanciones a quienes atenten contra el orden público y la propiedad privada.

Por otra parte, tanto el Ministerio de la Juventud como el Ministerio de Educación, deben coordinar a fin de buscar alternativas al problema de la violencia estudiantil. En los casos de los jóvenes que pertenezcan a bandas o pandillas, la solución no debe ser enviarlos a las calles, sino buscar escuelas o centros de enseñanzas especiales, con programas que los alejen de las drogas y el crimen, y los prepare para ser personas útiles a la sociedad.

Muchos de estos jóvenes pandilleros son el producto de familias desintegradas, que sufren de abandono por parte de sus padres o viven en comunidades donde el crimen y las drogas son el pan nuestro de cada día. ¿Qué podemos pedirle a estos jóvenes, si ni sus padres ni el Estado han cumplido con ellos?

No se trata de ser alcahuetes, sino de buscar alternativas y permitirnos a todos un mejor mañana. ¿Qué será de nosotros si seguimos indiferentes frente al problema de nuestros jóvenes y solo respondemos con represión o con castigos? Los adultos se olvidan de que se educa con el ejemplo y que el mejor ejemplo lo damos no con discursos sino con acciones.

No debemos escandalizarnos ni quedarnos solo en pedir sanciones severas; tomemos en cuenta que nosotros hemos enseñado a estos jóvenes a ser violentos.

No todo está perdido; si las actitudes violentas se aprenden, entonces las actitudes pacíficas también se pueden aprender.

Hagamos algo para no llegar a la triste realidad que hoy viven países como Colombia y Brasil, donde los jóvenes y los niños agrupados en pandillas se han convertido en un problema para la seguridad de todos los asociados. En Panamá todavía estamos a tiempo para salvar a nuestros jóvenes de las garras de la violencia, el crimen y las drogas. ¡Volvamos la mirada a nuestros niños y jóvenes!

La autora es directora ejecutiva de la Comisión de Justicia y Paz


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