Panamá, 16 de octubre de 2001
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Hoy creo en Dios

La fe, retorcida y manipulada por el hombre, no por Dios, ha servido de excusa para reprimir y ha servido de excusa para matar

María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com

Aparte de los arrebatos amorosos que Bécquer pueda alimentar en almas proclives al romanticismo (entre las cuales me incluyo sin empacho alguno), Gustavo Adolfo goza de todas mis simpatías porque expresa en un par de versos un sentido de la religión sutil y humano. Dice el poeta en una de sus rimas: “Hoy los cielos y la tierra me sonríen... hoy brilla con más fuerza el sol. Hoy la he visto, la he visto y me ha mirado... Hoy creo en Dios”. Así como suena, la fe concebida al ritmo de las cosas terrenales y hasta de los fenómenos atmosféricos. Y si me resulta tan grato su oportunismo es porque no disimula sus prioridades ni la raíz de sus intereses.

Y es que ahora que corremos el peligro de que los fundamentalismos de oriente y el maniqueísmo de occidente hagan estallar el planeta, bueno es recordar, como ya lo han hecho múltiples analistas, que ni los motivos religiosos alimentan el terrorismo (aunque sus promotores los usen como pretexto) ni la invasión a Afganistán se hace en nombre del bien como valor absoluto.

Pero no pretendo insistir en el tema. Lo que intento es hallar el lugar que nos corresponde a los que, sin ser fanáticos ni maniqueos, tampoco tenemos cabida entre los que se confiesan, con argumentos racionales e irrebatibles, ateos o agnósticos.

Leí, por ejemplo, el magnífico artículo de José Saramago titulado “El factor Dios” publicado en El País, España, en el que expone todas las barbaridades que el hombre ha cometido en nombre de la religión, y he leído también otros escritos, menos brillantes (claro que al lado de Saramago cualquier cosa palidece), que condenan las religiones ajenas para hacer una apología del Cristo crucificado.

Ocurre, sin embargo, que las personas corrientes y normales, que ni tenemos la prodigiosa mente del Nobel portugués ni nos aferramos a la religión como a un clavo ardiendo, nos vemos obligados a revisar nuestras creencias para, una vez más, no sucumbir a la ley del que habla más alto o del que habla mejor, sino para conservar de alguna forma la fidelidad que nos debemos a nosotros mismos.

Supongo que, como yo, habrá mucha gente que ni es agnóstica ni atea, y que tampoco comulga con la beatería ni el fundamentalismo. Y es que no está de más recordar que los seres humanos no somos solo la consecuencia de los conocimientos filosóficos o científicos adquiridos, sino de la formación que, buena o mala, bien asimilada o mal asumida, conforma una personalidad con atavismos incluidos.

Cuando se ha sido educado a cincel y martillo en una religión, pueden suceder tres cosas: que la odies para siempre por lo que de imposición o decepcionante tiene; que la vivas a ciegas, sin cuestionarte sus preceptos, o que, tras pasarla por el tamiz de la crítica, vivas lo que de bueno te ofrece.

Si bien no se trata de enarbolar la bandera de la fe tan solo cuando necesitamos un milagro, sí se trata, en esencia, de ser consecuente con un modo de vida que promueve una ética universal que, por su propia naturaleza, ni atenta contra el libre albedrío ni atenta contra el progreso y la ciencia.

Saberse poseedor de atavismos religiosos no deja de ser sano, aunque sea arriesgado y complejo. Porque llegar a la conclusión de que el Dios en el que se cree concibe al hombre como a un ser libre, y por tanto responsable de sus actos y de sus omisiones, de su pensamiento y de su opinión, es, cuanto menos, trabajoso y desgarrante. Dichosos aquellos que, formados sin religión, no han tenido que conjugar la razón con la fe. Y más, cuando la fe, retorcida y manipulada por el hombre, no por Dios, ha servido de excusa para reprimir y ha servido de excusa para matar. Pocas son las diferencias entre un inquisidor cristiano y un terrorista inspirado por Alá, y tal vez por eso prefiero la limpieza del ateo a los subterfugios de los dogmáticos.

Hoy creo en Dios, con el poeta, no porque alguien en particular me mire (aunque a veces ganas no me faltan). Hoy creo en Dios porque lo tengo desde siempre sembrado en el corazón y porque no tengo motivos para la renuncia. Pero siento que se lleva las manos a la cabeza ante tanta estupidez que en su nombre se comete, y siento que se arrepiente a menudo de haber hecho libres a los hombres.

La autora es correctora de La Prensa


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