Panamá, 16 de octubre de 2001
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Estados Unidos, nosotros y Hugo Chávez

Carlos Alberto Montaner

Cuentan los venezolanos del entorno de Hugo Chávez que el coronel tuvo un espasmo de placer cuando vio la macabra obra destructiva de bin Laden en New York. Parece que dio un salto de alegría, se le cayó la boina roja, y llamó a Fidel Castro por teléfono para coordinar sus posiciones oficiales. Su razonamiento era muy elemental: “ellos se lo buscaron”. La historia no me consta, pero puede ser cierta.

Para una persona que admira a Carlos Ilich Ramírez, el Chacal, “el mayor terrorista producido por América Latina”, hasta el punto de escribirle una carta de respeto y solidaridad a su prisión parisina, ¿cómo dudar que lo hace feliz el dolor infligido a los estadounidenses? Lo coherente es eso, y con toda seguridad no estaba solo en su mezquina celebración. La verdad es que la izquierda tercermundista disfruta intensamente cuando Estados Unidos padece algún descalabro. Grita. Descorcha champán. Desempolva los viejos libros marxistas y se congratula de la clarividencia del barbudo profeta. Nada hace más feliz a ese mundillo rencoroso que ver humillada a la primera potencia del planeta, o leer en la prensa que el gran país ha entrado en una recesión económica.

Menudo disparate. Estas pobres gentes no entienden que alegrarse de las desgracias norteamericanas es algo tan estúpido como vitorear los sufrimientos propios. Cuando un país es el centro de la civilización planetaria, y produce el 25 por ciento de los bienes y servicios que crea nuestra especie, y genera el 70 por ciento de los hallazgos técnicos y científicos que afectan nuestro modo de vida, y consume el 30 por ciento de las exportaciones mundiales, y maneja más de la mitad de las instituciones financieras que hacen posible nuestro desarrollo, lo que le suceda jamás puede ser ajeno a nosotros. Lo que allí ocurra, para bien o para mal, nos afectará exactamente en la misma dirección que le afecte a él. Si a los estadounidenses les va bien, a nosotros, en alguna medida, nos irá bien. Y si a ellos les va mal, a nosotros, inevitablemente, nos irá peor.

Esas son las reglas del juego. Y ni siquiera es válido pensar que relaciones directas limitadas con Estados Unidos nos ponen a salvo de esta realidad. El Cono Sur del continente americano, es cierto, comercia con mayor intensidad con Europa que con EUA, pero el dato posee escasa importancia: Europa y Japón realizan el 80 por ciento de sus transacciones con Estados Unidos, de manera que el efecto, por carambola, es el mismo. Ya no hay naciones, sino grandes espacios económicos estrechamente interrelacionados, dominados por tres centros de poder: Estados Unidos, la Unión Europea y Japón; y de los tres, por diversas razones, el que más cuenta, precisamente, es el de los gringos.

Hace unos cuantos siglos, René Descartes, aquel melancólico filósofo francés de grandes ojeras, se propuso averiguar dónde radicaba la esencia de la persona y puso en práctica una curiosa carnicería virtual. Se preguntó si él seguiría siendo el mismo si se cortaba una mano. Concluyó que sí. Seguiría siendo René Descartes, hijo de un notario de provincias, pero manco. Luego continuó con la otra mano, con un pie, con una oreja, etcétera, hasta llegar a su privilegiada cabeza. ¿Qué pasaría si se la cortaba? Si se la rebanaba, claro, dejaría de existir. Dejaría de ser él. Él era, él existía, porque pensaba. Cogito, ergo sum. Latinazgo que el señor Chávez probablemente escribe con jota y relaciona con un esguince del tobillo o algo parecido.

¿A cuento de qué viene esta historia? A que esa prueba también se puede llevar a cabo sobre un planisferio para tratar de entender dónde radica la esencia de nuestra vida social. Preguntémonos que nos ocurriría, por ejemplo, si amputamos Burundi. Prácticamente nada. Un arañazo imperceptible. ¿Y si el tajo lo damos en Francia? La herida es grave, pero sobrevivimos. El tamaño de la economía francesa es grande, pero el aporte francés a la cultura planetaria —ciencia y técnica incluidas— es cada vez menor, y la tendencia es hacia una creciente insignificancia relativa. Lavoisier, Víctor Hugo, Pasteur, incluso Monet o Renoir, hoy suelen nacer en otras latitudes. Hagamos ahora la prueba estadounidense.

Borremos súbitamente a ese país del mapa. ¿Qué pasa? Acaece una catástrofe incalculable: colapsa la economía mundial por la desaparición del consumo norteamericano, se secan casi todas las innovaciones técnicas relevantes, se esfuman miles de remedios mágicos para curar nuestras enfermedades, desaparecen modos muy populares de divertirse —desde el cine de masas hasta la música juvenil— y el planeta entra en una crisis de la que tardaría muchas décadas en recuperarse. En América Latina, sencillamente, eso significa hambre. Una hambruna terrible y devastadora.

Lo que quiero decir es que Estados Unidos, por su tamaño, su ubicuidad, su enorme importancia en el diseño de los modos de vida que se imponen en el mundo, no es “otro” país, sino la parte central del nuestro, ya sea este Uruguay, España o Japón. Y lo que vale la pena entender es que cuando un pequeño ejército de locos delirantes pulveriza las Torres Gemelas, los daños son también nuestros porque todos formamos parte del mismo organismo. Y al dedo meñique, por muy distante y humilde que sea, no puede resultarle indiferente que le machaquen el cerebro que gobierna sus movimientos. ¿No hay nadie en Venezuela que pueda explicarle al señor Chávez un asunto tan obvio?

Firmas Press - Periodista y escritor cubano


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