¿Por qué dialogar?
José Blandón Figueroa
Panamá está atravesando una dura situación económica. En este año 2001, el crecimiento del PIB será insignificante (1 a 1.5%), y las recaudaciones han bajado dramáticamente en comparación al año anterior. Para el próximo año, la cosa no pinta mejor; tendremos que destinar mil 500 millones en concepto de pago a la deuda pública (el 25% del total del presupuesto); por primera vez, no recaudaremos lo suficiente ni para cubrir los gastos corrientes, y habrá que contraer una nueva deuda de más de mil 100 millones, a un mínimo de 9% de interés, para financiar el presupuesto. Mientras tanto, tenemos un Fondo Fiduciario con alrededor de mil 200 millones de dólares dando un rendimiento decreciente, que en la actualidad debe rondar el 5% anual. Bajo ese panorama, es claro que la clase política debe sobreponerse a sus diferencias partidistas y a los intereses electorales para acordar prioridades comunes que permitan sobrellevar la crisis y reactivar nuestra economía.
Hay quienes dicen, sin embargo, que dialogar es un signo de debilidad. Que el Gobierno no debe dialogar con la oposición porque significa que estaría cediendo espacio y estableciendo un “co-gobierno”. Desde el otro lado del espectro, hay quien señala que a la oposición le toca criticar y que la población no espera que adopte posiciones constructivas. Quienes señalan lo último, recuerdan que el actual gobierno, cuando fue oposición, criticó acremente al gobierno de Pérez Balladares, cuyo partido hoy es oposición.
¿Por qué, se preguntan retóricamente, debe el PRD adoptar una posición distinta a la que asumió el actual gobierno cuando era oposición?
La respuesta, por obvia, parece escapársele a estos teóricos de la confrontación. La administración Pérez Balladares tenía mayoría en el Organo Legislativo y, por ende, nunca necesitó de la oposición para aprobar su agenda económica en la Asamblea. Nunca creyó en el diálogo y la imposición fue su manera de gobernar. Ante esa coyuntura, solo cabía la denuncia sin claudicaciones. Y aun así, cuando hubo espacios de concertación, la entonces oposición los respaldó activamente: tal fue el caso de las leyes que desarrollaron el Título Constitucional sobre la Autoridad el Canal y el Plan de Uso de Suelos de las Areas Revertidas.
En la actual coyuntura, la oposición tiene mayoría en la Asamblea Legislativa. No puede, simplemente, criticar la gestión de gobierno sin proponer. Y cuando propone, debe también compartir responsabilidades en las consecuencias de lo aprobado. Tal es el caso con la reforma a la Ley del Fondo Fiduciario en el año 2000, que el tiempo ha demostrado insuficiente. Más bien, se hace cada vez más evidente que la propuesta gubernamental de invertir el fondo en títulos de la deuda pública panameña era la alternativa más inteligente y provechosa para el país. Posiblemente ahora debamos reformar la ley nuevamente para ir en esa dirección, habiendo perdido tiempo y oportunidades preciosas para la economía panameña.
Si la situación económica estuviera bien, quizá nuestros electores se estarían recreando con los cotidianos intercambios de acusaciones e insultos que han caracterizado el discurso público de los políticos en los últimos meses. Pero ante una situación económica en franco deterioro, tanto a nivel mundial como a nivel nacional, la confrontación pierde interés y justificación para el panameño que no tiene empleo o siente temor de perder el que tiene. Para aquellos que mantenemos un mínimo de contacto con nuestros votantes, es claro que la gente ya está cansada de escucharnos discutir acerca de quién tiene la culpa de la actual situación económica, y que más bien espera de nosotros, los políticos, que demostremos la capacidad de dar solución a los problemas.
Como ejemplo de lo anterior, una anécdota: días atrás fue un fotógrafo para tomarnos una foto en conjunto -con Milton Henríquez y Renato Pereira, compañeros de cabina en el programa radial “Debate Abierto” de RPC Radio- para una cuña publicitaria. Le pedimos que nos retratara mirando cada uno para un lado distinto como señal de que representábamos posiciones políticas distintas. El fotógrafo nos miró poco convencido y nos pidió que miráramos todos para el mismo lado y sonriendo. Al preguntarle la razón, nos contestó que la mayoría de sus clientes esperaba que los políticos nos pusiéramos de acuerdo y tuviéramos una misma visión de futuro para el país. De más está decir que su argumento nos pareció convincente e irrefutable. Miramos los tres en la misma dirección y sonreímos...
El autor es legislador arnulfista
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