Panamá, 14 de octubre de 2001
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Un Nobel de amor y odio

Daniel Domínguez Z.
ddomingu@prensa.com

V.S. Naipaul parece pariente de David Salinger y Stanley Kubrick. Al igual que el escritor y el cineasta, este británico descendiente de indios nacidos en el Caribe detesta la celebridad.

Su condición de reservado es tal, que cuando el presidente de la Academia Sueca quiso informarle personalmente de que era el nuevo premio Nobel de Literatura, no sabía a dónde llamarlo.

Por suerte, el agente literario del controversial escritor, Gillon Aitken, sí estaba disponible y a través de él Naipaul le comunicó al mundo literario que estaba contento con el reconocimiento.

Este amante del tenis y los vinos rehuye a los periodistas (algunos en el gremio lo califican de altanero). Al punto que fue el único Nobel de este año que luego del anuncio en Estocolmo no ofreció ninguna conferencia de prensa.

Con los compañeros de oficio y críticos mantiene una relación de amor y odio. Hay quienes lo elevan hasta Saturno, entre ellos, Guillermo Cabrera Infante, Augusto Roa Bastos y Armando Fernández.

En cambio, hay otros que no lo soportan por decir que la novela es un género que hoy día es inexistente y que, por su parte, hace rato que no escribe una. Para aumentar los niveles antipopulares ha comentado que en el último siglo casi no se ha escrito nada relevante y que solo sobrevivirán al tiempo maestros como Dickens, Balzac, Flaubert y Maupassant. No sabemos si en esta apreciación incluye su propio trabajo. Un momento, sí valora lo suyo, pues ha mencionado más de una vez que no tiene parangón.

Aunque la Academia Sueca destacó en su fallo que Naipaul combina magistralmente los géneros literarios con los periodísticos, el caballero no soporta a un colega suyo en esas lides, Ernest Hemingway.

Sus exigencias ponen en aprietos a sus editores en español, pues pide que solo Flora Casas traduzca sus palabras al idioma de Cervantes.

Sus declaraciones lo hacen un hombre controversial. En la izquierda no es muy estimado (el marxismo es “un cliché tranquilizador para intelectuales débiles”). En las Antillas, donde nació, también tiene sus detractores (aquella es “una sociedad de esclavos, incapaz de creatividad”), y en la India, de donde son sus antepasados, hay quienes no lo soportan (esa es “una civilización moribunda”). En el islam, su religión, su fanaticada está dividida luego de que manifestara que este credo ha “esclavizado e intentado desaparecer otras culturas”.

Para Folha de Sao Paulo fue “el Nobel de la guerra”, ya que V.S. Naipaul, “estilista impecable y gran novelista”, es también el “más cáustico analista de la realidad poscolonial” y un “pionero de la crítica sin concesiones al islamismo militante, directamente vinculado a la apocalíptica batalla cultural, política y ahora militar entre Occidente y el islam”, según escribió el articulista Nelson Ascher.

En Buenos Aires, Naipaul también fue fustigado políticamente con evocaciones de su aborrecimiento del peronismo y de sus columnas publicadas antaño en un diario de lengua inglesa de esta capital, The Buenos Aires Herald, bajo el título de “Argentina, un país para el saqueo”.

Entre los lectores, los hay que el jueves se preguntaban quién es este autor de 69 años de edad que ha escrito más de 25 libros. En la Feria de Frankfurt, los representantes de editoriales españolas y alemanas aceptaban que Naipaul tiene solo un pequeño público de iniciados.

Sus defensores, como Guillermo Cabrera Infante, explican que son pocos sus lectores porque dice verdades que muchos no desean escuchar. Sus seguidores piensan que el Nobel se realza con Naipaul y Derek Walcott, y que solo falta que lo obtenga Edward Brathwaite, para que el trío de la literatura de las Indias Occidentales tenga el puesto que se merece.


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