Panamá, 14 de octubre de 2001
SECCIONES
Portada
Hoy por hoy
Trasfondo
Nacionales
Deportes
Opinión
Mundo
Negocios
Revista
Reseña
Tecnología
SERVICIOS
Titulares por email
Directorio de email
Reportajes
Columnistas
Notas importantes
El tiempo
TIEMPO LIBRE
Turismo
De interés
Agenda
Cine
De noche
Restaurantes
Recetas
SUPLEMENTOS
Ellas Virtual
Martes Financiero
Aprendo Web
R. Empresarial
Talingo
SEPARATAS
Pulso de la Nación
Punto exe
AYUDA
Guía del sitio
Tarifas
¿Quienes somos?
Contáctenos
Vea nuestros clasificadosHaga esta su página de inicio

Errol E. Caballero
ecaballero@prensa.com

Elogio a la infancia

Vargas Llosa nos presenta el caso de una familia cuya tranquilidad doméstica se ve alterada cuando el hijo, Fonchito, experimenta su despertar sexual

Título: Elogio de la madrastra
Autor: Mario Vargas Llosa
Género: Novela
Editorial: Tusquets Editores
Año de edición: 1988

Son muy pocos los escritores de renombre que dedican sus esfuerzos a producir una novela erótica, a lo mejor porque tienen miedo de perder su prestigio literario al acceder a un género que puede resultar ofensivo o de mal gusto para algunos lectores.

El novelista Mario Vargas Llosa es la excepción que confirma la regla. El escritor peruano incursionó en la literatura erótica en 1988 con Elogio de la madrastra, durante lo que podría catalogarse como la etapa tardía o el ocaso de su carrera.

En esta novela, la cual no figura entre los logros más recordados de Vargas Llosa, el autor de La ciudad y los perros, Conversación en la catedral y Pantaleón y las visitadoras nos presenta el caso de una familia cuya tranquilidad doméstica se ve alterada cuando el hijo, Fonchito, experimenta su despertar sexual. Esto no debería ser causa de conflicto en el seno familiar, de no ser porque su madrastra, la voluptuosa Lucrecia, es el objeto de sus febriles deseos.

Inicialmente, Lucrecia se resiste firmemente (su orgullo de mujer felizmente casada resentido) a las insinuaciones del apasionado Fonchito, que noche a noche espía con delectación cada uno de los movimientos que realiza su sensual madrastra durante su ablución nocturna.

Una confundida Lucrecia no sabe discernir si los jugueteos del adolescente cuando se acerca a su cama a darle el beso de buenas noches representan inocentes y genuinas manifestaciones de amor o si son producto de una mente lasciva y manipuladora

Es así que mientras en su fuero interno Lucrecia cuestiona los motivos secretos de Fonchito (a quien percibe al mismo tiempo como un ángel y un demonio) se ve paulatinamente arrastrada por una vorágine de instintos insospechados hacia una relación que raya en el estupro.

La fascinación hacia lo prohibido, lo impensable, lo insólito es insoslayable. Lucrecia combate estos sentimientos hasta que ya no le es posible ofrecer resistencia, hasta que los mismos explotan fúricamente desbordándose sobre el frágil cuerpo de su nuevo amante.

Mientras tanto, un incauto Don Rigoberto (padre de Fonchito y esposo de Lucrecia), sin llegar jamás a sospechar los turbios encuentros amorosos que tienen lugar sobre su propio lecho, continúa afincado en su rutina de amante/esposo, de esclavo sexual de la insaciable Lucrecia.

Es así que sus abluciones nocturnas (verdadera ceremonia que tiene como finalidad prepararlo para las lides amorosas de cada noche) continúan ininterrumpidamente: “Don Rigoberto entró al cuarto de baño, corrió el pestillo y suspiró. Instantáneamente se apoderó de él una sensación placentera y gratificante, de alivio y expectación: en esta solitaria media hora sería feliz. Lo era cada noche, algunas veces más, otras menos, pero el puntilloso ritual que había ido perfeccionando a lo largo de años, como un artista que pule y remacha su obra maestra, nunca dejaba de operar el milagroso efecto de rejuvenecerlo, animarlo...

Aparte de su atractiva cónyuge, otra razón de orgullo para Don Rigoberto son estos rituales en los que tuvo “la ocurrencia de ir transformando lo que para el común de los mortales era una rutina que ejecutaban con inconsciencia de máquinas-cepillarse los dientes, enjuagarse, etcétera- en un quehacer refinado que, aunque fuera por un tiempo fugaz, hacía él un ser perfecto”.

Poco a poco, el éxtasis de Lucrecia se acrecienta al poder disfrutar al mismo tiempo de dos fuentes de goce: su tierno e incipiente amante, por un lado, y su esposo. Este último aunque se afana por ser creativo, se encuentra demasiado apegado a sus liturgias sexuales.

Por su parte, Lucrecia aunque se sabe al borde del desastre, a punto de echar por la borda todo lo que durante años atesoró en su vida matrimonial, nunca se había sentido tan realizada como mujer, tan certeramente feliz. Tal vez este personaje sea el mensaje encarnado de que es precisamente al borde del abismo donde usualmente nos sentimos más vivos, como una ola paralizada al borde del éxtasis.

A parte del trasfondo erótico de la obra, el tema prevaleciente es cómo durante la infancia el alma puede albergar emociones que parecieran irreconciliables, que sean al mismo tiempo impúdicas y cándidas. En esta época irrepetible, el ser libre de los prejuicios de la moral y la religión, es donde tal vez el ser humano se manifiesta como lo que realmente es: un ser que solo en la ambivalencia encuentra su totalidad.


Además en revista

Un Nobel de amor y odio
Viajero incansable
Un mundo propio
Elogio a la infancia
Machado revive en un libro
Construyen museo entre vacas y llanuras
Schilling gana premio de poesía
La colectiva de Ganexa
Juan Marsé gana Premio de Narrativa
Doce novelas optan por el Premio Planeta
Leer es fiesta
Volpi, en gira por Alemania
Camilo:del juego a la compasión
El erotismo despierta la atención del mundo editorial
París: caprichoso y extravagante
Hispanos cantan en la Casa Blanca
Raíces: De la arquitectura francesa