Errol E. Caballero ecaballero@prensa.com
Elogio a la infancia
Vargas Llosa nos presenta
el caso de una familia cuya tranquilidad doméstica se ve alterada
cuando el hijo, Fonchito, experimenta su despertar sexual
Título: Elogio de la madrastra
Autor: Mario Vargas Llosa
Género: Novela
Editorial: Tusquets Editores
Año de edición: 1988
Son muy pocos los escritores de renombre
que dedican sus esfuerzos a producir una novela erótica, a lo mejor
porque tienen miedo de perder su prestigio literario al acceder
a un género que puede resultar ofensivo o de mal gusto para algunos
lectores.
El novelista Mario Vargas Llosa es la excepción
que confirma la regla. El escritor peruano incursionó en la literatura
erótica en 1988 con Elogio de la madrastra, durante lo que podría
catalogarse como la etapa tardía o el ocaso de su carrera.
En esta novela, la cual no figura entre los
logros más recordados de Vargas Llosa, el autor de La ciudad y los
perros, Conversación en la catedral y Pantaleón y las visitadoras
nos presenta el caso de una familia cuya tranquilidad doméstica
se ve alterada cuando el hijo, Fonchito, experimenta su despertar
sexual. Esto no debería ser causa de conflicto en el seno familiar,
de no ser porque su madrastra, la voluptuosa Lucrecia, es el objeto
de sus febriles deseos.
Inicialmente, Lucrecia se resiste firmemente
(su orgullo de mujer felizmente casada resentido) a las insinuaciones
del apasionado Fonchito, que noche a noche espía con delectación
cada uno de los movimientos que realiza su sensual madrastra durante
su ablución nocturna.
Una confundida Lucrecia no sabe discernir
si los jugueteos del adolescente cuando se acerca a su cama a darle
el beso de buenas noches representan inocentes y genuinas manifestaciones
de amor o si son producto de una mente lasciva y manipuladora
Es así que mientras en su fuero interno Lucrecia
cuestiona los motivos secretos de Fonchito (a quien percibe al mismo
tiempo como un ángel y un demonio) se ve paulatinamente arrastrada
por una vorágine de instintos insospechados hacia una relación que
raya en el estupro.
La fascinación hacia lo prohibido, lo impensable,
lo insólito es insoslayable. Lucrecia combate estos sentimientos
hasta que ya no le es posible ofrecer resistencia, hasta que los
mismos explotan fúricamente desbordándose sobre el frágil cuerpo
de su nuevo amante.
Mientras tanto, un incauto Don Rigoberto
(padre de Fonchito y esposo de Lucrecia), sin llegar jamás a sospechar
los turbios encuentros amorosos que tienen lugar sobre su propio
lecho, continúa afincado en su rutina de amante/esposo, de esclavo
sexual de la insaciable Lucrecia.
Es así que sus abluciones nocturnas (verdadera
ceremonia que tiene como finalidad prepararlo para las lides amorosas
de cada noche) continúan ininterrumpidamente: “Don Rigoberto entró
al cuarto de baño, corrió el pestillo y suspiró. Instantáneamente
se apoderó de él una sensación placentera y gratificante, de alivio
y expectación: en esta solitaria media hora sería feliz. Lo era
cada noche, algunas veces más, otras menos, pero el puntilloso ritual
que había ido perfeccionando a lo largo de años, como un artista
que pule y remacha su obra maestra, nunca dejaba de operar el milagroso
efecto de rejuvenecerlo, animarlo...
Aparte de su atractiva cónyuge, otra razón
de orgullo para Don Rigoberto son estos rituales en los que tuvo
“la ocurrencia de ir transformando lo que para el común de los mortales
era una rutina que ejecutaban con inconsciencia de máquinas-cepillarse
los dientes, enjuagarse, etcétera- en un quehacer refinado que,
aunque fuera por un tiempo fugaz, hacía él un ser perfecto”.
Poco a poco, el éxtasis de Lucrecia se acrecienta
al poder disfrutar al mismo tiempo de dos fuentes de goce: su tierno
e incipiente amante, por un lado, y su esposo. Este último aunque
se afana por ser creativo, se encuentra demasiado apegado a sus
liturgias sexuales.
Por su parte, Lucrecia aunque se sabe al
borde del desastre, a punto de echar por la borda todo lo que durante
años atesoró en su vida matrimonial, nunca se había sentido tan
realizada como mujer, tan certeramente feliz. Tal vez este personaje
sea el mensaje encarnado de que es precisamente al borde del abismo
donde usualmente nos sentimos más vivos, como una ola paralizada
al borde del éxtasis.
A parte del trasfondo erótico de la obra,
el tema prevaleciente es cómo durante la infancia el alma puede
albergar emociones que parecieran irreconciliables, que sean al
mismo tiempo impúdicas y cándidas. En esta época irrepetible, el
ser libre de los prejuicios de la moral y la religión, es donde
tal vez el ser humano se manifiesta como lo que realmente es: un
ser que solo en la ambivalencia encuentra su totalidad.
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