Daniel Domínguez Z. ddomingu@prensa.com
Un mundo propio
‘Catalina y Catalina’
ofrece una mirada amorosa a la compleja variedad de la existencia
y sitúa al lector en pequeños mundos personales, unos amables y
otros crueles
Autor: Sergio Ramírez
Obra: Catalina y Catalina
Género: cuento
Editorial: Alfaguara
Año de publicación: 2001
Sergio Ramírez es de los hombres de letras
que escribe cuentos para demostrarse que todavía domina su oficio
creativo. Piensa que quien se enfrenta sin dificultades a este género
literario puede sobrevivir sin problemas a los embates de la novela.
Cuando este nicaragüense universal decide
irse al cuento es para calentar motores, para sentirse seguro de
que todavía tiene a su favor los vientos de la imaginación.
Aunque sus principales conquistas guardan
relación con la novela (gracias a este género ha triunfado en los
certámenes Dashiel Hamett, el Laurie Bataillon y el Alfaguara),
su presencia dentro del cuento latinoamericano es de suma importancia.
Julio Cortazar, uno de los grandes en estas
lides, decía que el cuento es ideal para atrapar lo cotidiano de
la vida, que ese relato corto era el vehículo ideal para describir
el entorno social del artista. Esta definición encuentra cabida
perfectamente en Catalina y Catalina, el más reciente libro de Sergio
Ramírez, pues sus 11 cuentos retratan como pocos el diario existir
de Nicaragua, no importa si esa Nicaragua aparece en estas narraciones
como un método para no olvidar lo que significa la palabra patria
o una forma de comprender al país donde nació el cinco de agosto
de 1942 en Masatepe.
A Sergio Ramírez no le interesa rescatar
dioses ni mitos en Catalina y Catalina. El desea utilizar su pluma
para capturar la magia que habita en los días y para contemplar
las andanzas del mundo, tanto su mundo propio (fundamentado en sus
recuerdos), como aquel que recrea un hombre capaz de medir el curso
de la existencia humana como si fuera un experto astrónomo.
De esto tenemos prueba, por ejemplo, en “La
herencia del bohemio”, un relato que a simple vista pareciera una
descripción de lo que significa para el folclor nicaragüense la
Gigantona (una muñeca de enorme tamaño que es paseada por las calles
durante las fiestas populares), pero en el fondo es un estudio sobre
cómo un objeto puede desatar la codicia en una familia y al mismo
tiempo cómo ese ser con alma de papel puede motivar que los miembros
de una comparsa rememoren a su compañero muerto.
Ramírez es formidable a la hora de asumir
las diversas estelas con las que está hecha la realidad. Una prueba,
en “El pibe Cabriola”, en la que no se contenta con describirnos
las desventuras de un jugador de fútbol responsable de la derrota
de su propio equipo, sino que además ese mismo acontecimiento forma
parte de otro cuento de factura parecida (no igual, aclaro) “La
partida de caza”.
Entre el abanico de voces que utiliza el
autor de Un baile de máscaras para darle cuerpo a sus narraciones
cortas, no deja por fuera a su propia persona. Es decir, Ramírez
se transforma en un personaje más, en una de las tantas personas
que aparecen en algunos textos de Catalina y Catalina. Este recurso
se nota con maestría sobre todo en “Vallejo”, en el que cuenta como
colaboró en Alemania con un latinoamericano en una ópera que nunca
llegó a los escenarios.
Por otro lado, este citado recurso también
deja en claro el hondo sentido autobiográfico que tiene este libro,
a la par que es una nueva ocasión para saber más de este abogado
al que le fue mejor con la invención que con las leyes y la política.
La facilidad de unir lo insólito con la pasión
desvanecida de “Aparición en la fábrica de ladrillos”, la picardía
de “La viuda Carlota” y el misterio mortífero de “Gran Hotel” y
“Ya todo está en calma”, hacen sumamente agradable la lectura de
este libro.
En Catalina y Catalina, Ramírez construye
un discurso coherente, sobrio y preciso, con un lenguaje basado
en una aparente sencillez. Su prosa exquisita y su riqueza expresiva
confirman que este caballero sabe cómo redactar un cuento, y que
tiene toda la energía para que su siguiente novela sea más que notable.
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