Panamá, 14 de octubre de 2001
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A propósito del diálogo

Flor Ortega

Cuando les digo a mis estudiantes que una de las características básicas y fundamentales de la comunicación humana es el diálogo, la reciprocidad, la bilateralidad, lo digo con la convicción de que no hay sociedad si no hay comunicación. Y lo digo no solo inspirada en las teorías de Antonio Pasquali, a quien admiro por su pasión a la comunicación, o Dennis McQuail, otro genio de esta ciencia de nuestros tiempos; también nos lo dice el sentido común. Como expresara la Madre Teresa de Calcuta: “¿Cuál es la primera necesidad? Comunicarse”.

Durante una semana, los medios de comunicación nos han invadido con los más diversos y enjundiosos discursos llamando a un diálogo nacional, a gobierno y oposición para, supuestamente, sacar al país del mal estado en que se encuentra. Atrincherados en sus respectivas posiciones, ambos bandos, sin antes haber allanado el camino para esta vía de comunicación, se responsabilizan de tal iniciativa. Si analizamos a uno y otro en sus respectivas posiciones públicas, no encontramos más que frases vacías, huecas, sin ninguna sustancia; casi sin autenticidad. ¿Acaso hay que llevar al país a graves crisis económicas, políticas, sociales para entonces hacer uso del diálogo? ¿Acaso no habitamos todos el mismo territorio? ¿No somos hijos de la misma patria? ¿O es que sobre el territorio unos tienen más derechos que otros?

El publicitado “diálogo nacional” parece solo eso: un mecanismo de propaganda política tanto para el Gobierno como para la oposición; y también para aquellos grupos que abundan, a la caza de oportunidades de cobrar beligerancia pública. Si los problemas nacionales saltan a la cara y son de orden público, ¿por qué se habla de temas de agenda para un grupo y para otro? ¿Dónde está la coincidencia en el interés nacional que debe orientar a nuestros líderes políticos, sin importar la trinchera que ocupen? ¿De qué intereses se habla? ¿De los sagrados intereses nacionales o de los intereses partidistas, muy temporales?

Un mal heredado por nuestros políticos los ha convencido de que cuando se llega al gobierno, las decisiones que se toman sobre el país son competencia única y exclusiva de quienes lo dirigen, sin tomar en cuenta las opiniones de los demás: llámese oposición, sociedad civil, pueblo en general. Mientras que la oposición, aprovechándose de la supuesta ventaja de estar en mejor posición para criticar, se convierte en el obstáculo insalvable al que hay que coquetear y conquistar para poder gobernar. Se trata de un territorio enfrentado internamente.

Ante tanta mezquindad, el diálogo, la tolerancia, la comunicación parecen no tener cabida en la democracia que recién empezamos a construir.

Ojalá tanta expectativa creada sobre esta iniciativa no lleve a los panameños a una nueva frustración, que agravaría la crisis actual. Abrigamos la confianza de que este sea el inicio de un proceso de comunicación humana que caracterice a los hombres y mujeres que, voluntariamente y por convicción propia, espero, asumen la responsabilidad de trabajar desde la exigente y comprometida vocación política, por el bienestar de la sociedad.

La humanidad vive momentos fuertes, especiales. Nuestra calidad humana está puesta a prueba hoy más que nunca; es el momento de detenernos y mirarnos introspectivamente y mirar a nuestro alrededor. Tal vez ya no vale la pena perder el tiempo preguntándonos por qué dejamos de hacer tal o cual cosa. Gracias a la misericordia de Dios, tenemos esta nueva oportunidad; no la dejemos pasar, y seamos hoy mejores personas que ayer; regalémonos la humildad de los santos, no solo de los que están en los altares, sino también de los que caminan en nuestras calles y como decía el papa Juan XXIII, “hacer bien cada cosa en el momento presente como si hubiera nacido sólo para hacer eso”.

La autora es periodista y profesora universitaria


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