Panamá, 14 de octubre de 2001
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No despierten al gigante

Guillermo Sánchez Borbón

Cuentan que cuando el almirante Yamamoto leyó el informe con los resultados del ataque a Pearl Harbor, comentó: “Temo mucho que lo único que hemos logrado ha sido despertar a un gigante dormido y llenarlo de ira y de resolución”. Con estas palabras se cierra la buena película Tora, Tora, Tora. Pero un historiador norteamericano sostiene ahora que jamás salieron de la boca de Yamamoto. ¿Cómo lo sabe? ¿El estaba presente cuando no las dijo? ¿Recibió, gracias a una médium (o a una Ouija) las confidencias que Yamamoto le hizo desde el más allá?

Yo creo que aun cuando no hubiera dicho la frase de marras, habría podido decirla. Contrariamente a los otros militares belicosos, Yamamoto conocía muy bien a Estados Unidos. Estudió en la Universidad de Harvard y fue durante varios años agregado naval a la embajada en Washington. Había recorrido todo el país. Conocía perfectamente su poderío económico y sus casi ilimitadas posibilidades industriales. Sabía que cuando se pusiera a funcionar a plena capacidad esta formidable máquina, Japón excretaría fuego.

Aunque los gorilas nipones, enloquecidos por el ultra nacionalismo, creyeran otra cosa, Yamamoto -y los jefes civiles y militares más lúcidos- nunca se forjaron ilusiones. Japón perdería una guerra prolongada con Estados Unidos. ¿Entonces, por qué la provocaron? Porque, con motivo de la ocupación nipona de Indochina, Roosevelt decretó un embargo de todas las exportaciones norteamericanas al Japón. Los nipones sintieron que los gringos los habían puesto contra la pared, porque Japón carece de recursos naturales (su gran recurso, no natural sino cultural, es un pueblo de una laboriosidad y disciplina increíbles). Casi todo el hierro y casi todo el petróleo que importaba la nación, venían de Estados Unidos. Al cerrarse la válvula, los japoneses llegaron a la conclusión de que no les quedaba otro recurso que pelear. Tales son los antecedentes y causas de Pearl Harbor.

La idea de Yamamoto et. al. era propinarle un golpe demoledor a su flota, obligando a EU a negociar una paz ventajosa para Japón. Pero los cálculos fallaron. Primero, porque en Pearl Harbor no estaban anclados los portaaviones -objetivo principal del ataque-; segundo, porque los japoneses subestimaron la indignación nacional que provocaría en EU el traicionero ataque.

No conocer al adversario es lo peor que les puede pasar a los dirigentes de un país. Recuerdo haber leído, antes de Pearl Harbor, en revistas gringas, artículos según los cuales los japoneses tenían que ser malos soldados porque todos eran cegatos (una nación de Mr. Magoos) y usaban anteojos. Los japoneses, por su parte, estaban convencidos de que la abundancia había ablandado a los gringos, despojándolos de toda voluntad de lucha.

Otra mentira que han difundido últimamente comentaristas mal informados o mal intencionados: EU le declaró la guerra a Alemania e Italia. Al contrario, fueron Hitler y Mussolini quienes le declararon la guerra a Estados Unidos. Los nazis fueron víctimas de su propia propaganda: de acuerdo con las fantasías del querido doctor Goebbels, los estadounidenses eran una raza ablandada y degenerada por la molicie. Además, como era notorio, sus dirigentes eran todos judíos. Recuerdo haber oído, por Radio Berlín, complicadísimos análisis dirigidos a demostrar que Roosevelt no se llamaba en realidad así: tenía otros nombres -porque variaban de transmisión a transmisión- todos semíticos. El cociente de molicie más judaísmo es -como todo buen ario lo sabe, o debiera saberlo- cobardía. Estos argumentos convencieron a Hitler. Ninguna de las cláusulas del Pacto Tripartita lo obligaba a declararle la guerra a EU. Pero de estas locuras está llena la historia.

Fantasías nacionalistas, fantasías religiosas. El principal resultado de la destrucción del TWC ha sido indignar y unir a todos los estadounidenses, como no lo habían estado desde Pearl Harbor. Pusieron a un lado todas sus diferencias políticas, económicas, raciales, etc. para enfrentar todos juntos el peligro. Bin Laden -quien reconoció implícitamente que fue el autor del atentado- ha cometido el mismo error de los japoneses: “despertar a un gigante dormido”. La televisión gringa nos ha infligido repetidamente su imagen y sus palabras, grávidas de ignorancia y de locura. En una de sus apariciones, Bin Laden contó que, después de haberse rendido los japoneses en la Segunda Guerra Mundial, los gringos les arrojaron bombas atómicas con el único fin de “matar mujeres y niños”. En otra de sus alocuciones nos advirtió que el mundo está dividido en creyentes y en infieles, y que el deber de todo buen musulmán consiste en exterminar a los infieles, limpiar completamente la Tierra de esta plaga abominable. Así que anda preparándote, tú que lees otros libros que El Corán, que tomas licor y comes carne de cerdo, que orinas hacia la Meca y no estás circuncidado, porque te va a llevar candanga.


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