Pregúnteles a las Madres de Mayo
Rómulo Emiliani
¡Un momento! Pregúnteles a las Madres de Mayo si el terrorismo de las torres gemelas es lo más triste ocurrido, cuando sus hijos desaparecieron en la flor de la vida, arrancados de cuajo por el fundamentalismo político en los tiempos de la dictadura militar de Argentina. Pregúnteles a las madres y esposas e hijos de los miles de desaparecidos por los ejércitos y escuadrones de la muerte en Guatemala, El Salvador, Chile, entre otros, si les es nuevo y muy peculiar lo sucedido en Nueva York. O también pueden preguntar a los familiares de los caídos en los fusilamientos en masa, el tristemente célebre “paredón cubano”, víctimas del régimen dictatorial de Castro en Cuba, si hay razón alguna que justifique matar. O por qué no ir más cerca y preguntar en Colombia a los familiares de los secuestrados, muchos de ellos asesinados por las fuerzas subversivas, si les sabe a nuevo, sorpresivo, lo que pasó en las torres gemelas. O vayamos más atrás y preguntemos a los que conocieron y amaron a los nueve mil sacerdotes y religiosos y religiosas españoles asesinados por las masas enardecidas con consignas comunistas en la guerra civil que dejó un millón de muertos. O pidamos a los sobrevivientes del holocausto judío que se llevó a la muerte a seis millones en la segunda guerra que nos cuenten lo que pasó… o por qué no preguntamos a los que todavía recuerdan en Estados Unidos los desastres ocasionados en pérdidas de vidas humanas, quema de templos y de viviendas provocados por el Ku Klux Klan.
También podríamos mirar al cielo y preguntar a los millones de niños no nacidos, que son como ángeles que contemplan el rostro de Dios, si ellos estuvieron de acuerdo en que los asesinaran de las maneras más atroces, abortándolos y enriqueciendo con sus muertes a médicos y otros en las clínicas abortivas. Podríamos preguntar a los que murieron quemados en las hogueras medievales, tanto por católicos como por protestantes, si les gustó que los mataran en nombre de Dios. Todo esto ha sucedido en la civilización occidental, impregnada de cristianismo pero muy mal vivido por muchos. ¿Son ellos, los orientales, los musulmanes más monstruos que nosotros? ¿No será todo esto fruto de la maldad del corazón humano, sin importar cultura o religión, algo que llevamos muy dentro y que es de orden espiritual?
Lo de las torres gemelas es fruto del odio fanático; lleno de prejuicios y de conceptos religiosos distorsionados, junto con una visión política imperialista frustrada y con tendencias genocidas claras de parte de los fundamentalistas. Es condenable en todos los sentidos, pero no es más que la demostración del rostro demoníaco de una humanidad que cuando se deja llevar por sus instintos, es capaz de arrasar con toda manifestación de vida. Es un reflejo de lo que somos (venimos del mismo “barro”), si no hay apertura y aceptación a la gracia de lo divino, que es la que realmente nos humaniza.
¡Sólo Dios nos puede liberar! Lo de las torres gemelas nos enseña lo que puede hacer una cultura y una religión cuando se confunden sus valores y se diluye la verdad de sus fundamentos. Esto es un problema de la humanidad como tal y cada vez que pasa algo como el atentado de Nueva York, somos todos los seres humanos los que perdemos, los que retrocedemos, los que volvemos a épocas primitivas y de barbarie.
Todos deseamos que se busque, se detenga, se enjuicie a los asesinos y que se corten las conexiones del terrorismo. Pero volvemos a ver ahora en Italia el espectáculo (que ya se dio en la guerra del Golfo) en los medios de comunicación, de toda clase de aviones sofisticados de guerra, de los portaaviones y misiles que se usan para destruir a un pueblo pobre, arruinado de por sí, dirigido por unos religiosos fundamentalistas enloquecidos, y que pagará (como siempre) los “muertos ajenos”. Volvemos a ver el narcisismo del poder bélico.
¡Pobre Afganistán!, y qué gran diversión para muchos ahora, ver cómo caen las bombas. Y al final, las causas del atentado de Nueva York seguirán vigentes: el fanatismo, la ignorancia, el hambre, la injusticia, los prejuicios, el odio, la marginación y la brutalidad.
Hay que dar un merecido a los terroristas pero no nos gocemos, como si esto fuera otra película de acción norteamericana, viendo el espectáculo de la destrucción de un país que además de ser conducido por unos ciegos religiosos, ahora huye, por millones, desesperado a las fronteras. Y todo porque alguien tiene que pagar los muertos del condenable y aberrante crimen de Nueva York.
Más bien veamos por qué suceden estas cosas y qué podemos hacer los cristianos para que no suceda más en ningún lugar del mundo. ¿No tendríamos que evangelizar más a un mundo desesperado?
El autor es obispo de Darién
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del diálogo: Flor Ortega •
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