Panamá, 13 de octubre de 2001
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Para conseguir la paz, prepárate para la guerra

“La humanidad tiene que acabar con la guerra,o la guerra acabará con la humanidad”, John F. Kennedy

Geraldine Emiliani

“Durante cuatro mil años de experimento y repetición, la guerra se ha convertido en un hábito”, comentó el historiador militar John Keegan.

Durante los pasados cien años, aproximadamente cien millones de personas han muerto por las guerras. Esta cifra no revela de ningún modo el pánico y el dolor que experimentan las víctimas, como tampoco refleja el sufrimiento de sus seres queridos, de los incontables millones de seres humanos que quedan mutilados física, mental y emocionalmente, y quienes aún conservan recuerdos dolorosos de las atrocidades que los atormentan como una pesadilla que se repite incesantemente.

De algo sí estamos seguros, de la habilidad y astucia que el hombre ha adquirido en el arte de matar. En la primera guerra mundial, los ejércitos de Europa incluían soldados de caballería provistos de lanzas. Hoy en día valiéndose de satélites equipados con sensores y sistemas de teledirección computarizados, los misiles pueden llevar la muerte a cualquier lugar de la tierra con precisión y en cosa de segundos. Hemos visto el perfeccionamiento de armas de fuego, tanques, submarinos, aviones militares, armas biológicas y químicas.

Durante miles de años ha habido mentes brillantes consagradas al descubrimiento de nuevas y mejores formas de matar y destruir. Si tan solo mostráramos el mismo entusiasmo a la hora de promover la paz.

Resulta irónico que el hombre se haya hecho tan experto en la guerra, y que amenace con destruir a quienes le confirieron poder tan grande. Muchos la consideran una actividad justificable, natural, gloriosa y noble.

Emprender una guerra a gran escala es una locura, un suicidio, porque está la posibilidad de perderlo todo; pero también porque se lograría poco.

Además, el empleo del poder militar ha sido considerado durante milenios como un medio legítimo de proteger los intereses económicos de una nación. Los ricos y poderosos se beneficiarían a gran escala con la construcción y venta de material bélico y podrían en alguna forma estar propiciando en estos momentos cualquier conflicto entre las naciones. Otros, en cambio, consideran que las masacres deben mantenerse vivas en la memoria colectiva de la familia humana, a fin de que, no se repitan nunca más.

La humanidad se ha fragmentado en naciones y culturas que manifiestan desconfianza, odio o temor entre sí. Sus valores y puntos de vistas son opuestos.

“En la guerra nadie gana, todos pierden”, señaló un combatiente de la segunda guerra mundial. Tanto vencedores como vencidos pagan un terrible precio. Quizá miles de víctimas se hunden en la indigencia o se vean obligados a buscar refugio en otros países.

Durante la década de 1990, existían más de 40 millones de refugiados o desplazados. Las heridas de una guerra pueden ser el germen de la siguiente.

La mayor parte de quienes pelean no son soldados adiestrados en un campo de batalla, sino, por lo general, son civiles, entre hombres y niños.

Está comprobado que un niño armado puede competir con un adulto en igualdad de condiciones (refiérase al artículo Anwar, “El guerrero suicida”, El Panamá América, 1° de octubre).

Las guerras causan a las sociedades daños en sentido político, social, económico y ambiental. Además, impone a la comunidad internacional gastos de miles de millones de dólares en ayuda humanitaria, cuidados a los refugiados, mantenimiento de la paz e intervenciones militares.

Cuando acaban los combates, las armas de guerra suelen caer en manos de criminales. En un país del sur de Africa, las luchas políticas segaron la vida de unas diez mil personas en tres años; y después del conflicto, aumentaron tres veces más las víctimas debido a las agresiones delictivas y criminales como secuelas del conflicto. Un criminal armado es más peligroso que un individuo con instrucción militar.

Además, las armas están vinculadas al narcotráfico y, se han convertido en moneda de cambio para obtener drogas, o se intercambian por diamantes en bruto. También suelen venderse o se truecan por alimentos, ropa o las envían a otras naciones en conflicto. “Es más barato regalar las armas usadas, que desmantelarlas o guardarlas bajo vigilancia”, informó una escritora del Instituto de Investigación para la Paz, en Oslo.

Resulta incoherente que la “gema” que compra fusiles de guerra termine vendiéndose cara en una lujosa joyería como símbolo de amor eterno.

La autora es psicóloga clínica


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