Panamá, 13 de octubre de 2001
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Entre el mazo y el olivo

Los días que vive la humanidad cobijados por la guadaña del terrorismo y de la controversia bélica, son días infelices

Carlos Iván Zúñiga Guardia

El desarrollo tecnológico ha hecho posible que los acontecimientos que conmueven a la humanidad no solo sean narrados como antaño sino que lleguen a los ojos de los espectadores. Y llegan al instante. Recuerdo el maravilloso espectáculo que ofreció al mundo la televisión al transmitir el momento en que el hombre llegaba a la Luna. Yo quise brindar con una bebida apropiada, anís del mono, con un tío nonagenario, teniente de los soldados de la independencia. Levanté la copa y dije: “¡Brindemos por el hombre, del mono a la luna! Mi tío rechazó el brindis, lleno de incredulidad. “Eso no es posible”, dijo. “Todo es un truco de los gringos. ¿El hombre en la luna? ¡Nunca!”.

Estos inventos maravillosos del siglo pasado que presentan los sucesos en imágenes de modo coetáneo a su concurrencia, revelan el desarrollo alcanzado por la humanidad. En el imperio de los Incas, la comunicación se hacía en carreras de relevo, de posta en posta. El Inca comía en el Cusco pescado fresco proveniente del Callao. Tal era la organización. Cuando murió Bolívar, el 17 de diciembre de 1830, Caracas se enteró del infausto suceso algunas semanas después.

En mi infancia penonomeña, solo al llegar La Estrella cada mañana, nos enterábamos de lo que ocurría en el país y en el mundo. El reloj de nuestras vidas tenían 24 horas de retraso. Solo en el año de 1936, cuando el presidente Harmodio Arias ordenó que los municipios compraran una radio y la instalaran en la plaza pública, en las noches escuchábamos las noticias provenientes de emisoras colombianas porque entonces, como ahora, esas emisoras tenían coberturas para grandes distancias. Las nuestras por su parte y, entonces como ahora, por ser un país chiquito, han tenido frecuencias de limitada esfera; con impulso de vuelo de gallina: bajito y cortito. Como para que no compitan con las grandes empresas, las frecuencias ahora se dan con coberturas para barrios; así, terminaremos con frecuencia para avenidas o para ciertos hoteles.

Pero lo trascendente es que ahora el mundo se achica, está en la pantalla de los hogares y sabemos lo que ocurre en cualquier sitio del planeta inmediatamente. Si el mundo ríe o se divulga un acontecimiento artístico, en el hogar se ríe o se aplaude tal acontecimiento. Pero si el mundo llora, si el mundo se aterroriza, los hogares lloran e igualmente se aterrorizan. Tal es la influencia de la televisión. El drama de los pueblos ya no entra por los oídos, ahora es inherente a la sensibilidad visual; por eso es más conmovedor porque el cerebro percibe la monstruosidad del mal y lo convierte en drama propio. Todo lo observamos intantáneamente y ya llevamos años de estar viviendo el dolor o el sufrimiento de otros seres humanos.

Recientemente, cuando las distintas nacionalidades yugoeslavas o rusas sorprendieron al mundo con sus diferencias sangrientas, cuánto pesar producían los bombardeos, la metralla cruzada, el llanto de los niños, la angustia de las madres; tantos jóvenes destrozados por las armas infernales, tanta locura vistiendo el uniforme de los criminales. En los conflictos entre palestinos e israelitas, ¡hasta cuándo tanta sangre derramada, tanto niño asesinado; tanto crimen, cuánto terrorismo!

Y qué decir de la maldad de algunos enloquecidos por el fanatismo religioso que en Irlanda se dedican a espantar a los niños, a enfermarlos psicológicamente, para que no transiten por algunas calles que los conducen a sus escuelas. ¡Y pensar que se trata de pueblos europeos que gozan de la presunción de que por cultos, no podrían ser fanáticos y terroristas a la vez!

El hombre lobo del hombre es una afirmación que se concreta cíclicamente y sin fin.

El 11 de septiembre es una fecha fatídica tanto para Chile como para Estados Unidos. En el presente año, una bandada de terroristas asesinaron a más de seis mil seres humanos de todo el mundo, absolutamente inocentes. El hecho no se supo unas semanas después como ocurrió en Caracas con la muerte de Bolívar. El hecho criminal entró a los hogares del mundo en el mismo momento en que un avión bomba se lanzaba con sus municiones de terror sobre una de las Torres Gemelas de Nueva York. El espectáculo no fue observado por el espectador con indiferencia. Se llenó de súbito de pánico y de adrenalina, y a partir de ese momento hubo una sensación de angustia, y como que un crespón negro cubría en esas horas cada hogar y cada pantalla de los televisores.

Hoy la televisión, agitadora del temperamento y de las conductas o manipuladora de la sensibilidad humana, nos ofrece las vistas de los bombardeos sobre Afganistán. Confieso que los rostros de los niños que deambulan aterrorizados por las calles de Afganistán me conmueven con mayor intensidad que el periplo de los misiles, porque veo en esos rostros infantiles un reflejo o un espejo de los rostros de mis descendientes. Como decía el poeta Andrés Eloy Blanco, “cuando escuchó el llanto de un niño en la calle siento que es el llanto de mi propio hijo”. Igualmente cuando vi los rostros de los deudos de quienes murieron en las Torres Gemelas o en los aviones suicidas, sentí que era mi propio rostro el adolorido y que los muertos eran mis propios muertos. Solo haciendo propio el dolor ajeno se puede evaluar la inmensidad de una tragedia.

Los días que vive la humanidad cobijados por la guadaña del terrorismo y de la controversia bélica, son días infelices. Son días contaminados por un germen diabólico que no muere en la raza humana. De allí que la transmisión de lo que ocurre en otras latitudes del globo es el papel ingrato de los pregoneros de las malas noticias.

Solo basta pedir que en el Istmo, el Dios que adoramos sea pacífico con relación a nuestras ilusiones de vida; que nunca se vuelva a la época de terror que se vivió durante la dictadura militar; que nunca un grupo de trastornados asesine a otro expresando que tal crimen lo ordena Dios; que los quebrantos mentales que padecen otros pueblos no contaminen el espíritu de quienes aquí luchan por el poder. En fin, que no se produzca el hábito de la doble moral, como táctica o como principio, que nos guía a la incongruencia de rogar por la paz y de golpear hasta exterminar física o moralmente al adversario; que “el Dios rogando y con el mazo dando” se aparte de la cultura de la clase política panameña. Solo así la televisión en lo que respecta a Panamá entraría a cada hogar sin mazos y con ramos de olivo.

El autor fue rector de la Universidad de Panamá


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