¿Armagedón?
Simón B. Jaén
Nunca una iniciativa de guerra contra un enemigo común —el terrorismo internacional— había sido tan abruptamente aprobada por la comunidad internacional. Y es que el crimen, el odio que se ensaña en los inocentes, o la impunidad prepotente que se hace evidente cuando se tiene un enemigo invisible que viola el derecho a vivir en armonía y paz, no pueden menos que ser rechazados por todos los hombres y mujeres de buena voluntad.
Dentro de ese marco de repudio internacional tiene que prevalecer sin embargo, la prudencia. Es un hecho que alrededor de los países del Medio Oriente, se ha consolidado un aparato militar de enormes proporciones sin precedentes en la historia, que ya inició sus acciones de guerra contra Afganistán.
Las preguntas que surgen son las siguientes: ¿contra quiénes irán estas acciones bélicas?; ¿contra los delicuentes del terrorismo, o contra unos pueblos tercermundistas que desde hace décadas han sentido el flagelo de la miseria, de los bloqueos económicos inhumanos que han sumido a sus habitantes en la desesperación?
En Afganistán, las expectativas de vida no llegan a los 42 años; las perspectivas de sus habitantes se desvanecen porque la muerte hace su aparición intempestiva.
Si las acciones de guerra se circunscriben a eliminar los focos terroristas, ¿en cuántos países tendrán que incursionar las fuerzas militares multinacionales para erradicarlas? ¿Cómo asegurar que en las incursiones de guerra —veladas o encubiertas— no se vea seriamente afectada la propia vida de los pueblos inocentes tradicionalmente flagelados por la pobreza y la pobreza extrema?
Sin querer ser alarmista, lo que sucede en Oriente Medio me ha hecho reflexionar sobre un texto del Apocalipsis. En el capítulo 19, al término de la presentación alegórica del “Verbo de Dios, Señor de señores, montado sobre el Caballo Blanco”, se lee lo siguiente en relación a la famosa guerra de Dios, Armagedón: “Y vi a la Bestia y a los reyes de la tierra y a sus ejércitos reunidos para hacer la guerra al que montaba en el caballo y a su ejército. Y fue aprisionada la bestia y con ella el falso profeta que hacía señales delante de ella, con las cuales extraviaba a los que habían recibido el carácter de la bestia y los que adoraban su imagen....”.
Como en todos los pasajes apocalípticos, estamos ante alegorías que el propio Dios dramatiza para hacernos ver los hechos lamentables que se darían en el momento en que se cumplieron sus vaticinios. Dado el hecho de que es factible, como posibilidad, correlacionar los hechos de guerra que se desarrollan con el contenido del pasaje que nos ocupa, surgen las siguientes preguntas: ¿es la bestia señalada el terrorismo islámico o el neoliberalismo con sus esquemas opresivos, o ambos? ¿Es el falso profeta bin Laden, o acaso Hussein, o quizás algún personaje que se desenvuelve en nuestro medio y que se oculta detrás de actitudes demagógicas?
Según la Biblia, un falso profeta es un lobo con piel de oveja; o sea un hombre con un lenguaje engañoso, demagógico, y por tanto, manipulador; y en nuestro tiempo, con un alcance mundial.
El Señor de señores es el Mesías escatológico. ¿Un Mesías guerrero? El Mesías empuñó y empuñará siempre la espada del testimonio de la solidaridad, de la paz, del respeto a la libre autodeterminación de los pueblos, del respeto a la vida, a la tolerancia religiosa, de la persuasión y no de la imposición. Se opone con gran determinación a las fuerzas del odio, del revanchismo, de las actitudes inquisitorias, de la usura legalizada, del terrorismo en todas sus formas.
¿Y el ejército del Mesías? Aquel constituído por todos aquellos seres humanos sin distingos de raza o credo que ansían la convivencia pacífica; que aspiran mejorar sus condiciones de vida; por aquellos que no tienen acceso a las oportunidades por las limitaciones que impone el sistema, y que en su mayoría no satisfacen siquiera sus necesidades básicas; por todos aquellos que son víctimas de una intolerancia doctrinal sectaria que hiere la dignidad humana; por aquellos que de últimos se constituirán en los primeros, señalados en las Bienaventuranzas e identificados en Afganistán.
La palabra Armagedón proviene de la palabra Megido, una meseta en Israel, en cuyas llanuras circundantes se dieron furiosas batallas. Hacer referencia a Megido, es hacer referencia a Oriente Medio.
Estamos solo ante una hipótesis que busca la reflexión, y concluimos que no se puede servir a dos amos al mismo tiempo: estamos a favor del amor y de la convivencia pacífica, o estamos con el terrorismo internacional, causa de desolación y muerte. Estamos a favor de una más equitativa distribución de la riqueza dentro de un esquema de auténtica justicia social, o estamos con el capitalismo salvaje que es la causa de la extrema pobreza y de la desnutrición que irrespeta día a día la dignidad de la persona humana. No quedan más opciones.
El autor es ingeniero eléctrico
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