América: de Filadelfia a París
Juan Carlos Ansin
La recesión económica, como casi todas las cosas malas, tiene también un aspecto positivo. En este caso, me permite tener más tiempo para dedicarle a la lectura no médica y un ratito más para escribir, de vez en cuando. Uno de mis temas favoritos es la historia. Nunca la tomé demasiado en serio. Como casi todo aquello sobre lo que en el fondo el hombre emite opinión, la interpretación de los hechos históricos merece leerse con lupa, para encontrar de ese modo al gato que a menudo quiere pasar por liebre. Si esto pienso de la historia, imagine usted amable lector, lo que puedo pensar acerca de un politólogo o de los mercachifles que se dedican a la publicidad ideológica. Porque contrario a lo que por ahí dicen, las ideologías no están muertas. Simplemente cambiaron de color. Hasta hace poco eran rojas, sinónimo exclusivo de los “socialismos”; ahora son tan verdes como el patrimonio de los fundamentalistas de la “globalización” y del “mercado libre”.
Antes de la revolución americana, no había existido jamás una nación que bajo la inevitable influencia de la Ilustración fuera fundada por la francmasonería y por su contraparte: los puritanos disidentes de la Corona británica. Es debido a estos dos aspectos ideológicos, frecuentemente contrapuestos y poco debatidos, que Estados Unidos de América, desde la primitiva reunión de sus cincinatos, con George Washington a la cabeza —de allí proviene el nombre de la ciudad de Cincinnati—, haya tenido el privilegio de ser el primer país donde prevalecieron los principios que subordinan las instituciones al servicio del pueblo; protegen constitucionalmente los derechos individuales y que además, consagran que la administración pública descansa en la separación equilibrada de los tres poderes del Estado.
Así se fundó la primera democracia moderna que tanto admirara el francés Tocqueville.
Pero poco se dijo de la justicia económica. Aquel viejo principio bíblico de darle a cada uno lo que merece o que debiera corresponderle por su trabajo. Hasta las postrimerías del siglo XIX, la Constitución estadounidense, adoptada por casi todos los países de América Latina, no había abolido la esclavitud. De hecho, fue uno de los últimos países en hacerlo y se necesitó, no ya de una revolución, sino de una cruenta y prolongada guerra civil. La Revolución Francesa, en cambio, se hizo no para fundar una nueva nación, ni para independizarse como colonia, ni por alguna reivindicación mercantil o aduanera, sino para sacudirse el yugo de una ancestral tiranía absolutista representada por la monarquía seglar de los reyes y sostenida a rajatabla por las autoridades de la Iglesia de entonces, que le había otorgado al Rey un origen divino, semejante al de N. S. Jesucristo.
La Revolución Francesa consagró que todos los ciudadanos eran iguales ante la ley, y la fraternidad que se obligaba a practicar, provenía de la propia dignidad del hombre que, junto a la libertad, conformó la trilogía fundamental de los derechos humanos. Su posterior degeneración en la formación de un Imperio no puede ser opacada por el extraordinario legado de haber consagrado universalmente el principio de libertad y la abolición de la esclavitud. Por eso hallo que comparar la revolución americana con la francesa es como querer comparar aquí el golpe de Estado octubrino de 1968 con la gesta emancipadora de noviembre de 1821.
No vale la pena entrar en detalles; lo que sí vale la pena es intentar rescatar el espíritu de nuestros padres fundadores, los de la América Latina, como Bolívar, San Martín o Martí. Ellos pagaron caro su intento de amalgamar lo bueno de ambos acontecimientos históricos e intentaron fundar nuevas naciones que las ambiciones humanas y las circunstancias geográficas, educativas, sociales, políticas y económicas han impedido, hasta ahora, que florezcan.
La nueva ideología representada por los defensores a ultranza del libre mercado nos ha arrojado a una situación insostenible y extremadamente peligrosa. Hemos retrocedido casi un siglo de conquistas sociales. Los monopolios abolidos vuelven ahora a florecer. La salud es hoy un privilegio de pocos. Los avances científicos y tecnológicos alcanzan a un mínimo porcentaje de la población. En cuanto a educación y cultura, debemos reconocer que ahora hay más gente que puede leer y escribir; pero el analfabetismo relativo a la competencia laboral está en aumento. Hoy día aquel que no tenga un título, no sea bilingüe y no maneje los secretos de la información cibernética, está condenado a ser un ilustre desocupado más. La brecha salarial hoy es mucho más ancha que antes. En Panamá un sueldo gerencial es 25 a 50 veces superior al sueldo mínimo. Se sabe que la manera más fácil de hacer dinero lícito es no tener ninguna restricción que reglamente la oferta y la demanda, y dejar que el mercado fluya por sus cauces naturales; pero no es posible permitir que empresas poderosas obtengan un poder monopólico sobre ese mismo mercado que ellas han logrado maniatar gracias a la influencia de gobiernos corruptos e instituciones financieras manejadas por el poder hegemónico de un grupo de naciones industrializadas.
Mirando a nuestro país y a sus alrededores, algo se impone con claridad meridiana: es el fracaso del sistema —o del modelo económico— en el manejo distributivo de las ganancias. Hace más de una década se nos viene martillando que debemos esperar a que mejoren las empresas privatizadas, o que se estabilice el mercado, pero cuando lo hacen —y en sospechoso breve tiempo—, sus ganancias son meridianamente globalizadas hacia el exterior. Mientras tanto, los países desarrollados subsidian su agricultura y su ganadería e impiden el libre mercado de los únicos productos con que los latinoamericanos podemos competir para vivir, más o menos dignamente, como naciones independientes y soberanas. Para tal fin, los países hegemónicos crearon vallas fitosanitarias que durante la hambruna de entreguerras les convino pasar por alto. La aftosa es una enfermedad viral del ganado que solo afecta la economía agropecuaria, no es una zoonosis (enfermedad animal transmisible a los hombres) como sí lo es la enfermedad de las vacas locas. En Sudamérica, la aftosa existe desde que los conquistadores españoles dejaron al ganado pastar en soltura por las fértiles pampas. Europa ha comido carne suramericana con aftosa por más de un siglo, pero es justamente ahora que imponen medidas sanitarias extremadamente difíciles de cumplir. Sin embargo, ellos continúan vendiendo a países subdesarrollados productos prohibidos o restringidos para el consumo de su propia población.
No hay que llamarse a engaño; debemos reconocer de una vez por todas que las ideologías no son la verdadera causa de nuestros males, sino las ideas malas que demuestran su inoperancia diariamente en las calles de la ciudad o en los páramos del campo —no en las oficinas refrigeradas o en las redacciones de los nuevos ideólogos—, y de las que se aprovechan no ya los utópicos bien intencionados, sino los corruptos en general, sean estos escritores, políticos, sindicalistas, obreros o empresarios y profesionales.
La internet nos ha permitido, entre otras cosas útiles, obtener información detallada de lo que está sucediendo en Argentina y Perú. Ex gobernantes, alguna vez glorificados por los adláteres de este “mercado libre”, se han aprovechado de él para beneficio propio y ahora esperan su turno para ser juzgados. Ojalá la justicia los condene de manera ejemplar, como una vez lo fueron los militares que conculcaron los derechos humanos consagrados en la revolución de Robespierre, Diderot y Voltaire. Los mismos derechos que el pueblo de Dantón defendiera en París cuando, abrumados también por el hambre y las injusticias, se vieron impelidos a tomar la Bastilla a sangre y fuego. No caigamos pues, con nuestro servilismo, miopía o ignorancia, en el horror de ver funcionar en América el invento de monsieur Guillotine.
El autor es médico
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