Responsabilidad compartida
Es hora de que los banqueros y los gobernantes acepten la culpa que les corresponde por el tamaño de la deuda de América Latina
Edgardo Lasso Valdés
Según las noticias internacionales, las economías de un alto porcentaje de los países de América Latina están pasando por una etapa muy crítica; se menciona insistentemente a las repúblicas de Argentina, Ecuador, Bolivia, Colombia, Venezuela, Perú, México, Brasil, así como todos los países de América Central. Y no se salva de aparecer en otra lista negra o negativa nuestro querido Panamá.
Analizando las posibles razones, o algún factor común entre estos países, que los ha llevado a padecer del mismo mal de la insolvencia, he logrado aislar un pequeño microbio responsable de tan maligno padecimiento: la corrupción.
Mucho se ha escrito y comentado sobre la enorme e impagable deuda externa de los países de América Latina. En ocasiones muy particulares, como en caso de grandes desastres nacionales, se escuchan voces muy tímidas en algunos países europeos solicitando a las instituciones financieras internacionales responsables en gran parte de la debacle económica de esas mismas repúblicas, suavizar las condiciones de repago.
La Iglesia católica, a través del mismo Papa, ha hecho en múltiples ocasiones un llamado a la banca internacional para que sean consecuentes con las necesidades de los menos afortunados de cada país deudor, condonando o ajustando la pesada carga que no permite disponer de lo necesario para atender las demandas sociales.
En otros artículos, me he referido a este mismo tema, y sigo insistiendo en que, de no haber existido corrupción entre todos los actores de esta farsa disfrazada de operaciones bancarias normales, no estaríamos nadando contra la corriente y sin posibilidad de alcanzar la orilla.
¿Cómo se llegó a esta situación? Tenemos que remontarnos a los años de 1980, cuando los países exportadores de petróleo en forma deshumanizada empezaron a aumentar el precio del crudo a límites muy por encima de lo acostumbrado, afectando las economías de los países importadores.
Los bancos norteamericanos y europeos fueron receptores de esas multimillonarias sumas de dinero, resultado de los constantes aumentos, llevándolos a un exceso de liquidez. Como el negocio de intermediación financiera es rentable solo cuando se presta a intereses más altos que los pagados por los depósitos, es lógico deducir que urgía captar clientes a quienes colocar esos dineros.
Los banqueros honestos saben que, antes de desembolsar ninguna suma de dinero, se debe hacer un análisis de cada cliente, su situación económica, la fórmula factible de repago, el uso responsable del crédito; todo esto para asegurarse la recuperación dentro del plazo pactado.
Desafortunadamente, la prudencia no fue un elemento considerado, ni por los banqueros ni por los gobernantes de turno, en los distintos países de América Latina. Las instituciones financieras otorgaban préstamos por grandes sumas, con el incentivo adicional de conceder comisiones personales a los firmantes de los documentos de créditos; además de un período de gracia de cinco y más años, durante los cuales no se exigía bonos a la deuda.
Muchas personas hicieron dinero, comprometiendo injustamente el futuro de las generaciones de todos esos países.
Ya es hora de que, tanto los banqueros como los gobernantes se sienten a dialogar, aceptando la culpa que le corresponde a cada grupo y ajustando la deuda para que en verdad sea pagable, permitiendo la reactivación de esas economías.
El autor es banquero
Además en opinión
• Alucinaciones: Rubén
M. Castillo Gill
• La mentira como anzuelo:
Carlos Guevara Mann
• De encuestas y muestras:
Reinaldo Barrios Velásquez
• Responsabilidad
compartida: Edgardo Lasso Valdés
• Errata
• ¿Qué más
quieren del consumidor?: Juan Carlos Pastor
|