Panamá, 11 de octubre de 2001
SECCIONES
Portada
Hoy por hoy
Trasfondo
Nacionales
Deportes
Opinión
Mundo
Negocios
Revista
Reseña
Tecnología
SERVICIOS
Titulares por email
Directorio de email
Reportajes
Columnistas
Notas importantes
El tiempo
TIEMPO LIBRE
Turismo
De interés
Agenda
Cine
De noche
Restaurantes
Recetas
SUPLEMENTOS
Ellas Virtual
Martes Financiero
Aprendo Web
R. Empresarial
Talingo
SEPARATAS
Pulso de la Nación
Punto exe
AYUDA
Guía del sitio
Tarifas
¿Quienes somos?
Contáctenos
Vea nuestros clasificadosHaga esta su página de inicio

La mentira como anzuelo

Carlos Guevara Mann

Mucho cambió este país a partir del 11 de octubre de 1968. La usurpación del poder por la Guardia Nacional contaminó las instituciones políticas y suprimió los espacios de deliberación democrática. En su lugar, se irguió la voluntad omnímoda de los militares, que corrompió y vulgarizó la vida pública. Se alquiló el Estado a las mafias del narcoterrorismo, el espionaje y el contrabando. Con el Tratado Carter-Torrijos de Neutralidad, se colocó el país “bajo el paraguas del Pentágono”, como lo afirmó el propio dictador.

Se condujo a la república por la senda de la arbitrariedad hasta llevarla a una confrontación insensata con la principal potencia del mundo, que produjo abundante mortandad, cuantiosas pérdidas materiales y una profunda herida a la dignidad de la Nación.

En términos de cultura política, la narcodictadura institucionalizó la chabacanería, el cinismo, la desvergüenza y la falsedad. ¿Cómo más calificar el “palo, plomo y plata” de Noriega o el “todos los gobiernos roban” de Altamirano Duque? La corrupción era el pan nuestro de cada día bajo el mando abusivo de Omar y su principal secuaz -el MAN- ambos agentes pagados de los servicios secretos estadounidenses.

Como el Ministerio Público y el sistema judicial han sido incapaces de exigir responsabilidades y reparaciones a los delincuentes, esas conductas funestas siguen caracterizando el debate “público” en Panamá. He allí una herencia tóxica de la dictadura, cuyos efectos han pervertido la política panameña. Después de tres décadas del golpe, uno de los mayores logros del militarismo ha sido trastocar a tal punto nuestra escala de valores, que quienes carecen por completo de autoridad moral para dirigir y orientar la opinión pública hoy pretenden constituirse en guías ciudadanos.

A Jorge Ritter Domingo, de generales conocidas, la nueva administración de La Prensa lo ha reclutado como columnista regular, colocándolo al mismo nivel que Guillermo Sánchez Borbón, Carlos Iván Zúñiga y Betty Brannan Jaén, entre otros articulistas de reconocida lucidez, probidad y civismo. En su más reciente escrito, el ex canciller de los cuarteles propone un “test” para aspirantes a ministro en el gobierno de Mireya Moscoso. Convendría refrescarle la memoria con el recuerdo del servilismo que se exigía a quienes como Ritter Domingo ambicionaban un empleo público en tiempos de dictadura. Hacia el final de aquel período, la única credencial válida para ser ministro era la incondicionalidad ante Noriega, cuya violencia demente -propia de los bin Laden- llevó al país a la destrucción.

Roko Setka Sagel, otro elemento norieguista, fustiga al actual gobierno por respaldar las medidas que por acuerdo de todos los Estados miembros ha tomado la OEA para enfrentar el terrorismo. Alega que el apoyo que Panamá ha dado a la coalición antiterrorista llevará al país a la guerra. Sus planteamientos soslayan lo que en efecto nos llevó a la guerra hace poco más de una década: la sumisión incondicional de quienes como él se postraron ante el narcodictador, sin importarles el sentido común y el bienestar de la Nación.

Hay que recordar, entonces, el texto que desde Belgrado le envió Setka Sagel a Noriega y que se leyó en “Todo por la patria” el 27 de julio de 1986: “Tras evidenciar una profunda contradicción entre el comentario hecho por el New York Times y la posición oficial de Estados Unidos a través de la DEA al reconocer estos últimos las efectivas labores de las autoridades istmeñas al combatir el narcotráfico y el lavado de dinero [sic], hice mediante nota de conocimiento de los gobiernos ante los cuales estoy acreditado, texto del discurso del señor McKinnon ante el comité senatorial el 21 de abril próximo pasado. Si el ciudadano comandante o el canciller de la república autoriza una conferencia de prensa, a sus órdenes comandante. Creo que cada embajador y cada cónsul debería hacer lo propio para que quienes hacen pactos negativos vendiéndole el alma al diablo, sepan que el 31 de diciembre de 1999 este Canal y este territorio adyacente pertenecen solamente al pueblo panameño”.

En ese momento, como ahora, era ampliamente conocido que la dictadura militar patrocinaba el narcotráfico y que la DEA certificaba al noriegato, mediante declaraciones como las de su funcionario Raymond McKinnon, en atención a consideraciones puramente geopolíticas. Eso lo confirmó el New York Times y quedó comprobado durante el juicio a Noriega. Frente a esta realidad incontrovertible, Setka Sagel -embajador de la narcodictadura en

Yugoslavia- no vaciló en cuadrarse ante su comandante, avalando el sofisma descabellado de que quienes denunciaban el narcoterrorismo castrense buscaban perpetuar el control estadounidense del Canal de Panamá. Con ello, Setka Sagel contribuyó a propiciar el clima de confrontaciones que desencadenó en la invasión de diciembre de 1989.

A pesar de sus antecedentes, estos y otros norieguistas hoy pretenden dictar cátedras de derecho, decencia y moral. En el aniversario del golpe que los elevó al poder, hay que tomar la determinación de recordarles su pasado cada vez que pretendan pescar en río revuelto con el anzuelo de la mentira.

El autor es politólogo


Además en opinión

Alucinaciones: Rubén M. Castillo Gill
La mentira como anzuelo: Carlos Guevara Mann
De encuestas y muestras: Reinaldo Barrios Velásquez
Responsabilidad compartida: Edgardo Lasso Valdés
Errata
¿Qué más quieren del consumidor?: Juan Carlos Pastor