Alucinaciones
O replanteamos el paradigma de la globalización, o el peso de los desajustes hará que nos acostumbremos a las tétricas alucinaciones que nos acosan
Rubén M. Castillo Gill
El inicio de la llamada “Primera guerra del siglo”, genera las consecuentes ansiedades de los pobladores de un mundo que no encuentra el camino de la equidad y la justicia.
Otear el universo desde el balcón de la serenidad parece, en sí, una labor alucinante ya que los indicadores sociales, económicos y políticos determinan que atravesamos por una época que se abraza, inexplicablemente, al caos.
Al revisar las frías estadísticas de nuestro planeta, nos adentramos en realidades escalofriantes que merecen ser analizadas.
En el mundo actual, existen más de 1,200 millones de personas que viven dentro de los renglones de la pobreza o que solo ganan un dólar por día, con la agravante de que la mayoría de ellos convive dentro de las fronteras del tercer mundo.
Por otro lado, la inmigración interna ha provocado la aparición de absurdas megaciudades incapaces de satisfacer las necesidades básicas de los que buscan un mejor futuro en el avasallante entorno del concreto y las luces. Por algo Galeano ha señalado que “Nuestras ciudades se han convertido en espacios internamente amurallados: a un lado de la muralla sobreviven los que tienen hambre y en el otro sobreviven los que tienen miedo”.
Lo dramático del panorama actual está revelado en una predicción del Banco Mundial, que señala que la población del planeta Tierra ascenderá a diez mil millones de habitantes en el siglo XXI, de los cuales ocho mil millones serán pobres.
La alucinación parece continuar cuando los exámenes estadísticos nos indican que, en algunos lugares del continente africano, no existe equivalencia entre las necesidades alimentarias de la población y su capacidad productiva, con lo cual es evidente el hecho de que muchos morirán de hambre.
El drama ecológico es de una magnitud singular. La tala indiscriminada de árboles, la emisión de gases contaminantes y la crisis del agua determinan que la raza humana, desde una perspectiva subalternamente antropocéntrica, ha decidido que el desarrollo económico tiene más importancia que la conservación del hábitat medioambiental, con lo cual se dicta, sin atenuantes y de manera anticipada, la pena de muerte del planeta.
En el plano socioeconómico, el ser humano camina, indefectiblemente, a la cosificación, ya que la sociedad alienta, como estilo de vida, el consumo desproporcionado y absurdo. Su Santidad, Juan Pablo II, a propósito de lo que podríamos llamar “crisis de las razones del ser humano”, ha abogado por el imperio de la solidaridad y el desprendimiento, valores en desuso en una sociedad que cada día se asienta más en el individualismo.
Las realidades actuales nos indican que vivimos un proceso de tercerización de las estructuras económicas, donde las actividades improductivas de estrellas del deporte y de la cinematografía, tienen mayor valor que las desarrolladas por empresas que producen bienes de consumo masivo, lo cual determina que convivimos en un medio que mira con deleite la pura especulación financiera.
Alejandro Foxley, quien fuera ministro de Hacienda del ex presidente chileno Patricio Alwyn, ha concluido, acertadamente, que la globalización y el neoliberalismo no pueden ser asimilados como fórmulas milagrosas, ya que muchas de sus incongruencias son obvias. Foxley señala que debemos gobernar la globalización, de tal manera que podamos acoplar, a nuestras realidades, lo sano de la misma.
Se plantea, entre otras cosas, que en vez de mantener en forma indiscriminada los procesos privatizadores, se debe administrar la cosa pública con criterios basados en la productividad y la eficiencia. El Estado, entonces, debe otorgar las autonomías necesarias para evitar que los mecanismos, suciamente políticos, primen al momento de manejar los asuntos públicos y para que la visión de la gestión privada impregne el engranaje gubernamental.
Foxley, con la claridad que le da la exitosa experiencia de los gobiernos democráticos de Chile, apela a la participación ciudadana en la solución de los problemas. El Estado no puede aupar la pasividad de los asociados, ya que ello liquidaría la posibilidad de que se generen consensos y nuevas ideas que permitan lograr resultados, socialmente aceptados. Es evidente que una sociedad no funciona sin que esté presente el espíritu emprendedor.
También es obvio que las mediciones tradicionales de los indicadores económicos deben variar. Es poco inteligente que se hable de estadísticas, si las mismas no reflejan la satisfacción o no de las necesidades básicas de la población.
Con el panorama que percibimos, fácilmente arribamos a la conclusión de que el Estado no puede convertirse en un simple espectador de los procesos económicos.
Es evidente que la llamada competencia perfecta no existe y que el Estado debe seguir manejando los resortes de algunas áreas que no tienen relevancia para los actores del mercado. Sería escandalosamente absurdo que el Estado se desprendiera de su facultad de determinar, por ejemplo, el tipo de educación que requiere la sociedad o de la opción de establecer un plan nacional de desarrollo que establezca objetivos definidos, tal como lo concibieron los llamados “tigres del Asia”.
El Estado, a su vez, deberá estimular a la empresa privada para que esta tenga todas las facilidades administrativas para desarrollar sus actividades, con reglas claras y precisas que no sean alteradas antojadizamente. Lo anterior debe conllevar a una real desburocratización y la implementación de políticas que no se sujeten a simples objetivos electorales.
Nuestros Estados deben promover el incremento de la actividad de las pequeñas y medianas empresas ya que, proporcionalmente, generan mayor cantidad de puestos de trabajo en relación con la gran inversión.
Resulta una verdad de Perogrullo, que el modelo de sociedad en que queremos vivir no debe atravesar los tortuosos caminos de la ideologización de la década del 70. Nuestras sociedades no soportan las hipocresías populistas ni los esquemas basados en el colectivismo irracional. El fracaso del régimen soviético refleja que el hombre desea construir su futuro a partir de la noción de libertad y no de la de un poder omnicomprensivo.
Las angustias existenciales que inauguran el siglo XXI, solo se resolverán si la humanidad revisa sus metas y propósitos. O replanteamos sensatamente el paradigma de la globalización, o el peso de los desajustes hará que nos acostumbremos a las tétricas alucinaciones que nos acosan.
El autor es abogado
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