Panamá, 11 de octubre de 2001
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Guerra bacteriológica

Camilo José Cela Conde
ESPECIAL PARA LA PRENSA

Las autoridades aconsejan calma, aseguran que está todo controlado y se remiten a las instrucciones de la Organización Mundial de la Salud, como si alguna agencia dependiente de la ONU hubiese podido hacer, aunque solo fuera una vez en su historia, algo que no viniese marcado por el transcurso de los acontecimientos. Los dos casos de ántrax de Florida han sido suficientes para que se confirmen los temores que atenazan desde hace ya un mes a los ciudadanos de Occidente. Al fin y al cabo, el atentado contra las torres gemelas necesitó de una intensa, difícil y cara preparación, pero ¿qué hace falta para sembrar de bacterias una ciudad cualquiera? La decisión de hacerlo y el material necesario que, con certeza, está en manos de los terroristas auspiciados por los talibán.

Hace poco más de un siglo una guerra bárbara -como todas, pero más- llenó Europa de cadáveres y de sobrevivientes inválidos para toda la vida que les quedaba, por culpa de los gases. La guerra bacteriológica es peor: de poco sirven las máscaras ni los trajes protectores, salvo que aceptemos convertirnos en astronautas durante todo la jornada cotidiana. Los que puedan pagárselo, claro. Porque, lo busquen o no, esas guerras -las químicas, las biológicas- obtienen la mayoría de sus víctimas entre la población civil. Como en los bombardeos masivos de las ciudades alemanas y japonesas en la Segunda Guerra Mundial. Como en el Vietnam. ¿Acaso no es una guerra química la que utiliza el napalm? Pero los gases son otra cosa. Están prohibidos por todas las convenciones internacionales habidas y por haber. ¿Cómo es, pues, que han terminado en manos de grupos bárbaros? Por la sencilla regla de tres que establece que las mismas naciones que impusieron la “guerra limpia” (eufemismo que podría traducirse por guerra cara, guerra solo al alcance de las grandes potencias) acumularon cantidades enormes de gas mostaza o gas sarín y desarrollaron, por mucho que lo negasen, armas bacteriológicas de inmenso poder.

En el caso de los misiles tierra-aire, esas armas terminaron en manos de los talibán a causa de que la estrategia geopolítica aconsejaba armarles para que resistieran contra los soviéticos. ¿Cómo podemos estar seguros de que no sucedió algo parecido con el ántrax? Cierto es que se trata de una bacteria de difícil contagio a las personas, pero ¿a quién le consuela eso? ¿Aceptaríamos una lotería del riesgo que tocase a una o dos personas, pongamos, en cada barrio? Como la bacteria B. anthracis, que es el nombre científico del ántrax, es de larga persistencia en el terreno, los efectos del pánico que pueda provocar son muy duraderos.

El atentado contra las torres gemelas obtuvo lo que buscaba: un eco inmenso en las televisiones de todo el mundo. La carta enviada a Florida con unas esporas del ántrax también lo ha conseguido de inmediato: miedo continuo y persistente. La carta siguiente puede llegar a cualquier sitio, y si lo hace o no es un tanto secundario: el mal está ya hecho.

No podemos bombardear cada oficina de correos, cada buzón de Afganistán, Irak o Palestina, cada agencia de mensajeros. No podemos ni siquiera saber quién es el culpable de los envíos contaminados. Esta guerra tiene dos iniciativas contrapuestas, como si se jugase en un tablero con reglas distintas para uno y otro. Bacteriológica, en etimología castiza, parece significar algo propio de la lógica de las bacterias. Pero nuestra lógica no es mucho mejor.


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