Panamá, 10 de octubre de 2001
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1492

Aristóloga
Especial para La Prensa
revista@prensa.com

En 1492, Isabel y Fernando dieron el golpe definitivo a los moros, terminando su ocupación de Iberia. El 2 de agosto del mismo año, zarparon a la mar los últimos judíos que la corona expulsaba de España; con la misma marea zarpó un genovés llamado Cristóbal Colón, quien tras convencer a Isabel de que había otro paso a Indias, iba en pos de riquezas allende las rutas que dominaban los portugueses, intrépidos navegantes y amos del mercado de las especias.

En este viaje llega a San Salvador y posteriormente a Hispaniola, donde aprende a hacer “pan de cazabe” (le cuesta diferenciar entre la yuca y el ñame, por lo que no sabemos a cuál se refería) y a comer perico, erizos, iguana (“una serpiente... que sabe a pollo”). El 16 de diciembre, en un banquete ofrecido por un “rey” local, come langostinos con boniato. De su primera carta a los reyes obtenemos sus impresiones:

“... Hay árboles de mil maneras y altas, y parece que llegan al cielo; y tengo por dicho que jamás pierden la hoja, según lo puedo comprehender, que los ví tan verdes y tan hermosos como son por mayo en España, y de ellos estaban floridos, de ellos con fruto, y de ellos en otro término, según es su calidad; y cantaba el ruiseñor y otros pajaricos de mil maneras en el mes de noviembre por allí donde yo andaba. Hay palmas de seis o ocho maneras, que es admiración verlas, por la deformidad hermosa de ellas, mas así como los otros árboles y frutos e hierbas. En ella hay pinares a maravilla y hay campiñas grandísimas, y hay miel, y de muchas maneras de aves, y frutas muy diversas”.

En esa carta documenta la primera “cocina de fusión” entre viejo mundo y nuevo, ya que habla de lo sabroso que es el boniato con leche de almendras (indispensable ingrediente medieval que trajeron entre sus abastos). Entre los primeros productos que sabemos llevó Colón a Europa figura el maíz –aunque algunos insisten que había llegado a Europa desde Asia, mucho antes–; en viaje posterior, en 1493, también descubrió la piña en la isla de Guadalupe (“como la alcachofa pero más alta, con fruto semejante a un piñón”); evidentemente, la papaya, el aguacate, la verdolaga y el amaranto y según nos indica el siguiente párrafo, por lo menos una variedad de ají picante (el día antes de su retorno), probablemente el chombo o habanero:

“En estas islas, adonde hay montañas grandes, allí tenía fuerza el frío este invierno; mas ellos lo sufren por la costumbre, y con la ayuda de las viandas que comen con especias muchas y muy calientes en demasía”.

Los ajíes o chiles picantes en particular capturaron el interés del almirante, ya que una de las especias más cotizadas por los picos finos de su época era la pimienta: ergo, los bautizó “pimientos”, en parte por falta de vocabulario y en parte por su deseo de validar su “descubrimiento”, creando así una confusión eterna para las generaciones subsiguientes.

Aunque –a excepción de los húngaros– el ají picante no captó la imaginación de Europa hasta su retorno como parte integral de diversas tradiciones culinarias asiáticas y africanas, es imposible imaginar la cocina española sin gazpacho, con los ajíes dulces que sí tuvieron acogida en el continente, al igual que el cacao, la papa, la calabaza, el maíz y, alabado sea, el tomate. Imposible imaginar la cocina italiana sin pomodoro, la francesa sin frites o la alemana sin kartoffel; ni qué hubiese sido de Irlanda sin el noble tubérculo, de Africa occidental sin manioc (yuca), o Indonesia sin maní. Sin ajíes la cocina schezuan no existiría tal como la conocemos y los suizos, ¡pobres! serían puro cuclillo y nada de chocolatines.

Poco sabía Colón cómo él, más que otro ser humano en la historia, la afectaría: porque cuando Fortuna lo ungió, desencadenó un intercambio gastronómico que cambiaría el mundo. ¡Oh, Prometeo liberado!


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