Para ganar la guerra
Hoy que la humanidad se enfrenta al terrorismo salvaje y desalmado, debemos luchar por conservar las conquistas alcanzadas por la raza humana
Juan David Morgan
A partir del instante en que los primeros ancestros del hombre se irguieron sobre sus miembros traseros y aprendieron a mirar a lo lejos, la humanidad inició una evolución ininterrumpida hacia la excelsitud.
Comenzando con la destreza para servirse de la naturaleza y sus objetos hasta la capacidad de proyectarse más allá de los límites del espacio terrestre, el ser humano ha ido en un continuo perfeccionamiento, no solamente de sí mismo, sino de su relación con los demás.
En su largo y angustioso peregrinar han influido sobre él dos fuerzas fundamentales: las creencias religiosas y los hallazgos de la ciencia. Así, entre lo espiritual y lo material, hemos llegado a este siglo XXI en el que los descubrimientos científicos y el avance de las tecnologías y de las comunicaciones le permite a los descendientes de aquellos primeros homínidos destruir el planeta y al mismo tiempo contemplarlo en vivo y en directo en las pantallas de sus televisores. Esta globalización del espanto ha obligado al hombre a buscar en los valores espirituales la cordura necesaria para la supervivencia.
La evolución del ser humano se ha visto reflejada también en la de los pueblos y naciones que han venido surgiendo a su paso por la faz del planeta. Así como aquel primer fraticidio de Caín ha sido superado por la norma ética que prohíbe el asesinato, los Estados modernos se rigen hoy por reglas que proscriben la guerra como solución de los conflictos. Si quisiéramos resumir el alcance de la primera Declaración de los Derechos Ciudadanos en la Inglaterra del siglo XVII; de las revoluciones norteamericana y francesa del siglo XVIII; de la Carta de las Naciones Unidas y la Declaración de los Derechos Humanos del recién extinto siglo XX, diríamos que en la evolución del hombre y de los pueblos los derechos humanos han ido ascendiendo poco a poco, pero indefectiblemente, al sitial supremo que les corresponde. Muy lejos han quedado los días cuando la esclavitud y la servidumbre eran aceptadas sin cuestionamiento, y el soberano disponía a su antojo de la vida, honra y hacienda de sus súbditos. Hoy, esos súbditos tienen, además y entre otros, el derecho a expresar lo que piensan, el derecho a la privacidad y el derecho al debido proceso ante sus jueces, lo que hace apenas quinientos años era impensable.
La Iglesia católica se ha olvidado de las conquistas terrenales y de la persecución de los herejes y ahora tenemos un Papa empeñado en propagar el ecumenismo, la humildad y el amor al prójimo.
La mujer, nuestra eterna compañera del paraíso terrenal, ha equiparado sus derechos a los del macho de la especie y hoy, en nuestra civilización, lo supera en su afán de aprender y ser útiles.
A raíz de los actos terroristas del 11 de septiembre, el peligro más grande que corre la civilización en la que se desenvuelve nuestra existencia cotidiana es, precisamente, el de que demos un paso atrás en esa marcha decidida hacia un mundo mejor y más humano.
El terrorismo se afinca en instintos atávicos largamente superados por la raza humana, instintos que prevalecían en la época oscura cuando dábamos los primeros pasos inciertos sobre el mundo que nos cobija. Y aunque en algunos seres humanos los bajos instintos afloran todavía para recordarnos que alguna vez fuimos bárbaros, la repulsa general que provocan los actos de barbarie contribuye a consolidar aún más nuestro apego a los derechos por los que tan denodadamente ha venido luchando la humanidad. No hay duda de que de los horrores del nazifasismo surgió la firme determinación de la raza humana de que actos como el Holocausto jamás volverán a repetirse. Hoy que la humanidad entera se enfrenta al terrorismo salvaje y desalmado, debemos luchar para que este nuevo enemigo no logre privarnos de las conquistas alcanzadas por la raza humana.
Si los líderes de las naciones civilizadas logran comprender que es necesario mantener siempre vigentes los derechos fundamentales del ser humano, aunque ello suponga un mayor riesgo para todos, entonces el terrorismo habrá fracasado en su intento de llevar al mundo a la época en la que prevalecían el odio, la intolerancia, la discriminación y la barbarie. Y algún día podremos ufanarnos de haber ganado la nueva guerra.
El autor es abogado y escritor
Además en opinión
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