Terrorismo y seguridad internacional
Ernesto E. Cerrud Herrera
Comúnmente se califica el terrorismo como una conducta “irracional” por parte de sus perpetradores, desvinculada de toda “lógica”, entendida esta dentro de los parámetros de la cultura occidental. La ecuación se sitúa así en el plano ideológico-filosófico donde valores y creencias definen el monopolio de verdades absolutas contrapuestas. Estos, a su vez, determinan los objetivos políticos de los actores “terroristas”, para lograr un estado de cosas moldeados a su particular cosmovisión planetaria.
Los atentados del 11 de septiembre contra objetivos físicos en Estados Unidos ilustran la eficaz y eficiente mecánica funcional del terrorismo.
El “concepto” operacional fue altamente simbólico. Las infraestructuras escogidas estaban situadas en Nueva York, la meca del poder económico-financiero del capitalismo y Washing-ton, la capital y corazón del poder político del “Imperio”. Son estructuras que proyectan una imagen (self-image) de identidad del sistema estadounidense para sí y para el mundo entero. El simbolismo representado por los objetivos seleccionados pretende producir un efecto desmoralizador colectivo.
Los actores no utilizaron armas químicas ni bacteriológicas, como es temido en Estados Unidos. Las “armas” empleadas fueron “convencionales”: cuatro aviones comerciales de aerolíneas norteamericanas llenos de combustible, repletos de pasajeros civiles utilizados como bomba contra la propia nación. A esto se suma el secuestro de las aeronaves y toma de rehenes para propósitos terroristas. Los pasajeros a bordo, más los ocupantes de los edificios siniestrados y transeúntes de los alrededores, incrementan el daño exponencial producido.
Los efectos alcanzados son de orden psicológico. Se persigue sembrar en el establishment y en la psiquis colectiva de los estadounidenses una sensación de inseguridad, caos, vulnerabilidad; en contraposición a imágenes, percepciones y escenarios de seguridad que ya se habían visto trastocados con los atentados de Oklahoma y de las propias Torres Gemelas en 1993. El presidente Bush en su mensaje a la Nación, reconoció que “estos actos de masacre colectiva pretenden atemorizar a nuestra nación infundiendo caos y retroceso” y son una “amenaza” al sentido/percepción de “seguridad” de los norteamericanos.
El mensaje real y virtual instantáneo, se hace presente a través de los medios de comunicación. La Nación y el mundo se conmocionaron a través de la tecnología de las comunicaciones, provocando una onda expansiva psicológica mucho más allá de los espacios donde ocurrió la tragedia. Esto le da un alto valor agregado al “éxito” de la operación terrorista. En este contexto, el efecto psicológico de la violencia llega a nuestros sentidos a través de la globalización de las comunicaciones, moldeando la percepción de la opinión pública mundial y de los gobiernos (proceso de toma de decisiones).
El procesamiento virtual de la realidad en el tiempo y el espacio, añade un elemento de incredulidad por la recurrencia temática de la violencia en Hollywood, paradójicamente la meca del cine norteamericano. En este sentido, los ataques terroristas en Estados Unidos superan la ficción fílmica. El tema de la violencia planificada se “mercadea” en la escena mundial ante una audiencia masiva que ve atónita las secuelas de la tragedia.
Un elemento de impacto psicológico devastador fue el derrumbamiento de las Torres Gemelas: el coloso de acero y cemento se convierte en barro y se hunde; su vitalidad, su fuerza, su hercúlea/titánica estructura arrogante y desafiante es frágil y queda reducida a escombros y polvo.
Otro elemento de continuidad es la demonización del hecho terrorista: la perenne lucha o “guerra” entre el bien y el mal, vista desde la perspectiva de los actores involucrados. Estados Unidos (y Occidente) -el “Gran Satán”- representa a las legiones de “infieles” cuyas vidas pueden ser segadas por los guerreros del Islam en nombre de “Alá” y su profeta Mahoma. La carnicería de vidas humanas se justifica en nombre del fundamentalismo religioso islámico en conexión con objetivos políticos.
Las respuestas políticas se dan en la dinámica de implementación del proceso de toma de decisiones, mediante la ejecución de políticas establecidas o la formulación de nuevas, o la modificación de las existentes para adaptarlas a las circunstancias.
La política antiterrorista de Estados Unidos se centra en cuatro principios básicos. Veamos.
Los terroristas secuestraron los aviones y a los pasajeros civiles y los utilizaron como armas letales. En este contexto, los terroristas no solicitaron negociar nada, no demandaron nada y consecuentemente no hubo ninguna solución negociada. El principio de “no hacer concesiones a los terroristas y no hacer tratos con ellos” queda invalidado ante un presupuesto —equivocado en este caso— de que los terroristas siempre van a pedir algo a cambio, que abre un compás de “tiempo” límite durante el cual el Estado afectado puede maniobrar. Este no fue el caso y enseña una lección acumulativa que nos indica que para cumplir sus objetivos, los terroristas no necesariamente van a hacer demandas a cambio de concesiones. Simplemente van a ejecutar sus planes.
“Traer a los terroristas ante la justicia para que paguen por sus crímenes”. Esa es la exigencia de Estados Unidos al Gobierno talibán de Afganistán; demanda respaldada por resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU.
“Aislar y aplicar presión a los Estados que patrocinen el terrorismo y forzarlos a cambiar su conducta”: Estados Unidos ha logrado convertir a Afganistan en un Estado paria a través de las resoluciones de la ONU y ahora ha usado la fuerza como parte de una coalición internacional.
“Prestar ayuda para incrementar las capacidades antiterroristas de los países que cooperen con Estados Unidos y requieren asistencia”. Ahora veremos un significativo incremento en la cooperación multilateral y bilateral en materia antiterrorista. En el plano multilateral se fortalecerán los procesos de conferencias especializadas contra el terrorismo (ONU, OEA), los acuerdos de las reuniones de ministros de defensa de las Américas, los mecanismos de defensa individual y colectiva previstos por la Carta de la ONU, de la OTAN, de la OEA y del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), entre otros.
Los nuevos hechos alterarán dramáticamente el perfil de la seguridad internacional en el nuevo siglo.
El autor es analista de relaciones internacionales.
Además en opinión
• Terrorismo y seguridad
internacional: Ernesto E. Cerrud Herrera
•Para ganar la guerra: Juan David Morgan
.
• Información
y vida privada: Ramiro Guerra M.
• La correcciones
necesarias: Rolando A. Gittens
• FSU y el desarrollo
nacional: Lawrence Abele
|