El Islam en tiempos de cólera
La paz a largo plazo depende de que la secularización del Islam progrese
Francisco Pérez de Antón
El pasado 23 de junio, el Tribunal Constitucional de Turquía declaraba fuera de la ley al Partido de la Virtud, una agrupación política fundamentalista, por actividades antilaicas. Se trata del sucesor del Partido de la Prosperidad, una de las muchas formaciones islamitas que desde 1923, año en que Turquía fue convertida en república secular por Mustafá Kemal Ataturk, han intentado provocar una involución religiosa en el país.
La anécdota revela la sorda y constante batalla de los tribunales y los militares turcos para impedir la reislamización de lo que fuera un día el país sede del Imperio Otomano, y pone de manifiesto las enormes dificultades del Islam para secularizarse y evitar que los clérigos regresen al poder, dicten leyes y rijan la moral de las personas. Durante las últimas décadas, numerosos intelectuales han tenido que marchar al exilio o han sido amenazados, expulsados de las universidades, asesinados por fanáticos o condenados a muerte, como en el caso del escritor Salman Rushdie.
Los problemas de Turquía son infinitamente menores a los de otros países islámicos donde el fanatismo religioso ha logrado materializar esta involución en gobiernos de tipo teocrático. Egipto, Jordania, Argelia y Pakistán son víctimas del integrismo opositor, en tanto Sudán, Afganistán e Irán se han vuelto Estados confesionales que tienen el Corán por Constitución. Secularistas y fundamentalistas libran, pues, una encarnizada batalla, pero Islam y fundamentalismo islámico son cosas distintas. De hecho, la mayor parte del Islam no es fundamentalista. Indonesia, por ejemplo, el país islámico con mayor número de habitantes, es una república laica, como Turquía, Irak o Siria.
El Islam es un credo monoteísta donde, al igual que en el cristianismo, la interpretación del libro sagrado ha dado lugar a toda clase de sectas, tendencias y sistemas políticos, entre ellos el más antiguo de todos: la teocracia, el gobierno de los ayatolás o los ulemas, líderes espirituales que consideran a las personas creyentes y súbditos, en lugar de ciudadanos. La religión es su ideología política y, en consecuencia, su visión del mundo es por naturaleza maniquea e intransigente.
El fundamentalismo islámico es antisemita y anticristiano, pero el Islam no lo es. El fundamentalismo, de otra parte, no es privativo del Islam. Existen fundamentalismos religiosos en la India (los sijs), en Estados Unidos (ciertas iglesias evangélicas), y en Israel (el judaísmo que no reconoce el Estado nacional por haber sido fundado por laicos). De acuerdo con la definición de Daniel Bell, el fundamentalismo es un fenómeno religioso que ha adoptado formas y objetivos políticos y cuyos líderes están convencidos de que la vida pública y privada han de estar subordinadas a los mandatos de la fe. En el fondo, no es otra cosa que una reacción contra la modernidad y una reafirmación de los fundamentos sagrados sobre los cuales, según la teología integrista, Dios construyó la sociedad humana.
Con estas acotaciones y advertencias es que debe examinarse el complejo mundo del Islam, un credo cuya unidad es solo aparente, no solo porque en su seno se da una división parecida a la que en el cristianismo existe entre católicos y protestantes, sino por los dispares talantes y estilos de quienes lo practican y los variados tipos de gobierno a que aquellos han dado lugar. El Islam es, por ejemplo, radicalmente antioccidental en Irán e Irak, amistoso, aunque inmovilista, en Arabia Saudita, flexible en Jordania, Marruecos y Bangladesh, dictatorial en Egipto, Túnez, Libia y Siria, liberal en Indonesia, guerrero en Afganistán e integrista, aunque no violento, en Pakistán.
Si el fundamentalismo islámico ha cobrado una especial relevancia en nuestros días ello se debe a que sus raíces están sembradas en un credo que cuenta con mil doscientos millones de fieles en Asia, Africa y parte de Europa, y que está presente, además, en tres áreas potenciales de conflicto: los Balcanes, Oriente Medio y Asia Central.
El problema es desde luego viejo. El Islam y el cristianismo viven en constante pugna desde el siglo VIII, cuando los moros invadieron España. Pero las dificultades actuales del Islam no se deben tanto a la presunta agresión de Occidente, como arguyen bin Laden y otros, sino al fracaso del militarismo secular, un movimiento político iniciado a mediados del pasado siglo por un grupo de oficiales que, siguiendo los pasos de Ataturk, instalan por la fuerza el Estado laico en varios países árabes. Sus integrantes pertenecían al Baas, partido panárabe de ideario socialista fundado en 1943 en Damasco. Pero el movimiento sería incapaz de crear sociedades prósperas, y ni siquiera el maná del petróleo llevaría a países como Libia, Irak o Irán el bienestar que se esperaba.
La frustración ante las reformas hizo que muchos volvieran los ojos al fundamentalismo religioso y que el proceso de secularización iniciado por los militares retrocediera. De resultas, los países que conforman el mundo islámico están en su mayoría gobernados hoy por dictaduras de clérigos o de militares. Y si bien es verdad que algunos de dichos países han logrado neutralizar los avances del integrismo, no han podido evitar en cambio las actividades de grupos clandestinos, pequeños, pero letales, como el que destruyó las Torres Gemelas de Nueva York.
El fundamentalismo islámico, en definitiva, va más allá de bin Laden y sus pilotos suicidas. Y lo que viene ocurriendo en el mundo desde 1989, año en que se derrumba el Muro de Berlín, ha empezado a dar la razón a Samuel Huntington, un profesor de Harvard que, al término de la Guerra Fría, anticipó el reemplazo de los conflictos ideológicos por otros más o menos violentos entre la cultura occidental o judeocristiana y otras disímiles a ella, como la islámica. Las civilizaciones, decía Huntington, se distinguen por su historia, su lengua, sus tradiciones y sus credos. Y estas diferencias son más hondas y difíciles de negociar que las ideológicas, y se agravan cuando la religión domina la cultura, como es el caso del fundamentalismo islámico, donde el enemigo es un infiel y toda guerra contra él no es militar, sino santa. Y es justamente en este matiz donde podemos encontrar las claves del atolladero en que, una vez más, se encuentran ambas culturas, la islámica y la cristiana.
Toda civilización deriva de alguna religión que, en algún tiempo, antes de que la cultura pudiera secularizarse, fue la cultura propiamente dicha. Y todas las culturas han vivido una etapa teocrática en la que los sumos sacerdotes emitían decretos, declaraban guerras y, en el proceso, se hacían inmensamente ricos. En el caso del cristianismo, el crepúsculo de esa etapa será un largo proceso de siglos que transformará la cultura cristiana hasta hacerla irreconocible. La corrupción del Papado, la Reforma protestante, el descubrimiento de América, la comprobación de que la Tierra era redonda, y no plana, como había dicho san Agustín, el Renacimiento, Copérnico, Galileo, y los hallazgos de la ciencia pondrán en duda muchos asertos de la Biblia y harán perder credibilidad al alto clero cristiano. Esto unido a la guerra del Papa contra príncipes y monarcas europeos, resuelta a favor de estos, alejará a la clerecía del poder y dará a la política una autonomía de la que hasta entonces carecía.
Una nueva conciencia, de carácter secular, laica y civil, comenzaba a tomar forma. El mundo cristiano no negaba la existencia de Dios, solo rechazaba que los clérigos fueran los rectores exclusivos de la vida y la conducta humanas. Y por primera vez en más de mil años de historia, se daba al César lo que era del César y a Dios lo que era de Dios.
La separación Iglesia/Estado, empero, no sería inmediata ni fácil. El alto clero perdía poder, mas no sin resistencias y luchas que le llevarían incluso a tomar las armas. La Revolución Francesa en el siglo XVIII, y las revoluciones industrial y liberal en el XIX, desposeerían finalmente a la Iglesia oficial de las riquezas en que basaba su poder, y el alto clero jugó a partir de ahí un papel cada vez más reducido en la vida política de las naciones cristianas.
Occidente había roto finalmente con una teocracia codiciosa, represiva y violenta, promotora del amor a Dios, sí, pero también de cruzadas, conquistas, masacres y persecuciones en Su nombre. Occidente pasó entonces del fundamentalismo religioso al castrense. El bonapartismo y las dictaduras militares serían la herencia de esa ruptura con las estructuras feudales. Y todavía hoy, cuando nuestra cultura política ha alcanzado cotas, inimaginables hace un siglo, de libertad de expresión y conciencia, la separación Iglesia/Estado sigue provocando tensiones.
Europa se ve a sí misma como una cultura poscristiana, pero Estados Unidos padece ofensivas políticas frecuentes por parte del fundamentalismo evangélico, y la sociedad civil de América Latina no se ha librado del todo de presiones clericales y militares.
La secularización del mundo cristiano es, pues, imperfecta, pero cuando dicho proceso se compara con el de los países islámicos es fácil observar una distancia de siglos. El Islam no ha tenido un Renacimiento, ni un Galileo, ni una Revolución Francesa, ni una revolución industrial, ni una revolución democrática. Y es justamente esta brecha entre lo sagrado y lo secular lo que a ambas culturas distancia y enfrenta.
El Islam ha iniciado un proceso semejante al que el cristianismo vivió por siglos, pero la secularización encuentra tenaces obstáculos insalvables debido a que los fundamentalistas consideran el laicismo la causa de todos los males del Islam y el veneno que podría matarlo. Para un integrista islámico, el Estado no confesional es inadmisible porque convierte en legal lo que, en el libro sagrado, Alá ha declarado ilegal. Y si bien es verdad que en muchos países islámicos las leyes civiles han reemplazado a la sharia, la ley islámica, la ley de Dios, y el orden tradicional ha quedado roto, sus gobernantes saben que no pueden ir muy lejos sin crear graves tensiones sociales. El sha de Persia quiso modernizar Irán y fue derrotado por los clérigos, en tanto Anwar al-Sadat, presidente de Egipto sería asesinado por un grupo de oficiales fanáticos.
A diferencia del Islam, todavía una cultura teocéntrica, vale decir, una cultura que pone a Dios en el centro de la vida y de las acciones de los hombres, Occidente ha devenido una cultura antropocéntrica, o lo que es lo mismo, una cultura donde, a pesar de los pesares, el hombre es el eje y el centro de la vida, y donde esta no se rige exclusivamente por las creencias religiosas ni la moral que imparten los clérigos. La secularización ha logrado pasar el ecuador de una larga y tortuosa andadura hasta convertirse en uno de los rasgos más característicos de la cultura occidental.
El Islam lleva ese mismo camino, pero aun no ha logrado despojarse de su carga religiosa, y pasarán muchos años antes de que la razón secular logre reemplazar a la razón teológica. La lucha entre secularistas e integristas no ha hecho más que empezar, si bien factores como la televisión o internet están haciendo ver a millones de fieles que se puede ser un buen musulmán sin por ello dejar de tener una mentalidad moderna.
Pero lo único que con certeza podría convencer a las masas sería un positivo cambio en las condiciones de vida y el nivel de bienestar. La revolución secular de los militares y la religiosa de los clérigos han dejado a su paso unas sociedades desiguales y empobrecidas, con toda la carga de frustración que esto supone. Aliviar esa miseria supondría para el Islam lo que la revolución industrial supuso para la civilización judeocristiana. Mas este es un lujo que los clérigos fundamentalistas no pueden permitirse, pues, como la experiencia de Occidente les avisa, la secularización del Islam terminaría con su poder político de la misma forma que, en su día, la secularización occidental terminó con el de los clérigos cristianos.
Entretanto, el Estado islámico continúa mostrando su fracaso y su impotencia en Irán, un país que no puede pagar su deuda externa, en Arabia Saudita, una nación fabulosamente rica hace veinte años y hoy al borde de la quiebra, y en Afganistán, donde los talibanes financian tropas y armamento con heroína. Todo lo cual augura que los tiempos de cólera habrán de seguir por mucho tiempo, y que el fundamentalismo islámico, ya oficial, ya clandestino, continuará creando tensiones de todo orden en el mundo.
La paz a largo plazo depende de que la secularización del Islam progrese. A corto plazo, por desdicha, es difícil que haya una paz duradera. Integristas, terroristas y fanáticos se encargarán de impedirlo. Y así, el Dios del Sinaí, el Dios que une y separa a tres grandes civilizaciones, la islámica, la judía y la cristiana, seguirá siendo por muchos años la causa de su desencuentro feroz y milenario.
Firmas Press - Escritor y periodista español radicado en Guatemala
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