Panamá, 9 de octubre de 2001
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Entre la prohibición y la permisión

Alicia Rego
Especial para La Prensa
revista@prensa.com

Ya he escuchado a más de uno el comentario de que los niños y jóvenes de ahora andan como caballos desbocados. Y esto, según una señora, por culpa de la proliferación de las teorías psicológicas que ven en los castigos (sobre todo los físicos) métodos educativos ineficaces. “Los padres de ahora- me decía ella- se han tomado demasiado en serio aquello del diálogo y la permisividad con los hijos. Les dejan hacer lo que les da la gana y cuando se portan mal no los sancionan como es debido”. “Además,-agregó- ¿qué es eso de que no se les puede dar un azote de vez en cuando? Yo recibí muchos de pequeña y no tengo ningún trauma”.

Ante esto, hay que aclarar ciertas cosas. Vayamos pues por partes. Es cierto que los nuevos modelos en técnicas disciplinarias apuntan a otros métodos como los ideales por encima de los castigos. Pero no porque la chancleta voladora (que más de una madre de anterior generación lanzaba su travieso retoño) ocasionara secuelas psicológicas irreparables. Se rechaza el castigo físico porque no sirve para sus fines y enturbia la relación materno o paterno-filial. No es a la palmada ocasional a la que nos referimos cuando hablamos de que la violencia engendra violencia pero sí a esos golpes sistemáticos que humillan al menor y aniquilan su autoestima.

Y sin ir tan lejos, ni siquiera esa bofetada a la luz de algunos merecida conlleva buenos frutos. Y es que ¿qué joven va a contar a su progenitor su última travesura cometida en el colegio si sabe que éste le responderá con una sacudida? En contrapartida, reforzar conductas positivas para así motivar a los chiquillos implica el camino que los psicólogos seguiremos promulgando hasta la saciedad como el más positivo.

Ahora bien, jamás hemos dicho que no poner límites a un niño es lo adecuado. Más bien, estipulamos que es necesario y no ya en relación a su comportamiento actual sino también como parte de un proceso por el cual adquirirá sentido de la realidad y consolidará su estructura de personalidad.

En los tratados psicoanalíticos relacionados con el desarrollo de la persona, se toca este tema, quizás desde un prisma muy particular, pero de forma sumamente interesante. Para ellos, el niño se enfrenta ya a los cuatro años con una prohibición (la primera pero quizás la más importante de su vida) que además de marcar el objeto sexual, definirá su vida futura: la prohibición del incesto. Y es que, según Freud, el varoncito a partir de esta edad ve en su madre un objeto de deseo, hecho que le supondrá un claro conflicto con el otro progenitor. Y si bien es cierto que no todos los pequeños siguen este particular recorrido edípico (una de las críticas más importantes que se le ha hecho a esta teoría), el punto al que conduce es el mismo que el que quiero señalar: el reconocimiento de que la plena satisfacción narcicista no es posible. Por ello, el pequeño deberá aprender a renunciar a lo inalcanzable porque de otra forma acarreará consigo las secuelas de una personalidad inmadura que no es capaz de resistir frustración alguna y, lo que es peor, que no distingue entre la fantasía y la realidad.

La función de la prohibición, que para el psicoanálisis está representada por el padre, se complementa con otra función: la de permisión, sin la cual la primera no surge efecto o resulta perjudicial. El papá , o sea la figura del adulto que encarna la prohibición, plantea al niño que el goce tiene límites, que no puede hacerse todo lo que uno desea y de la forma que uno quiere, pero al mismo tiempo le abre las puertas a un goce que puede resultar posible, que sí está permitido. La renuncia al goce desenfrenado y sin control abre la vía de lo que ellos llaman “deseo”, a través del cual los niños se abren al mundo, a la escuela, a los compañeros. Mientras el disfrute sin límites conduce al abandono, a la disgregación y al dolor, el deseo reclama acción, conlleva esfuerzos y conduce a la realización. Ser consecuente con el propio deseo (y no con el propio goce, que no tiene control ni medida) implica el proceso por el cual el niño aprende a situarse ante los demás y a autorregularse. O sea, es a partir de una renuncia cuando se crece no ya físicamente sino ética, social y emocionalmente.

Pero la interpretación de esta orientación debe hacernos leer entre líneas e ir mucho más allá del tabú del incesto. Por ello (y esto va en relación no sólo con los niños sino también con las niñas), los adultos que quieren responder a todas las demandas de los hijos, que consideran que las manifestaciones de cariño consisten en decir siempre que sí o en no poner límites al goce de la primera infancia (que incluye la satisfacción de todos los caprichos y peticiones), impiden que la expresión de ese deseo aflore y que el niño pueda realizarse como un individuo seguro de sí que vive en una sociedad llena de escollos.


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