Familiaridad
Quien haya lidiado con
la muerte y con la guerra sabe que las cruzadas contra el infiel
llevan a menudo una carga de intereses
María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com
Solo hay una razón por la que respondo al
artículo de Alexandra
Arias, titulado en “Defensa de un estilo de vida” y publicado
en este diario el miércoles 3 de octubre.
Que su autora exprese el disgusto que le
causó otro mío (“La demora de la caballería”) es saludable. Cada
quien tiene derecho a repudiar lo que le hiere o le molesta. Que
saque en conclusión que si no estoy a favor de George Bush estoy
del lado casi del terrorismo, es, hasta cierto punto, comprensible.
Todo el que hace pública una opinión corre el riesgo de que esta
sea interpretada de mil modos distintos (depende del color del cristal
con que se mire), y de que sea, incluso, malinterpretada. Si además
el lector no se toma la molestia de tener a mano otros colores que
el blanco y el negro, es poco probable que opte por la gama de grises.
Pero tampoco sería este motivo suficiente para entrar en polémica,
y por tanto no creo necesario explicar con detalle que si bien las
confrontaciones ideológicas con un buen contendiente me apasionan,
mi naturaleza es, en principio, contraria al uso de la fuerza bruta,
provenga de donde provenga. Como es contraria a la manipulación,
a la prepotencia y al abuso.
Lamento no compartir con Alexandra la veneración
que profesa por Estados Unidos, veneración que la lleva a afirmar
que “son ellos los más firmes defensores de un estilo de vida que
sostiene y promueve los ideales democráticos de igualdad, libertad,
justicia y oportunidad para todos, que yo (Alexandra) aspiro a mantener”.
Justo sería reconocer que otras muchas culturas promueven lo mismo,
pero con menos alharaca, sin embargo, que no comparta su sentir
no quiere decir que no lo respete, aun cuando confieso que esa frase
me llenó de dudas. Si Alexandra Arias es panameña y vive en Panamá,
como me consta, pero ya goza de un estilo de vida en el que la igualdad,
la libertad, la justicia y las oportunidades están vigentes, o es
una privilegiada o vivimos en países distintos. Porque no creo que
Alexandra haya confundido, en su enardecida defensa, Estados Unidos
de América con Panamá, donde el grueso de la población andamos aún
ocupados en conseguir un poquito de esa igualdad y de esa justicia
que a diario se nos cuela entre los dedos.
Coincido no obstante con ella en que “el
acto terrorista ha sido perpetrado contra la humanidad y no contra
un país en particular”. Y coincido porque toda agresión cometida
contra un ser humano atenta contra la especie. Esa fue precisamente
la médula de mi artículo anterior y que tantas ronchas ha levantado:
la tragedia ocurrida en Estados Unidos (supongo que no tengo que
recalcar que efectivamente lo considero una tragedia) no ha sido
mayor que la que viven a diario otras gentes y otros países. Una
miradita atenta a la historia de las últimas décadas así lo confirma,
y no creo que eso sea, en modo alguno, trivializar.
Si Alexandra ha encontrado en George W. Bush
aliento y liderazgo, tanto mejor para ella. Por mi parte hace rato
que ando escasa de líderes, y temo a W. como a un nublado que presagia
una tormenta.
Mientras escribo, llueven misiles gringos
sobre Afganistán, aunque según insisten los portavoces, están dirigidos
únicamente a puntos militares de los talibán y campamentos de Osama
bin Laden.
Supongo que algún día alguien (quizá un periodista
avezado) nos contará con detalle qué papel han desempeñado en este
asunto los líderes políticos europeos y orientales que, respaldando
la lucha contra el terrorismo y llevando a cabo una titánica labor
diplomática, han logrado, a la chita callando y sin robarse el papel
protagónico, que Estados Unidos suavice su discurso maniqueo y se
muestre tan prudente y magnánimo. Porque resulta que mientras la
población civil huye hacia las fronteras cerradas, el gran ejército
está lanzando también desde el cielo ayuda humanitaria. Misil por
la derecha, cobijas y alimentos por la izquierda, no vaya a ser
que algún afgano distraído se confunda. Si no fuera por temor a
que se me acuse de sarcástica, diría que esto parece un asunto de
tira cómica. Pero ni George ni Osama (adviértase con qué familiaridad
trato a tan famosos personajes) son causa suficiente para mi respuesta.
La razón es otra. Y única. La familiaridad
precisamente. En su artículo, Alexandra alude a mi persona con frecuencia
como “la profe”, un apelativo que convierte en desdeñoso cuando
otrora fue un signo de confianza, de respeto e incluso de afecto.
Debo aclarar, en mi defensa, que no fue mi alumna, aunque sí lo
fueron sus hermanos. De ahí la cercanía; cercanía que usa para un
ataque personal en un tema que pudo limitarse a una exposición de
puntos de vista. El viejo truco. La lástima es que no haya utilizado
su atrevimiento para ir un poco más allá. Para preguntarse, por
ejemplo, qué motivos inducen a esconder la sensibilidad bajo una
capa de sarcasmo; a cuestionarse si hay acaso en este ancho mundo
estilos de vida diferentes al suyo, pero tan válidos como el suyo;
si existen culturas que están resguardadas de caer rendidas de admiración
ante la prepotencia, o si alguien ha tenido vivencias en las que
se ha lidiado lo suficiente con el dolor, con la muerte, con el
odio, con el riesgo y con la guerra como para saber que las cruzadas
contra el infiel llevan siempre una carga de intereses.
Es muy probable que lleve en mis venas sangre
judía y sangre árabe. Y fenicia, y cartaginesa, y romana y visigoda
o celta. Una mezcla lo suficientemente rica y compleja como para
no gastar mi llanto en una sola nación herida cuando tengo el corazón
estrujado por la humanidad entera.
La autora es correctora de La Prensa
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