Panamá, 9 de octubre de 2001
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Familiaridad

Quien haya lidiado con la muerte y con la guerra sabe que las cruzadas contra el infiel llevan a menudo una carga de intereses

María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com

Solo hay una razón por la que respondo al artículo de Alexandra Arias, titulado en “Defensa de un estilo de vida” y publicado en este diario el miércoles 3 de octubre.

Que su autora exprese el disgusto que le causó otro mío (“La demora de la caballería”) es saludable. Cada quien tiene derecho a repudiar lo que le hiere o le molesta. Que saque en conclusión que si no estoy a favor de George Bush estoy del lado casi del terrorismo, es, hasta cierto punto, comprensible. Todo el que hace pública una opinión corre el riesgo de que esta sea interpretada de mil modos distintos (depende del color del cristal con que se mire), y de que sea, incluso, malinterpretada. Si además el lector no se toma la molestia de tener a mano otros colores que el blanco y el negro, es poco probable que opte por la gama de grises. Pero tampoco sería este motivo suficiente para entrar en polémica, y por tanto no creo necesario explicar con detalle que si bien las confrontaciones ideológicas con un buen contendiente me apasionan, mi naturaleza es, en principio, contraria al uso de la fuerza bruta, provenga de donde provenga. Como es contraria a la manipulación, a la prepotencia y al abuso.

Lamento no compartir con Alexandra la veneración que profesa por Estados Unidos, veneración que la lleva a afirmar que “son ellos los más firmes defensores de un estilo de vida que sostiene y promueve los ideales democráticos de igualdad, libertad, justicia y oportunidad para todos, que yo (Alexandra) aspiro a mantener”. Justo sería reconocer que otras muchas culturas promueven lo mismo, pero con menos alharaca, sin embargo, que no comparta su sentir no quiere decir que no lo respete, aun cuando confieso que esa frase me llenó de dudas. Si Alexandra Arias es panameña y vive en Panamá, como me consta, pero ya goza de un estilo de vida en el que la igualdad, la libertad, la justicia y las oportunidades están vigentes, o es una privilegiada o vivimos en países distintos. Porque no creo que Alexandra haya confundido, en su enardecida defensa, Estados Unidos de América con Panamá, donde el grueso de la población andamos aún ocupados en conseguir un poquito de esa igualdad y de esa justicia que a diario se nos cuela entre los dedos.

Coincido no obstante con ella en que “el acto terrorista ha sido perpetrado contra la humanidad y no contra un país en particular”. Y coincido porque toda agresión cometida contra un ser humano atenta contra la especie. Esa fue precisamente la médula de mi artículo anterior y que tantas ronchas ha levantado: la tragedia ocurrida en Estados Unidos (supongo que no tengo que recalcar que efectivamente lo considero una tragedia) no ha sido mayor que la que viven a diario otras gentes y otros países. Una miradita atenta a la historia de las últimas décadas así lo confirma, y no creo que eso sea, en modo alguno, trivializar.

Si Alexandra ha encontrado en George W. Bush aliento y liderazgo, tanto mejor para ella. Por mi parte hace rato que ando escasa de líderes, y temo a W. como a un nublado que presagia una tormenta.

Mientras escribo, llueven misiles gringos sobre Afganistán, aunque según insisten los portavoces, están dirigidos únicamente a puntos militares de los talibán y campamentos de Osama bin Laden.

Supongo que algún día alguien (quizá un periodista avezado) nos contará con detalle qué papel han desempeñado en este asunto los líderes políticos europeos y orientales que, respaldando la lucha contra el terrorismo y llevando a cabo una titánica labor diplomática, han logrado, a la chita callando y sin robarse el papel protagónico, que Estados Unidos suavice su discurso maniqueo y se muestre tan prudente y magnánimo. Porque resulta que mientras la población civil huye hacia las fronteras cerradas, el gran ejército está lanzando también desde el cielo ayuda humanitaria. Misil por la derecha, cobijas y alimentos por la izquierda, no vaya a ser que algún afgano distraído se confunda. Si no fuera por temor a que se me acuse de sarcástica, diría que esto parece un asunto de tira cómica. Pero ni George ni Osama (adviértase con qué familiaridad trato a tan famosos personajes) son causa suficiente para mi respuesta.

La razón es otra. Y única. La familiaridad precisamente. En su artículo, Alexandra alude a mi persona con frecuencia como “la profe”, un apelativo que convierte en desdeñoso cuando otrora fue un signo de confianza, de respeto e incluso de afecto. Debo aclarar, en mi defensa, que no fue mi alumna, aunque sí lo fueron sus hermanos. De ahí la cercanía; cercanía que usa para un ataque personal en un tema que pudo limitarse a una exposición de puntos de vista. El viejo truco. La lástima es que no haya utilizado su atrevimiento para ir un poco más allá. Para preguntarse, por ejemplo, qué motivos inducen a esconder la sensibilidad bajo una capa de sarcasmo; a cuestionarse si hay acaso en este ancho mundo estilos de vida diferentes al suyo, pero tan válidos como el suyo; si existen culturas que están resguardadas de caer rendidas de admiración ante la prepotencia, o si alguien ha tenido vivencias en las que se ha lidiado lo suficiente con el dolor, con la muerte, con el odio, con el riesgo y con la guerra como para saber que las cruzadas contra el infiel llevan siempre una carga de intereses.

Es muy probable que lleve en mis venas sangre judía y sangre árabe. Y fenicia, y cartaginesa, y romana y visigoda o celta. Una mezcla lo suficientemente rica y compleja como para no gastar mi llanto en una sola nación herida cuando tengo el corazón estrujado por la humanidad entera.

La autora es correctora de La Prensa


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