Panamá, 9 de octubre de 2001
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Mi esperanza y la de todos

En estos momentos, no es extraño ni anormal que algunas personas (adultos, jóvenes o niños) se sientan extremadamente deprimidas. Y no es para menos; con el recuerdo imborrable de las imágenes que hemos visto de la tragedia ocurrida en Estados Unidos y perpetrada por terroristas sin alma y sin Dios.

El dolor tan desgarrador que ha producido sicológicamente no solo a familiares de los fallecidos, a los sobrevivientes de las torres y al resto de los ciudadanos norteamericanos, se ha extendido también al resto de la humanidad. Y digo al resto, porque al minúsculo grupo que habita nuestro planeta que aplaude este hecho no se les puede catalogar como humanos sino como vivientes salvajes.

Definitivamente que la vida tiene que continuar; hay que ser positivos y tener una esperanza. ¿Cómo lograrlo?, se preguntan muchos. Pues bien, la única esperanza es encontrar a Dios, sea cual sea su religión. Tal vez algunos lo hemos negado, abandonado, a veces ignorado, a veces rechazado u olvidado; entonces es el momento de buscarlo y de acercarnos más a él. Y ese es el mejor antídoto para la desesperanza o para la depresión (...)

El compromiso que nos queda a todos es asegurarle a nuestros hijos, que son el futuro, un mundo más justo, de igualdad, de armonía y de paz. Y en la medida en que crezcamos espiritualmente y que afloremos lo bueno y lo mejor que hay dentro de nosotros, lo lograremos.

M. Fátima de Obarrio


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