Panamá, 9 de octubre de 2001
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¿Confrontación o diálogo entre civilizaciones?

Saúl Maloul Zebede

Tanto el presidente francés como el canciller alemán comenzaron con el pie izquierdo: Chirac habló de no endosar un cheque en blanco y el canciller alemán dijo que el concepto de “guerra” era un error, y lo que había que hacer era buscar las respuestas adecuadas al ataque.

Cuando se comete un acto de terrorismo aislado, que no tiene ningún propósito geo-político, se puede hablar de “acto criminal”, y encajar la respuesta como quien enfrenta, solamente, un delito. Pero, en el caso que nos ocupa, lo que se persigue sostenidamente es reemplazar una forma de vida por otra, y aniquilar en todos los frentes al enemigo (Occidente). En mi opinión, esta guerra comenzó desde que en el Irán del Ayatolla Komeini, en el primer acto de agresión, se tomó como rehenes a quienes ocupaban la embajada americana. Que no nos hayamos dado cuenta hasta ahora de las profundas implicaciones que tuvo y tendrá el surgimiento del movimiento integrista musulmán radical a escala mundial, es harina de otro costal.

En palabras del columnista del Jerusalém Post, Jonathan Rosenblum, se trata de un implacable enemigo al que no se le puede llegar con compromisos y concesiones, porque para este enemigo la sola existencia de Occidente constituye una amenaza intolerable. Agrega Rosenblum que el odio tiene su origen no por lo que hace Occidente sino por lo que Occidente “es”. Y tanto el presidente francés como el canciller alemán no deben subestimar a este enemigo, que no es solo un enemigo de Estados Unidos de América, sino un enemigo de ellos también.

Hacerlo, sería repetir el error que cometió la comunidad internacional —liderada por Francia y Rusia—, en el caso de Iraq. Lo que hoy está pasando en Oriente, es una prueba de que la Guerra del Golfo fue una guerra inconclusa, que tenían razón quienes abogaban por derrocar a Saddam Hussein y que las políticas de vigilancia del espacio aéreo de Iraq por parte de Estados Unidos e Inglaterra resultaron ser las acertadas, y los intentos de reconciliación de Francia y Rusia, un craso error.

El profesor Samuel P. Hungtinton, de la Universidad de Harvard publicó en 1993 un artículo en la prestigiosa revista Foreign Affairs, vaticinando que, una vez caído el comunismo, la fuente fundamental de los nuevos conflictos en el universo no tendría raíces ideológicas ni económicas, sino culturales. El profesor Hungtinton profundizó su tesis en su libro El Choque entre las Civilizaciones, duramente criticado al momento de su publicación por ser supuestamente apocalíptico, exagerado y hasta racista. No obstante, luego del ataque del pasado 11 de setiembre, la principal tesis de este libro parece haberse convertido en una trágica realidad.

Sea que creamos o no en las teorías del profesor Hungtinton, lo que sí es cierto es que a partir de los atentados parece surgir en el planeta una nueva especie de bipolarismo: la confrontación de Occidente contra el resto. Un nuevo bipolarismo que reclama de Estados Unidos una nueva suerte de liderazgo que aglutine al mundo occidental para hacerle frente al terrorismo. George W. Bush tiene que recrear el tipo de alianza estratégica que sacó a Iraq de Kuwait, pero esta vez para combatir contra un enemigo más difuso, pero no por ello, menos peligroso.

Esta pregunta es tan crucial que de que podamos contestarla con absoluta claridad depende el que salgamos airosos en la guerra que está por emprenderse. Y no podemos menos que decir que el enemigo no es el Islam, ni los pueblos islámicos, sino todos aquellos grupos que basándose en una interpretación sectaria del Islam han llamado a una guerra santa en contra de Estados Unidos y de Occidente, y contra aquellos países que los cobijan, los promueven, los financian, los protegen y los entrenan. Por lo tanto, el enemigo es el “terrorismo islámico, y los países cómplices del mismo, y no el Islam”.

Fíjese el lector que los mensajes que vienen de Washington dicen que el enemigo en esta guerra no son todos los terroristas. Son los terroristas fundamentalistas islámicos. Pero, yo iría más allá, y diría que el enemigo en esta guerra, ni siquiera lo serán todos los grupos terroristas fundamentalistas islámicos, sino solamente aquel que preside Osama bin Laden, con redes en más de 60 países del mundo (incluyendo a Estados Unidos) y los países que cobijan, promueven, financian, protegen y entrenan a bin Laden y a sus redes.

Esto es muy importante, porque, aparentemente, saca del objetivo militar de Estados Unidos a organizaciones terroristas islámicas como la Yihad Islámica, el Hizbulá y el Hamas; siempre que se compruebe que estos grupos terroristas no tuvieron nada que ver con los atentados del 11 de setiembre. Pero, es igualmente importante, porque ya el procurador general de Estados Unidos dijo que había países específicos que en conjunto con bin Laden habían preparado los atentados del fatídico martes. No solamente, Afganistán, que ciertamente le da refugio. Un fuerte sospechoso sería Iraq, que ya antes había ofrecido refugio a bin Laden, con la condición de que, desde suelo iraquí, se organizaran atentados terroristas contra objetivos estadounidenses y occidentales.

Así es que todo parece indicar que no estamos frente a una cruzada sin cuartel contra toda organización terrorista. Sino, ¿cómo explicar que Colin Powel haya declarado que se podían explorar vías positivas de entendimiento con Siria e Irán, estando estos países en una lista de aquellos que albergan en su suelo a grupos terroristas (compartida con Sudán, Iraq, Afganistán y Libia)? Esto, que podría ser uno de los mayores contrasentidos de una nueva política global contra el terrorismo, podría también ser, la principal garantía de que una guerra contra el terrorismo, no se convertirá en una guerra contra el Islam.

Lo otro, son las enormes presiones que en el frente diplomático se hacen sobre palestinos e israelíes para que el conflicto del Medio Oriente (que no es lo mismo que el conflicto con Oriente), se resuelva por medios políticos y pacíficos, lo antes posible.

Y es aquí donde podrían jugar un rol fundamental importantes países del Medio Oriente, entre ellos Egipto y Siria, pero, sobre todo, Irán. Pese a algunas aparentes analogías en sus respectivos sistemas, el Irán chiíta manifestó una hostilidad implacable contra los talibanes sunnitas desde su llegada al poder en Afganistán en 1996. Irán es aliado político de la Alianza del Norte, dirigida por el comandante Ahmed Shah Massud, cuya muerte fue anunciada recientemente, y que pretende liberar a Afganistán del poder de los talibanes.

En el Islam de los talibanes, las mujeres, obligadas a llevar un velo que cubre todo el cuerpo, no salen, no trabajan, y las jóvenes no tienen derecho a la educación. En cambio, en Irán, las jóvenes son mucho más numerosas que los jóvenes en la universidad. Además, la noción de “República Islámica” integra, en Irán, los conceptos de elecciones y democracia.

En ese sentido, el movimiento liberal iraní, pidió al presidente Jatami que, en un hecho sin precedentes, se reúna con el presidente George W. Bush, como una forma de evitar y disuadir que toda guerra que esté dirigida a combatir el terrorismo, se transforme en una guerra entre Occidente y el Islam.

Estos son los pasos que ha dado Occidente para delimitar el marco de acción de los próximos actos de guerra. Es de esperar que el enemigo intente transformar una conflagración entre terroristas y Occidente en una guerra entre Occidente y el Oriente musulmán. A los posibles escenarios de esta conflagración nos referiremos en otra ocasión.

El autor es abogado panameño


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