En el pellejo ajeno
Guillermo Sánchez Borbón
Carlos Fuentes (quien, a raíz de la invasión, nos declaró a todos los panameños apátridas —no tienen, dijo más o menos, el derecho a ser y llamarse nación— porque no caímos todos muertos defendiendo al querido general Manuel Antonio Noriega) acaba de publicar un artículo (ver el último número de Talingo), en el que trata de demostrar que el ataque al WTC es el castigo condigno a Estados Unidos por su criminal política exterior. Y tiene la amabilidad de hacer un catálogo de “agravios que suman los sufrimientos impuestos a sociedades enteras por la política imperial de los EEUU”.
Como supongo que Fuentes es ateo, la divinidad justiciera que invoca debe de ser Historia, esa diosa impersonal que adoraban los marxistas leninistas de antaño. Qué culpa tienen los infortunados que perecieron en el acto terrorista —incluyendo más de mil latinoamericanos— de la política internacional de su gobierno, es cosa que Fuentes no se toma la molestia de aclararnos. (Habría podido agregar que la población de Hiroshima merecía la bomba atómica por las atrocidades que cometió el Ejército japonés en China). En cambio, esboza una fórmula brillante, original y, sobre todo, práctica, para resolver de una vez por todas el problema del terrorismo: la creación de una nueva legalidad, o sea, que el terrorismo es un problema jurídico. Desgraciadamente no entra en detalles. Pero, en fin, su idea ya está sobre el tapete.
El reverendo Jerry Falwell —quien debe de haber asistido a uno de los cursos que dicta Carlos Fuentes en Harvard— sí es creyente, pero su explicación del atentado no tiene nada que pedirle a la del mexicano: “Lo del TWC es un castigo de Dios porque Estados Unidos está lleno de pederastas, lesbianas, ateos, partidarios del aborto y demócratas”. Yo creo que no dejó a nadie por fuera.
No hay que mezclar las cosas. Lo que hacen los coléricos profetas citados es justificar el horror con paralogismos inaceptables para cualquiera que no sea un imbécil moral.
Pero es evidente que los atentados no se producen en el vacío. Los anarquistas y los miembros de la organización rusa La Voluntad del Pueblo eran partidarios del terrorismo como un arma legítima de lucha política, y cometieron numerosos crímenes (eso, y muchas otras cosas, los separó siempre de los bolcheviques); pero cuando en 1901 un anarquista asesinó al presidente gringo William MacKinley, La Voluntad del Pueblo protestó en un memorable documento, que resumo así: ellos se vieron obligados a recurrir al terror en Rusia, porque bajo el absolutismo zarista ningún partido, grupo o individuo podía exponer sus ideas y programas, ni participar abiertamente en la vida política de la nación. Pero en Estados Unidos, país democrático, los ciudadanos gozan de toda clase de libertades y garantías. El atentado a su presidente no podía justificarse con ningún argumento, terminaba diciendo el escrito. Agreguemos que, una vez en el poder, los bolcheviques, enemigos de la acción directa individual, practicaron un terrorismo de Estado que no tenía precedentes en la Historia (“esa monótona crónica de todos los crímenes, imbecilidades y locuras del hombre”, al decir de Gibbon).
Lo que sí deben hacer los dirigentes gringos es replantearse de raíz toda su política en el Medio Oriente y frente a los árabes en particular y el mundo islámico en general. Esforzarse por entender, digamos, las razones que tienen los palestinos para la Intifada. Y más después del ascenso al poder de Sharon, cuyo programa político es muy simple: cancelar toda posibilidad de una salida pacífica negociada de la crisis. Quienes saben algo del problema se llevaron las manos a la cabeza, en un ademán de desesperación, al enterarse de que este ser horrible había ganado las últimas elecciones israelíes. Los palestinos también se sintieron empujados a la desesperación, o a adoptar tácticas dictadas por la desesperación. Esto es muy comprensible. Los gringos carecen de sensibilidad e imaginación para entender los puntos de vista ajenos, para ponerse en el pellejo de los demás y calzar sus sandalias. Para preguntarse, por ejemplo, ¿qué haríamos nosotros si estuviéramos en la misma situación de los palestinos? Mientras no ejecuten una operación tan sencilla, todos sus esfuerzos son penas de amor perdidas. Jamás entenderán nada. Es cuestión de vida o muerte luchar contra el terrorismo, pero es más importante (y a la larga más fructífero) atacar las causas que lo engendran.
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