Panamá, 6 de octubre de 2001
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‘Diablos rojos’: como 'Survivor' sobre ruedas

Las condiciones del transporte público colectivo no mejoran, y se acerca la fecha de la unificación del pasaje a 25 centésimos

HERMES SUCRE SERRANO
hsucre@prensa.com

El mal estado del interior de los vehículos es palpable, y no es diferente al exterior de los autobuses.

Si algo caracteriza a los panameños es que son aventureros. Los más intrépidos se tiran en paracaídas desde aviones que sobrevuelan el campo de Calzada Larga. Aquellos medio pudientes se van a Orlando a disfrutar de la fantasía de Disney's. Y los más pobres les queda vivir emocionantes peripecias, por solo 15 centésimos, en los tristemente célebres “diablos rojos”.

James Bond estaba equivocado cuando decía que “solo se vive una vez”. Hay experiencias amargas que se repiten a diario, como montarse en un bus de la vieja guardia. Quisimos cerciorarnos de los “grandes cambios” que se han hecho en el transporte público para justificar la unificación del pasaje a 25 centésimos. Para tener una muestra por área, subimos a 10 buses de las rutas de Ricardo J. Alfaro (Tumba Muerto), Vía Bolívar, Vía España, Vista Hermosa y Calle 50. El trabajo abarcó unidades de Torrijos-Carter, Veranillo, Pedregal-Transístmica, Don Bosco, Río Abajo-Veranillo, Las Mañanitas, Tocumen. El periplo es recomendable para las personas que quieren comprobar si su marcapasos está funcionando bien.

El que parpadea pierde

La prueba comienza a la hora en que la gente que vive en las afueras intenta llegar a sus trabajos. Tienen que levantarse con los gallos para estar a tiempo en unas paradas, cuya aglomeración solo es comparable con las salas de espera de la Caja de Seguro Social. Cuando llega el “diablo rojo” o sus primos los “diablo verdes”, pareciera que la gente fuera subiendo en una escalera eléctrica, porque la multitud lo lleva a uno levantado, con los pies en el aire. “Atrás, atrás...”, grita el conductor, emulando a aquellos atrevidos domadores de leones de los circos.

Después de haber perdido varios botones de la camisa y ganado varias arrugas en el recién almidonado pantalón, de quedar semi-ahorcado por la corbata, y con el cabello al estilo Don King, por fin logras asirte a una de las barras del techo. No olvides que tienes que ingeniártelas para agarrarte de la barra, llevar una mano en el celular y otra en la cartera. Las paradas bruscas te hacen sentir como metido en una lavadora. Los pasajeros se quiñan unos con otros como si fueran bolas de billar. Casi no “disfrutas” del paseo, pensando cómo vas a salir de la tupida fila. El show televisivo “Survivor” es un detalle comparado con las maromas que hay que hacer para llegar ileso a tu destino final.

Von voyage

Después que pasa la marabunta de las “horas pico”, la travesía se torna diferente. Puedes apreciar con más detenimiento lo deteriorado que están los buses. De las 10 unidades que montamos, todas tenían los asientos rotos. Uno de la ruta Tumba Muerto-Torrijos-Carter tenía las llantas delanteras completamente lisas.

Todos temíamos que un mosquito salido del tiesto la fuera a picar. Los asientos no solo estaban rotos y llenos de flecos, sino que se les veía la madera de plywood del respaldar. El piso era un montón de retazos de linóleo, al extremo que se veía la lata. En algunos buses se sentía un fuerte olor a aceite quemado.

El interior, sin pintar, mostraba un sinnúmero de letreros, a mano y a pincel, tales como “yari quiere a piri”, “Nena y Tomás se aman”. No faltan los pensamientos populares como: “la que no quiere cuando pueda, no podrá cuando quiera”; “las cosas no son del dueño, sino de quien las necesita”; “Son tantas las intrigas que vivimos”. Un bus de la ruta Transístmica tenía asientos traseros en el piso.

En la vía España, cerca de La Garantía, se quedó parado un bus por desperfectos mecánicos. Muchos tienen las defensas traseras y delanteras abolladas. Y no es extraño que cuando nadie lo espera, se salgan las ruedas traseras. Y para ponerle la aceituna al martini, no carga llanta de repuesto. Pero no todo es malo, las personas que viven diariamente este carma no tienen necesidad de pagarle consultas al cardiólogo Bey Mario Lombana, porque tienen el corazón curado de espantos.


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