El diálogo nacional
Es una barbaridad, que un país tan pobre estéobligado a pagar, en el 2002, mil quinientos millones en concepto de servicio de la deuda pública
Carlos Iván Zúñiga
En diversos artículos me he ocupado de la necesidad de un diálogo nacional de carácter político sobre temas específicos que interesen a todos los panameños por igual. No ha existido una voluntad sincera para lograr un consenso en la solución de muchísimos problemas. Ha imperado el interés partidario, el afán electorero.
El diálogo sugerido no busca la opacidad de la
acción opositora ni una gestión plácida del oficialismo. El diálogo
es un llamado de atención para tomar conciencia de los graves problemas
que afectan al país como consecuencia fundamental de los trastornos
económicos del mundo y de los nudos internos que dificultan el desarrollo
nacional.
Es una cuestión de conciencia lo que obliga
a las fuerzas políticas antagónicas encontrar una hora de reflexión
o un momento de unidad nacional para acordar una agenda de Estado.
En esa búsqueda de una actitud conciliadora, del buen reposo mental,
cabría recordar la reacción de los pueblos cuando son víctimas de
una catástrofe: nadie niega su colaboración, nadie repudia la solidaridad,
nadie pesca en río revuelto, todos suman esfuerzos salvadores. Ante
la catástrofe, la unidad nacional surge espontánea, como la sangre
a la herida para recordar los versos sentimentales de Ricardo Miró.
Es obvio que el país no se encuentra ante una catástrofe producida por la naturaleza. Pero sí enfrenta una crisis que agobia a los sectores populares y que cierra perspectivas a la nación panameña para su buen desarrollo. Ante esa realidad, las fuerzas políticas deben pensar menos en las cosechas electorales del 2004 y pensar más en las comunidades pobres del país y en las duras realidades fiscales del Estado.
En estos días el escritor cubano Montaner nos decía a los panameños por qué somos un país pobre. En el campo de la teoría abundan los excelentes argumentos para explicar por qué somos pobres y los expositores, de allá y de acá, no tendrían pausa en sus explicaciones. En estos días el ministro de Economía y Finanzas entregó al país una cifra que la tengo como emblemática y que explica por qué somos pobres. En el presupuesto del 2002, decía el ministro Norberto Delgado, está incluida una partida de mil quinientos millones de balboas para pagar el servicio de la deuda pública que tiene vencimiento en dicho año. Si las fuerzas gubernamentales de antaño, responsables de estos disparates no entienden que están obligados moralmente al diálogo, es porque estiman que este es un pueblo de cretinos que no sabe precisar las responsabilidades históricas de tales disparates.
Un país tan pobre obligado a pagar en el 2002 mil quinientos millones en concepto de servicio de la deuda pública. ¡Qué barbaridad! El saldo a pagar debe andar por los seis mil millones de balboas ¡Cuánta piñata! ¡Cuánto despilfarro! ¡Qué barbaridad!
En estos días en la convención arnulfista, el legislador Héctor Alemán en representación del PRD, sorprendió a los convencionales, al hacer un vehemente llamado al diálogo nacional, al más alto nivel de las dirigencias políticas. El llamado se hace cuando más crispante se encontraba el discurso opositor en contra del gobierno Moscoso. El llamado cayó en buen surco, porque de inmediato la presidenta expresó su anuencia al diálogo positivo en torno a una agenda de los problemas de paternidades múltiples. Los politólogos, esos francotiradores de la especulación, han dado su versión y los hechos confirmarán el rigor certero o la maledicencia de la misma. Lo que quiere el PRD, dicen, es pactar cualquier cosa por el mantenimiento de las partidas circuitales, el invento más inmoral de la historia legislativa del mundo para garantizar la reelección de los miembros del Organo que cobija a los parlamentarios.
La cita está, por tanto, convocada, y la agenda
es sin duda sin reservas y sin precondiciones. Se me ocurre que
en el orden de día podría aparecer el ordenamientro de ideas sobre
la neutralidad del Canal, que responda a una concepción histórica
del panameño de mantener esa vía al margen de todo conflicto mundial;
me imagino que podría discutirse y acordarse los procedimientos
para cerrar el paraguas del Pentágono sobre todo el cielo panameño.
En el temario estaría la concreción final de
una carrera administrativa y las reformas legales para que los dirigentes
de los empleados públicos no pertenezcan a ningún partido político;
como igualmente deberá aparecer una reforma constitucional que incorpore
un porcentaje fijo mínimo para el presupuesto universitario, una
nueva Ley Universitaria que entre otras cosas prohíba la existencia
de rectores que obedezcan a partidos políticos o que sean miembros
de ellos. No se debe olvidar que cuando hay paz en la Universidad
hay paz en la ciudad.
La reforma o revisión tributaria es otro tema
de obligada consideración; una triangulación de reformas que pase
por el IDAAN, por el Seguro Social y por el Tribunal Electoral es
de responsable meditación; la revisión de todos los acuerdos globalizadores
que vienen afectando a los sectores populares, como las tarifas
telefónicas, eléctricas o de los celulares, y que constituyen en
la realidad una fuga de capital insólita del país, debería ser tema
prioritario si se desea incidir en lo que afecta y reclama el país.
El famoso Canal produce utilidades por el orden
de los doscientos cincuenta millones de balboas. Quisiera saber
cuántos dólares emigran a los países ricos por los benditos celulares,
por el combustible, por la electricidad y conocer así, en detalle,
otra razón por la cual somos un país pobre. El alto costo del funcionamiento
de la Asamblea Nacional debe ser materia de diálogo. Ha leído que
en los últimos años se duplicó el presupuesto de la Asamblea de
modo que ahorrar apenas tres millones y medio no es ni siquiera
una hazaña publicitaria del pacto META. Se debe dialogar para estimular
al sector privado, para que se ponga las pilas cargadas de tiamina,
como se las puso ejemplarmente en los años de la crisis post-invasión.
En aquellos días a ningún empresario se le ocurrió construir un
muro de lamentaciones; si las hubo fueron derrumbadas, misión que
debe repetirse como política o como actitud individual o colectiva.
El diálogo debe lograr la unidad contra la delincuencia y el terrorismo. Los partidos, de gobierno y de oposición, con sobrada experiencia en los afanes gubernamentales, deben conocer muchísimo mejor cuáles son los puntos críticos que afectan el desarrollo nacional. Nadie duda que en la hora actual, vigilados por el pueblo, los partidos sabrán asumir su papel positivo como responsables de la marcha de la nación.
El autor fue rector de la Universidad de Panamá
Además en opinión
• El diálogo nacional:
Carlos Iván Zúñiga
• Una nación
educada y competente: Samuel B. Buitrago C.
• Felicitaciones:
Fernando Villarreal
• Bioterrorismo:
Silvio Antonio Vega
• Una educación
más humana: Silvio Antonio Vega
•
Aclaración: Víctor Mizrachi
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