¿Cómo va el monte?
Al vivir en el campo, nuestra capacidad de observación es mucho más aguda: lo brillante del sol, los tonos de verdes, las aves o el canto de los ruiseñores
I. Roberto Eisenmann, Jr.
Como desarrollista de Coronado siempre me pareció importante vivir los proyectos junto con mis clientes para tener de primera mano la vivencia y conocer los problemas de manera que los resolviéramos de inmediato; así, cuando construimos el primer condominio —no solo de Coronado sino de Panamá— fuimos de los primeros en mudarnos. Luego hicimos las Villas de Golf y nos mudamos para allá, con iguales resultados. Iniciamos las Quintas del Golf y nos mudamos a una en el Fairway del 18; con esta fórmula nuestros proyectos fueron de éxito en éxito.
Cuando volvimos del segundo exilio sentimos la necesidad de lograr nuestra serenidad y buscamos en las Finquitas de Coronado la más lejana; entonces comenzamos a trabajar “el monte”. Hubo que abrir calle, perforar hasta lograr tener nuestra propia agua ya que el IDAAN no podía extender sus servicios hasta donde estábamos, y traer la luz, a gran costo. Logramos estar en Coronado con todas las comodidades de la ciudad y la ventaja adicional de vivir en el monte. Allí construimos una casita campesina de una recámara, y otras cuatro casitas para las familias de cada uno de nuestros hijos.
Por muchos años (como ocho) la finquita fue nuestro “escape” de la agitada vida urbana. Hacíamos 52 vacaciones al año, cada fin de semana; era un contrapunto que nos ayudaba a resistir la endemoniada vida de la ciudad en la que mi plan de trabajo siempre fue de un mínimo de 12 horas diarias.
Siempre viví con apuro, procurando lograr la mayor cantidad de cosas en las 24 horas que nos ofrece equitativamente Dios a los seres humanos.
En diciembre recibí un golpe a la salud que se repitió en julio. Al examinar con mis médicos mi estilo de vida para procurar encontrar la fuente del problema, concluimos que tenía muchos años de buena dieta, de ejercicio (casi) diario, de haber dejado incluso el ocasional habano que tanto gozaba. Entonces, ¿cuál podría ser el culpable? Pues mi carga de trabajo. “Hay que reducirla dramáticamente”, fue el veredicto. ¿Cómo hacerlo? Mi respuesta fue: “nos vamos a vivir al monte, regresando únicamente a la ciudad dos días a la semana a cumplir con las cosas que más me motivan (MIBANCO, la transformación de la educación, la Fundación Libertad Ciudadana con sus programas de Transparencia, Acción y Poder Ciudadano y Ciudadanía Ambiental).
Así estamos. Maruja y yo encontramos la soledad juntos y ahora encontramos la serenidad y pleno gozo de lo rural. Hay en casa un gato que llegó un día y ñarrió ¡mi familia! y se quedó. No tiene ni nombre y le decimos “micho”, pero está siempre al pie de Maruja, quien le da de comer. Ha hecho amistad con mi perro San Bernardo llamado “Gringo” (nació en Carolina del Norte) y “Randy” y “Dragón” (perros de nuestros hijos). Cuando salgo a caminar la finquita, todos —incluido el micho (gati-perro)— me acompañan celebrando mi presencia. Son todos compañeros maravillosos y guardianes aún mejores. La palabra “devoción” tiene su máxima expresión en nuestros animales.
Hemos logrado ajustarnos a la vida de campo espectacularmente. He descubierto que tenía una vocación para la vagancia que no conocía. Nuestra capacidad de observación es mucho más aguda: lo brillante del sol, los distintos tonos de verde que nos rodean, las aves, el canto de los ruiseñores, bimbines, chuíos y piquigordos, los gansos, patos, palomas, gallinas de Guinea, conejos, son motivo de observación y gozo.
“¿Te hace falta el trabajo?” —me preguntan. “¡Para nada!”. Cuando vamos entrando a Panamá, desde el Puente comienzo a pensar en el día del retorno. Es un período en el que hemos descubierto una verdadera libertad: libertad para leer todo cuanto quiera, para escribir también sin límites de tiempo, para pensar, sobre todo en familia y con amigos. Una de las decisiones importantes que tengo que afrontar diariamente es en cuál hamaca leeré mi Prensa de la mañana; en cuál otra haré la siesta de la tarde, aunque no solo tiene que ser en la tarde: hay siestas “pre-desayuno”, “posdesayuno” y por ahí nos vamos. Soy hamaquero obsesionado. Por supuesto que la finquita se llama “Las Hamacas”.
“Pero no se logra nada”, me decía un joven. Le respondí: “¿cuántas veces has trabajado dando vueltas como un trompo, llegando a tu casa exhausto y te preguntas ¿qué logré hoy, y la respuesta es nada? Pues bien, mi “nada” tiene un sentido especial de logro. Estamos viviendo; no nos están viviendo. Maruja tiene su computadora, e-mail y ICQ (para mantenerse en contacto con sus hijos y nietos) y, además, tiene sus plantas y piano. Yo tengo mi “Pensarium” taqueado de libros y música, y otra hamaca con vista a la India Dormida.
Además, a nuestra edad cada vez que uno siente felicidad y satisfacción, se goza como si fueran la última vez; lo cual le adiciona un raro, exquisito e intenso sabor.
Nuestra soledad (a veces interrumpida por la alegría de hijos y 11 —pronto serán 12— nietos) es una paz, un sentido del presente, un buscar, un descubrir lo interno; en fin, un vivir intenso sereno y placentero.
Y, ¿cómo nos va en el monte?, ¡pues de película!
El autor es presidente de la Fundación Libertad Ciudadana
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