Panamá, 5 de octubre de 2001
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Sobran pobres

Camilo José Cela Conde

La isla donde vivo, Mallorca, en el mar que baña por el mediodía a Europa, es tirando a diminuta y está repleta. A causa de los muchos turistas que llegan -del norte del continente sobre todo- la isla anda corta de tierra, de agua y, si Dios no lo remedia, de aire dentro de nada.

La isla tiene también una presidenta, líder de uno de esos muchos partidos nacionalistas que abundan en Europa, un partido con escasísima representación parlamentaria que, por aquello de las carambolas de los pactos políticos, se hizo con el mando del Consejo de Mallorca.

Pues bien, la presidenta de la isla acaba de manifestar su convicción de que en Mallorca ya no caben más personas y, para evitarlo, reclama leyes para que los pobres no puedan entrar en ella. De tal suerte ha inaugurado la presidenta de Mallorca una nueva teoría ecologista, la que establece que los pobres beben menos agua, consumen menos territorio y producen más basura que los ricos. Una cuota de pobres necesitamos, según la presidenta, en la isla: el número mínimo preciso, digo yo, para mantener vivo el espíritu de los roperos de caridad que abundaron en España a mitades del siglo XX, tras la Guerra Civil ganada por el general Franco y luego de que éste decretara cambiar la justicia por las obras sociales.

A los pobres les va muy mal en estos momentos en el mundo entero.

Después del martes negro de Manhattan se ven señalados como responsables de todos nuestros males hasta el punto de que una periodista en tiempos ilustre, doña Oriana Fallaci, acaba de publicar el artículo más fascista que he leído en mucho tiempo para demostrarlo.

Los pobres son, según ella, sucios, incultos y groseros. Los pobres escupen al hablar y creen en dioses que no te dejan comer jamón serrano. No queremos pobres en Mallorca, e, incluso, es probable que los mismos pobres estén de acuerdo con ese rechazo.

En cuestión de horas, los discursos darán paso a las bombas y, la verdad, para mí que les dan más miedo estas últimas. De hecho, el tráfico continuo de inmigrantes que llegaban al sur de España atravesando como podían el Estrecho de Gibraltar se ha detenido por completo desde el día 11 de septiembre. Saben que son sospechosos y, por tanto, culpables. De culpable se pasa enseguida a reo, a reo de muerte. Mejor quedarse a morir en casa.

Los pobres serán sucios y maleducados pero quieren seguir viviendo. Quizá sea esa la idea mejor: dejarse de historias de emigrantes y darles una cuota de vivos y de muertos, sin más.

Confiemos en que no dejen que sea administrada por Oriana Fallaci.

Especial para La Prensa


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