Represalia
La construcción de un nuevo y mejor mundo necesita que los países involucrados en el conflicto del Medio Oriente se sienten a dialogar
Ricaurte L. Pacheco Tack
Ninguna persona sobre la faz de la tierra que admire el maravilloso proceso de la evolución de la vida y del intelecto humano estará de acuerdo con la tragedia en que hoy se encuentra inmerso el pueblo de Estados Unidos de Norteamérica. Se trata de un acto de violencia extrema que ha segado miles de vidas inocentes.
Este hecho nos debe llamar a la reflexión sobre el futuro cercano de una gran parte de la humanidad. Con gran perplejidad nos podemos enterar a través de la prensa hablada o escrita acerca de la concertación de los planes de respuesta y reacción militar que se puedan tomar en represalia, avalados por un número plural de naciones.
El análisis de las informaciones transmitidas por la prensa internacional, permite inferir que este acto no ha sido realizado por un Estado o nación, sino que la responsabilidad recae en una organización extremista del fundamentalismo islámico. Ahora, y cada vez más, se habla de acciones punitivas contra Afganistán, donde estaría refugiado Osama bin Laden, principal sospechoso por los atentados de Nueva York y Wa-shington.
Lo cierto es que la historia es el resultado de los actos humanos y no de las intenciones humanas (en esto, hasta el History Channel está de acuerdo). En cierta medida esta tragedia es la fatal resultante de los errores que en materia de política exterior han venido repitiendo las administraciones centrales de Estados Unidos, especialmente en lo concerniente al Medio Oriente.
Paradójicamente, hasta unos años atrás y antes de la Guerra del Golfo Pérsico, Irak fue el principal aliado de EU en contra de Irán; además, los grupos armados de la yihad (guerra santa) afgana contra la invasión soviética, entre los que se encontraba bin Laden, fueron apoyados por Estados Unidos con la aprobación de Arabia Saudita y Pakistán. Un analista del Oriente Próximo, Hazhir Teimourian, ha afirmado que bin Laden recibió entrenamiento de la Agencia Central de Inteligencia (CIA).
Hoy se exige que el Gobierno de Kabul entregue a bin Laden y sin embargo, en una noticia reproducida por el diario El Mundo, el 6 de febrero de 2001, el ministro afgano de Asuntos Exteriores, Abdel Wakil Muttawakil declaró al diario The Times de Londres que los talibanes, la milicia integrista islámica afgana, estaba lista para entregar a Osama bin Laden a un tercer país, si recibían garantías de que serían reconocidos como el Gobierno legítimo de Afganistán. De ser así, una negociación oportuna posiblemente hubiera evitado el ataque extremista.
Es urgente e imperativo que todas las naciones democráticas unan esfuerzos (y no solo palabras estériles en extensos documentos), para que los países involucrados en el conflicto del Medio Oriente se sienten a dialogar y logren firmar una paz definitiva, posibilitando de esta forma la construcción de un nuevo mundo. Se podría desmilitarizar parte de los territorios y enviar tropas de las Naciones Unidas, tal como ha sucedido en los Balcanes, en los territorios de la ex República Federal Socialista Yugoslava.
Los responsables de los atentados deben ser juzgados, a pesar de ya estar condenados por la razón, y tener la oportunidad que no tuvieron sus víctimas; de otra forma, los más preciados conceptos de justicia de que nos jactamos en el mundo occidental dejarían de ser válidos.
El pueblo norteamericano sabrá sobreponerse a la tragedia y además, todo indica que el presidente George W. Bush reforzará su figura como jefe del Ejecutivo y de la Fuerzas Armadas; cuenta con la solidaridad del pueblo norteamericano, de las naciones de América Latina y de las democracias y monarquías europeas. Ojalá que la alianza militar considere y ejecute medidas sensatas, sin tintes de represalias. El desquite sería congruente con la Ley del Talión, y se incurriría en el mismo modo de accionar que se reprueba.
La división del mundo en amigos y enemigos (circunstanciales, sin duda), no es la mejor forma de conseguir la paz para las futuras generaciones, indistintamente de la nacionalidad, color de piel, credo religioso o doctrina política.
Los esfuerzos por globalizar la convivencia humana deben superar con creces a los requeridos por la “planetización” de la economía, según las exigencias convenidas por las naciones desarrolladas del Norte.
El autor es zoólogo y docente universitario
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