Panamá, 4 de octubre de 2001
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Nueva York no duerme

Carlos A. Chambonnet

Cuando el 1 de enero de 2001 se inició el siglo XXI y el tercer milenio, existía la premonición de que pronto estaríamos entrando en la “era de la paz”, que los tradicionales adivinos o visionarios de siglos atrás, ubicaban en esta época. Uno de ellos habló hasta de “mil años de paz”. Pero los que conocimos gran parte del siglo XX, sabemos del cambio de velocidad que ha tomado el mundo en los últimos cuarenta años...y no suena, en verdad, a una época de paz y tranquilidad.

El 11 de septiembre de 2001 ya tiene su lugar en la historia universal. Hemos escuchado todas las historias, todos los sentimientos y todas las acciones de defensa y agresividad de los involucrados. Este acto de genocidio ha sido llamado una “declaración de guerra”, pero esa guerra tiene un cariz muy peculiar ya que no hay hasta el momento un enemigo identificado. Ahora tenemos a un espectro macabro que acecha a los ciudadanos del mundo —estén atentos o desprevenidos—, para darles un hachazo mortal por motivos irreales. Y es que no existe ningún Dios que hable de muerte en reemplazo de la vida.

Hasta ahora, más de cuarenta países han sufrido algún tipo de pérdida en los actos brutales en Nueva York, Washington y Pennsylvania, planificados por un grupo de desalmados sin Dios ni ley, que tienen que ser enemigos de la humanidad.

Lo importante es que ha surgido un nuevo tipo de guerra. Las primeras señales de los culpables, se producen entre un grupo de radicales religiosos que pregonan la muerte y la destrucción; como lo hicieron en un comunicado al mundo llamado “Declaración del Frente Islámico Mundial para la Guerra Santa (Yihad) contra los hebreos y los cruzados”, en febrero de 1998.

Estas declaraciones causan tristeza, ya que en realidad el Islam no patrocina ni la muerte, ni el terrorismo, ni la destrucción y mucho menos la indiscriminada matanza de “cruzados” inocentes. Dicho sea de paso, los “cruzados” son los norteamericanos y sus aliados.

El país en donde tienen, aparentemente, su base mundial es Afganistán. El grupo que gobierna ese país —el talibán— destruyó, por motivos religiosos los “Budas Gigantes” que se ubicaban allí, que tenían aproximadamente 50 metros de alto y que databan del siglo tercero y cuarto. Estos budas eran símbolos del budismo y por eso fueron destruidos.

Ahora, se ha atacado los símbolos de Estados Unidos: el poder económico de Nueva York y el poder militar en Washington. El peligro mayor ahora es que tenemos muchos símbolos en el mundo, como la Torre Eiffel en París, la Basílica de San Pedro en el Vaticano, las Torres Gemelas en Malasia, las Pirámides de Egipto, el Canal de Panamá y muchos más.

“Nueva York no duerme...”, porque atiende sin parar a muchísima gente que la visita y que trabaja allí; y en verdad que para quienes la conocemos bien, la actividad no para.

Y ahora lo están probando, al trabajar constantemente en el rescate de sus mártires y la reconstrucción de sus símbolos; y lo lograrán por el gran espíritu luchador que tienen y porque no se sientan a esperar que los ayuden.

Es importante que los ciudadanos del mundo sepamos, que este nuevo tipo de guerra cuenta con “soldados sin uniforme y sin armas”. Los involucrados tienen que ubicar las células diseminadas por todo el mundo y a los responsables intelectuales, así como a sus suplidores, patrocinadores y sus escondites. Es como cuando uno recibe una familia de roedores en su jardín: no podemos tirar una bomba en el jardín para matarlos; hay que colocar las trampas necesarias y poco a poco, los roedores salen de sus cloacas y caen.

No tengamos ningún tipo de temor sobre lo sucedido o por suceder; solo seamos muy cuidadosos. Debemos mantener nuestros principios y valores cívicos y morales. Respetar la ley y el derecho de los demás, manteniendo un deseo de superación, de justicia social y responsabilidad ciudadana. Todo esto generará la paz, aunque ciertos individuos recalcitrantes no la quieran.

El autor es asesor y administrador de negocios

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