Panamá, 4 de octubre de 2001
SECCIONES
Portada
Hoy por hoy
Trasfondo
Nacionales
Deportes
Opinión
Mundo
Negocios
Revista
Reseña
Tecnología
SERVICIOS
Titulares por email
Directorio de email
Reportajes
Columnistas
Notas importantes
El tiempo
TIEMPO LIBRE
Turismo
De interés
Agenda
Cine
De noche
Restaurantes
Recetas
SUPLEMENTOS
Ellas Virtual
Martes Financiero
Aprendo Web
R. Empresarial
Talingo
SEPARATAS
Pulso de la Nación
Punto exe
AYUDA
Guía del sitio
Tarifas
¿Quienes somos?
Contáctenos
Vea nuestros clasificadosHaga esta su página de inicio

La cuestión de la seguridad del Canal

La vía interoceánica tiene una estructura de protección con carácter preventivo que trabaja las veinticuatro horas del día

Adolfo Ahumada

Las aguas toman el nivel adecuado. La reacción natural —llena de emoción y disgusto— causada por el ataque de los comandos suicidas en Estados Unidos, ha dado paso a una apreciación de los hechos caracterizada por un mayor grado de serenidad. En el caso del Canal, algunas personas notoriamente impactadas por la magnitud de la tragedia, llegaron a desear y a pedir la intervención de tropas norteamericanas, como si hubiera alguna justificación real para fundamentar semejante despropósito.

Coloquemos las cosas en la perspectiva correcta. No me detengo, en esta ocasión, en las interpretaciones complacientes sobre el tratado de neutralidad. Ya se ha explicado en infinidad de ocasiones —hasta Carter lo hizo el 31 de diciembre de 1999— que, por razones de la existencia de la soberanía panameña, que ni siquiera la provisión propuesta por De Concini se atrevió a suprimir o a desconocer, ninguna acción unilateral es posible en el mundo de hoy, sin la autorización, el consentimiento y la coordinación con el gobierno de la República de Panamá. En consecuencia, cuando se reconoce que tanto Panamá como Estados Unidos pueden actuar según sus procedimientos constitucionales internos, ello significa que cada uno debe recurrir a sus propias estructuras de poder, ya sea la Cámara de Representantes, el Senado o el Organo Ejecutivo en un caso o la Presidencia de la República en el otro caso. Allí cesa la unilateralidad, dado que cualquier acción que pretenda utilizar el territorio, requiere, por su propia naturaleza, coordinación con quien detenta la autoridad sobre el mismo.

El otro problema es el del peligro real del Canal. Sobre esta materia se han escuchado tesis muy novedosas, que olvidan que el paso de las naves es regulado por Panamá. Algunos planteamientos que se inscriben en esta escuela indican que hay una ignorancia absoluta en el mundo sobre el hecho de la reversión. Otros, mucho más serios desde luego, aducen que lo que ha surgido es una guerra de origen cultural entre Oriente y Occidente, con lo cual el Canal, ariete funcional de Occidente, queda expuesto a la furia de los que creen que el terror colectivo puede significarles algún avance de carácter político. Es difícil, sin embargo, admitir la validez del planteamiento.

Al respecto del Canal, la división —puramente artificial, según se ha demostrado— entre Oriente y Occidente, carece de sentido. El Canal sirve a la humanidad, lo cual incluye Occidente y Oriente. Mil ochocientos treinta y un tránsitos de naves por el Canal se originaron en países de Asia y Oriente Medio y dos mil catorce barcos tuvieron su destino en esa parte del mundo, lo cual significa que tres mil ochocientos cuarenta y cinco barcos salieron de Asia u Oriente Medio o llegaron allá después de haber pasado por el Canal de Panamá. Es decir, el 28.16% de los tránsitos por el Canal no tienen que ver con Occidente, sino con Oriente.

Esta universalidad del Canal, que se caracteriza, además, porque no tiene ni pregona afiliaciones o preferencias ideológicas, culturales o religiosas, viene dada por su ubicación geográfica, su función de servidumbre para acceso a los mares y su reciente carácter corporativo. Allí es donde radica, ni más ni menos, la más sólida y quizás la única garantía de seguridad para la clase de ataques criminales, inhumanos e impensables que se viven hoy. De allí que la utilidad global del Canal tenga el efecto de reducir el riesgo, aunque, lamentablemente, no desaparece en forma absoluta. No obstante, la neutralidad específica sobre el tránsito de embarcaciones no tiene que extenderse a todos los resortes de la política exterior.

Frente al terrorismo, la neutralidad constituiría un escape inexplicable. Naturalmente, Panamá no puede perder la capacidad de pronunciarse sobre distintos problemas de la región o del mundo, aunque el sostenimiento de la libertad de tránsito marítimo por el Canal y la no discriminación de las naves por razón del origen nacional de sus banderas ayuda mucho a la hora de precavernos de las consecuencias de estos conflictos cuya dinámica resulta tan difícil de entender, sobre todo cuando los terroristas sostienen que la orden de matar y de matarse la reciben ellos del mismísimo Dios.

No es necesario recurrir a ningún detalle imprudente para recordar que hay mecanismos de protección del Canal. En su esquema de funcionamiento, la vía interoceánica manejada por la República de Panamá tiene una estructura de protección, llamada División de Protección, con carácter preventivo y que trabaja las veinticuatro horas. Hay un Centro de Manejo de Incidentes, un adecuado sistema de alarmas conectado a centros de reacción y un sofisticado mecanismo de comunicación muy puesto al día. Hay otros resortes que no pueden ni deben mencionarse y que forman un complejo de protección, “por si las moscas”. Los empleados del Canal adscritos a estas funciones se encuentran siempre en estado de alerta, por lo cual, en ese sentido, la ciudadanía puede estar tranquila y sin sobresaltos. Además, el cambio sustancial que ha sufrido el mundo con las acciones de terror en Estados Unidos ha dado lugar al reforzamiento del sistema, con fórmulas de coordinación con entidades gubernamentales de seguridad.

Como quiera que proteger el Canal significa asegurar su existencia y su funcionamiento normal sin interrupciones, así como su viabilidad técnica, administrativa y financiera, nunca deben olvidarse los otros componentes de la seguridad, que no son necesariamente los que se refieren a su cuidado material. Lo importante, en este sentido, es que la atención que deben merecer los últimos acontecimientos —de suyo dolorosos y desgarradores— no debe conducir al descuido de los demás aspectos de la seguridad canalera.

Hay otro rostro de la seguridad y tiene que ver con la conciencia colectiva de la ciudadanía. La tendencia a la deforestación en las áreas geográficas cuyas aguas sirven al Canal, es decir, en las cuencas, constituye un peligro latente que no puede descuidarse. Hay una depredación feroz basada en costumbres ancestrales que son absolutamente incompatibles con las nuevas responsabilidades adquiridas por Panamá desde el 31 de diciembre de 1999. La protección a los sistemas de computación que controlan el tránsito de las naves y el movimiento de las esclusas también forma parte de esta preocupación constante que no debe desaparecer nunca de la convicción nacional en torno al Canal. El respeto riguroso y estricto de las disposiciones jurídicas que permiten la protección de las actividades canaleras diarias también constituye un factor clave en materia de seguridad.

Lo anterior implica un concepto: la seguridad del Canal es un todo único y orgánico que no se agota en medidas de emergencia para solventar las crisis conyunturales. Una conducta permanente de cariño y respeto por parte fundamentalmente del propio pueblo panameño, dueño de la vía, constituye una base sólida para su protección. Con esa disposición de ánimo y los ojos bien abiertos, Panamá puede continuar dando cumplimiento a la misión que adquirió cuando los esfuerzos de muchas generaciones terminó en victoria y se transformó en reto diario por incrementar constantemente el nivel de eficiencia.

El autor es abogado

Además en opinión

La cuestión de la seguridad del Canal: Adolfo Ahumada
El momento de META: Hugo E. Bonilla M.
Un buen proyecto: Luis Carlos Velarde
Represalia: Ricaurte L. Pacheco Tack
Nueva York no duerme: Carlos A. Chambonnet