En defensa de un estilo de vida
Alexandra Arias
Hace ya unos meses escribí un ensayo que titulé “Los verdaderos cantamañanas”, para responder a un artículo de la profesora María del Carmen Cabello. Decidí no publicar mi escrito por razones personales que no vienen al caso, y porque entendí que, como bien me explicó mi tío Colorado, “en una guerra de plumas, no llevas un chance”. Continué como asidua lectora del diario y, al poco tiempo, se me había olvidado por completo el asunto de los cantamañanas. Lo cierto es que no soy dada a mantener resentimientos a largo plazo y, además, no había vuelto a tener queja de la profe... hasta que publicó “La demora de la caballería”.
En el primer párrafo, la profesora acusa a los gringos de inconscientes por osar ondear su bandera; la misma que en ocasiones los panameños hemos percibido como la bandera enemiga, y que hoy se alza como símbolo de amor y respeto a la vida. Pero era solo el comienzo.
La profe procede a criticar, con un sarcasmo muy poco apropiado para estos tiempos, el hecho de que un 90% de los estadounidenses apoyan una respuesta contundente a la agresión terrorista de la cual han sido víctimas. Escribe que el pueblo americano le tiene un “regusto a la venganza”, y que toda esta algarabía la han montado los gringos por saberse vulnerables. Insinúa que todo esto se debe estrictamente a una cuestión de ego. Trivializa los eventos de una manera que encuentro verdaderamente ofensiva. Quizás ella prefiriese que lo dejaran pasar. O, que tomaran la cristiana actitud de poner la otra mejilla. O, que sencillamente enterraran a sus muertos y se callaran la jeta.
Pero el coloso se ha levantado valiente y orgulloso, y ha sentenciado: we will prevail. En lo personal, me preocuparía mucho más que no respondieran al artero ataque. Considero que son ellos los más firmes defensores de un estilo de vida que sostiene y promueve los ideales democráticos de igualdad, libertad, justicia y oportunidad para todos, que yo aspiro a mantener. La profe no logra entender que el acto terrorista ha sido perpetrado contra la humanidad y no contra un país en particular. Lo más increíble es que no le dedica a bin Laden & Cía. una línea de repudio y que, en su entusiasmo, prácticamente lo justifica. Poco le faltó para escribir que “bien merecido se lo tienen”. ¡Cuánto disparate!
Continúa con aquello de “los ciudadanos de a pie, banderita en mano”, ridiculizando esta auténtica demostración de amor y solidaridad con la patria y con las víctimas del atentado. ¡Y todo esto de quien, en su momento, se paró orgullosa con su pañuelito blanco!
En su afán de hacer de los gringos los villanos del momento, sugiere que el patriotismo gringo nos conducirá al despeñadero. Creo justamente lo contrario; creo que los gringos son nuestra única esperanza de conservar las libertades de acción y expresión que hoy disfrutamos.
Es más, a pesar de no contarme dentro de los admiradores de George W. Bush, en estos últimos días he buscado en su persona aliento y liderazgo, y —con contadas excepciones— los he encontrado. “W” ha manejado los violentos y cobardes ataques terroristas, al igual que la carga emotiva que estos han desatado, con la paciencia, determinación y sabiduría de un gran estadista; asegurándole al resto del mundo que lo que seguirá no será una reacción de las entrañas del imperio herido, sino una respuesta justa y victoriosa. Una respuesta que logre neutralizar a los maleantes sicópatas que pretenden imponer sus agendas extremistas, aterrorizándonos a todos con actos de violencia.
La atrocidad y la magnitud de la agresión terrorista, su brutalidad, me han afectado a un nivel muy personal, despertando en mí una inesperada reacción de rechazo a las manifestaciones de insensibilidad como las expresadas en el lamentable artículo de la profesora María del Carmen Cabello. Como muchos otros detractores de EU, la profe parece celebrar la desgracia que les aqueja, considerándolo justo castigo por ser una nación poderosa que frecuentemente asume antipáticas actitudes de prepotencia y aires de superioridad.
Pero no nos equivoquemos; los gringos son creídos sí, pero tienen mucho de qué creerse. Son ricos, si, riquísimos; pero son también los más compasivos. Estados Unidos ha cometido graves e innumerables errores en sus relaciones internacionales, así como lo han hecho las otras grandes potencias. La diferencia es que ningún otro poder se conmueve tanto ante la miseria ajena ni ha asumido el rol de líder benefactor como lo ha hecho EU. Concentrarse únicamente en sus desaciertos y, de paso, aislarlos en sus defectos, presenta una imagen limitada y distorsionada de la grandeza humana que distingue a Estados Unidos de América, como la superpotencia que es y que merece ser.
La autora es galerista
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