Al borde del abismo
Alicia Rego
Especial para La Prensa
revista@prensa.com
Si
en uno de los artículos de esta columna afirmé que un enemigo muy
poderoso cohabitaba en la mente humana, el de hoy no viene más que
a ratificarlo. Ahora bien, con la peculiaridad de que en este caso
ese contrario tiene una capacidad destructiva mucho mayor. Muchos
de los ciudadanos de a pie tienen alguna idea relacionada con el
trastorno al que voy a hacer alusión. Y es que gracias a la repercusión
de un libro basado en la vida de la fallecida princesa de Gales
(titulado Diana en búsqueda de ella misma: Retrato de una princesa
en problemas –traducción literal al español–) un gran número de
personas, quizás movidas por la curiosidad que despiertan los personajes
de la prensa rosa, ha vuelto los ojos hacia un mal hasta hace poco
desconocido. Mal que al haber sido diagnosticado en alguien tan
popular como dicha figura real cada vez pasa menos inadvertido.
Se trata de un desorden muy grave de la personalidad
que evidentemente no distingue de alcurnias. Lo llaman trastorno
límite, pero es más conocido por su acepción en inglés: borderline.
Y qué bueno que la gente que no está familiarizada con temas psiquiátricos
y psicológicos sepa más en torno al tema. En más de una ocasión
he oído el término en boca de otros confundiéndolo con otro tipo
de patologías o empleándolo para referirse a las personas cuyo coeficiente
intelectual se sitúa en los límites de anormalidad-normalidad. Cosa
que no me extraña.
Las mismas palabras límite y border hacen
alusión a lo que sus mismos nombres indican: frontera que separa
dos cosas, orilla de algo. De ahí, quizás las malas interpretaciones.
Sin embargo los tiros van por otra parte. Porque las fronteras tienen
que ver con la salud mental y con el cómo se camina (emocionalmente
hablando) siguiendo la delgada línea que separa la sensatez y el
autocontrol de la inestabilidad. El andar por ella supone, tal como
lo experimenta una persona con este trastorno, mantener un difícil
equilibrio entre la capacidad de juicio y la falta de él. De ahí
que a pesar de que en ocasiones sobresalga en estudios o trabajo,
en otras ande dando tumbos y no sea capaz de cumplir con sus obligaciones.
Y las consecuencias de vivir en esa incertidumbre
son nefastas. Porque si bien los pacientes con boderline no van
por la vida como “locos” ni necesitan obligatoriamente una reclusión
psiquiátrica, sufren unos síntomas que les impiden desenvolverse
sanamente. Relaciones intensas pero inestables, impulsividad, ira
inapropiada (o falta de control de este impulso), amenazas y conductas
suicidas o automutilantes son algunas de las manifestaciones.
Muchos de los que conviven con alguien que
se desenvuelve de esta manera, no se han percatado de que se encuentran
con un mal psiquiátrico grave. Quizás lo tachen de inestable, con
un carácter difícil o muy dado a las relaciones sexuales fáciles.
Y no se equivocan, salvo que estas conductas no son producto de
un capricho, sino que más bien responden a impulsos difícilmente
controlables sin una ayuda especial.
Por ello los psiquiatras actuales no se cansan
de pasar información que de alguna manera facilite el diagnóstico.
Así, urge la pronta asistencia si el jefe, un amigo, la novia o
cualquier conocido es fácilmente etiquetado con las siguientes características:
es muy inseguro de sí; nada parece compensar su vacío interior;
manifiesta casi obsesivamente deseos por una gran variedad de objetos
y (y una vez conseguidos ya está buscando otros); es muy dependiente
de las personas con las que convive; y está en un casi constante
estado de ansiedad.
Pero la lista no acaba ahí. Porque a pesar
de que por temporadas la persona puede desenvolverse con absoluta
normalidad (cosa que le resulta extraña a muchos de los que le rodean,
que no pueden entender que la persona se comporte de forma tan negativa
en otras ocasiones), por otras, su vida da la impresión de un auténtico
caos. Descontrol en la alimentación, anorexia, bulimia, abuso de
alcohol y drogas, falta de control de las emociones, paso rápido
de estado de depresión a euforia y un miedo terrible a ser abandonado
son los rasgos que desafortunadamente también pueden estar implicados.
Como un barco a la deriva puede parecer alguien
que sufre este trastorno, unas veces más cerca que otras de caer
en un abismo, pero siempre dando la impresión de que se camina involuntariamente
por la cuerda floja. Y digo involuntariamente porque pese a lo que
algunos piensan, una persona con borderline necesita mucho más que
una firme voluntad para dejar de lado tanta desolación.
Y es que probablemente su niñez también haya
sido desolada. La mayor parte de las víctimas aquejadas han descrito
episodios de abandono, abuso (físico o sexual) o una relación tormentosa
entre sus progenitores. Tan así es que muchos psiquiatras consideran
necesario curar las cicatrices afectivas (a veces inconscientes)
que esas heridas han podido dejar. Eso sin dejar de mirar hacia
el futuro, que si bien algunos especialistas vislumbraban demasiado
oscuro (porque dicen que estos pacientes son demasiado difíciles
de tratar), muchos otros confían en que hay una luz detrás de tanta
sombra. Modernos antisicóticos, antidepresivos y ansiolíticos, apuntan
ellos, son (junto con el apoyo psicológico de una terapia) las tres
armas con las que se cuenta en la actualidad para no caer en este
abismo.
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