Panamá, 2 de octubre de 2001
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Al borde del abismo

Alicia Rego
Especial para La Prensa
revista@prensa.com

Si en uno de los artículos de esta columna afirmé que un enemigo muy poderoso cohabitaba en la mente humana, el de hoy no viene más que a ratificarlo. Ahora bien, con la peculiaridad de que en este caso ese contrario tiene una capacidad destructiva mucho mayor. Muchos de los ciudadanos de a pie tienen alguna idea relacionada con el trastorno al que voy a hacer alusión. Y es que gracias a la repercusión de un libro basado en la vida de la fallecida princesa de Gales (titulado Diana en búsqueda de ella misma: Retrato de una princesa en problemas –traducción literal al español–) un gran número de personas, quizás movidas por la curiosidad que despiertan los personajes de la prensa rosa, ha vuelto los ojos hacia un mal hasta hace poco desconocido. Mal que al haber sido diagnosticado en alguien tan popular como dicha figura real cada vez pasa menos inadvertido.

Se trata de un desorden muy grave de la personalidad que evidentemente no distingue de alcurnias. Lo llaman trastorno límite, pero es más conocido por su acepción en inglés: borderline. Y qué bueno que la gente que no está familiarizada con temas psiquiátricos y psicológicos sepa más en torno al tema. En más de una ocasión he oído el término en boca de otros confundiéndolo con otro tipo de patologías o empleándolo para referirse a las personas cuyo coeficiente intelectual se sitúa en los límites de anormalidad-normalidad. Cosa que no me extraña.

Las mismas palabras límite y border hacen alusión a lo que sus mismos nombres indican: frontera que separa dos cosas, orilla de algo. De ahí, quizás las malas interpretaciones. Sin embargo los tiros van por otra parte. Porque las fronteras tienen que ver con la salud mental y con el cómo se camina (emocionalmente hablando) siguiendo la delgada línea que separa la sensatez y el autocontrol de la inestabilidad. El andar por ella supone, tal como lo experimenta una persona con este trastorno, mantener un difícil equilibrio entre la capacidad de juicio y la falta de él. De ahí que a pesar de que en ocasiones sobresalga en estudios o trabajo, en otras ande dando tumbos y no sea capaz de cumplir con sus obligaciones.

Y las consecuencias de vivir en esa incertidumbre son nefastas. Porque si bien los pacientes con boderline no van por la vida como “locos” ni necesitan obligatoriamente una reclusión psiquiátrica, sufren unos síntomas que les impiden desenvolverse sanamente. Relaciones intensas pero inestables, impulsividad, ira inapropiada (o falta de control de este impulso), amenazas y conductas suicidas o automutilantes son algunas de las manifestaciones.

Muchos de los que conviven con alguien que se desenvuelve de esta manera, no se han percatado de que se encuentran con un mal psiquiátrico grave. Quizás lo tachen de inestable, con un carácter difícil o muy dado a las relaciones sexuales fáciles. Y no se equivocan, salvo que estas conductas no son producto de un capricho, sino que más bien responden a impulsos difícilmente controlables sin una ayuda especial.

Por ello los psiquiatras actuales no se cansan de pasar información que de alguna manera facilite el diagnóstico. Así, urge la pronta asistencia si el jefe, un amigo, la novia o cualquier conocido es fácilmente etiquetado con las siguientes características: es muy inseguro de sí; nada parece compensar su vacío interior; manifiesta casi obsesivamente deseos por una gran variedad de objetos y (y una vez conseguidos ya está buscando otros); es muy dependiente de las personas con las que convive; y está en un casi constante estado de ansiedad.

Pero la lista no acaba ahí. Porque a pesar de que por temporadas la persona puede desenvolverse con absoluta normalidad (cosa que le resulta extraña a muchos de los que le rodean, que no pueden entender que la persona se comporte de forma tan negativa en otras ocasiones), por otras, su vida da la impresión de un auténtico caos. Descontrol en la alimentación, anorexia, bulimia, abuso de alcohol y drogas, falta de control de las emociones, paso rápido de estado de depresión a euforia y un miedo terrible a ser abandonado son los rasgos que desafortunadamente también pueden estar implicados.

Como un barco a la deriva puede parecer alguien que sufre este trastorno, unas veces más cerca que otras de caer en un abismo, pero siempre dando la impresión de que se camina involuntariamente por la cuerda floja. Y digo involuntariamente porque pese a lo que algunos piensan, una persona con borderline necesita mucho más que una firme voluntad para dejar de lado tanta desolación.

Y es que probablemente su niñez también haya sido desolada. La mayor parte de las víctimas aquejadas han descrito episodios de abandono, abuso (físico o sexual) o una relación tormentosa entre sus progenitores. Tan así es que muchos psiquiatras consideran necesario curar las cicatrices afectivas (a veces inconscientes) que esas heridas han podido dejar. Eso sin dejar de mirar hacia el futuro, que si bien algunos especialistas vislumbraban demasiado oscuro (porque dicen que estos pacientes son demasiado difíciles de tratar), muchos otros confían en que hay una luz detrás de tanta sombra. Modernos antisicóticos, antidepresivos y ansiolíticos, apuntan ellos, son (junto con el apoyo psicológico de una terapia) las tres armas con las que se cuenta en la actualidad para no caer en este abismo.


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