A un niño de preescolar
Ninguna reforma educativa tendrá sentido si se limita a capacitar al individuo para un puesto de trabajo
María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com
Ya sé que ni siquiera sabes leer, y que tienes suficiente con todo lo que aprendes al día: además de las formas y los colores de los objetos (una cosa es un cuadrado y otra un triángulo, aunque no sepas aún que se llaman así), te estarán enseñando a convivir armónicamente con tus compañeros, a coordinar tus movimientos, a saludar, y quizás, si tienes suerte, a escuchar. Para esto bastará con que se dirijan a ti como la persona que eres (una persona chiquita, eso sí) y no como si fueras un muñeco o una mascota. Porque entender ya entiendes, aunque en ocasiones lo disimules. Sobre todo cuando no tienes a mano la respuesta o necesitas un poco más de tiempo. Estás en tu derecho.
Si alguna vez, siendo ya mayor, leyeras esta carta, te darás cuenta de que justo cuando dabas tus primeros pasos en la escuela, en Panamá se hacía un intento nuevo por “hacer una reforma integral de la educación”, esta vez con la ayuda del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, con el fin de dejar atrás prácticas desfasadas y brindarte a ti y a tus coetáneos una formación más cónsona con los tiempos que vivimos. Podrás comprobar entonces (tú serás beneficiario o víctima de esas reformas y tendrás elementos de juicio) si el esfuerzo que ahora se lleva a cabo ha merecido la pena.
Mira: no es que no se haya tratado antes de hacer una reforma sustancial a la educación panameña, pero no voy a aburrirte con el recuento. Lo que sí puedo decir es que ahora las circunstancias parecen favorables y hay esperanza. O necesitamos que haya esperanza, lo que no evita que algún que otro temor asome por el horizonte como asoman las nubes que presagian la tormenta.
Te explico. Cabe la posibilidad de que este gran diálogo que ahora se inicia se convierta en un dime que te diré entre los distintos sectores que en él participan, y que cada uno intente llevarse el agua a su molino. Los docentes, por ejemplo, tendrán la tentación de aprovecharlo como tribuna para sus reivindicaciones, y el Gobierno para llevarse la gloria del éxito. Será difícil centrarse en lo importante y ponerse de acuerdo en tema tan delicado. Por eso es legítimo el temor de que entre tanto escollo que hay que salvar, se olviden de ti.
Y es que está muy bien que se trate de adecuar la educación al mundo actual y al futuro, que se pretenda despolitizarla, que se haga un perfil del docente para el nuevo milenio, y que se logre que las instituciones educativas tengan una gestión más eficiente. Sin embargo, nada de eso tendrá sentido si cuando seas mayor sientes que con la excusa de que el país necesita salir del subdesarrollo, te han privado de una educación humanista y se han limitado tan solo a capacitarte para un puesto de trabajo, lo que no solo sería limitante sino ofensivo. Sería tanto como condenarte a que estudies para trabajar y a que trabajes para subsistir. Es decir, sería tanto como negarte el gozo del conocimiento y el amor al trabajo. Y no es eso lo que en principio se quiere para ti.
Por el contrario, lo que se desea es que las reformas te ofrezcan una educación revolucionaria, moderna, que te enseñe muchas, muchas cosas: los secretos de la ciencia, de la historia, de la matemática, de la biología, del arte y de la literatura. Que aprendas pronto a sacar provecho del maravilloso mundo de la cibernética, pero que te den la oportunidad de procesar todo ese conocimiento de modo personal y transferible, y no como el que echa piedras a un saco sin fondo.
Ojalá que con el fin de que goces lo aprendido, te enseñen a pensar y te conduzcan de tal modo por el mundo de la ciencia, que parezca que descubres por ti mismo el universo.
Para ello será preciso que te permitan razonar, sacar tus propias conclusiones y dar tu opinión. Debes saber desde temprano que la autoridad de los mayores se reviste a menudo de sinrazón, pero que a pesar de ello tienes derecho a rebelarte y a disentir. Y tienes derecho a elegir. Que no es otra cosa que ser libre.
Deben además inculcarte que nada de lo que aprendas tendrá valor si no lo aderezas con un profundo sentido de la decencia. No faltará quien te diga que vivimos en una sociedad fría y deshumanizada, y que trate de despojarte de tu ternura y de tu sensibilidad. Pero las cosas importantes cuentan todavía. No lo olvides y quiera el destino que no lo olviden tus maestros. E importante es que cuando seas grande, los demás te quieran y te respeten. Que no te odien ni te tengan miedo. Y sobre todo, que nadie sienta lástima por tu ignorancia ni desprecio por tu mezquindad.
La autora es correctora de La Prensa
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