El polvorín afgano
M. A. Basterier
Afganistán se halla en el centro geográfico de un subsistema de cultura islámica, de tal naturaleza que una explosión militar en el mismo podría propagarse como en círculos concéntricos de gravísimas consecuencias, tanto para la región como para todo Occidente.
En el sentido de las manecillas del reloj, de
Norte a Sur, el país afgano limita con Turkmenistán, Tayikistán
—dos de las cinco repúblicas ex soviéticas del Asia central—, China,
Pakistán e Irán. En todos ellos, salvo China, el Islam es religión
virtualmente exclusiva, pero con una notable división entre el sunismo,
muy mayoritario, y el shiísmo, credo oficial en Irán, y con minorías
importantes, sobre todo, en el Asia ex soviética.
Pakistán, una dictadura militar nuclearizada, de pretensión laica, pero cuya base social es el islamismo wahabí, sobre todo de la línea rigorista Deobundi, ha sido inevitablemente elegido por Washington como base operativa.
El presidente, general Pervez Musharraf, ha consentido ya en ceder su espacio aéreo, su información sobre el perfecto sospechoso del atentado de las Torres Gemelas, Osama bin Laden, y su territorio. Pero, como una vela que arde por los extremos y en cuyo centro se halla el régimen, el país puede estallar en guerra civil, como ha amenazado el Consejo de Defensa Afgano-Paquistaní, coalición de 35 organizaciones islámicas que dirige Sami Ul Haq, si se colabora en la invasión de Afganistán. El régimen paquistaní, desde el comienzo de la guerra soviético-afgana de 1979-1989, ha adiestrado, financiado y sostenido el sistema talibán (estudiantes islámicos, en pashtu), bien que por cuenta de Washington, como arma contra la entonces Unión Soviética. El ISI (Interservice Intelligence) paquistaní, que ha inventado el régimen talibán, sigue siendo hoy el poder apenas detrás del trono, y su líder, el general de brigada Mahmud Ahmed, es el más estrecho colaborador de Musharraf. Facilitar la invasión sería, por ello, como matar al hijo, aparte de la extensa complicidad económica que media entre Kabul e Islamabad. Como quien pide, patéticamente, una limosna geopolítica, Musharraf insiste en que EU obtenga, al menos, un mandato de la ONU para actuar.
El Irán shií e islamita vería sin pena la destrucción del talibanismo suní, implicado en el contrabando de droga fronterizo, aunque la pugna entre el guía religioso Jamenei y el presidente reformista Jatamí se reproduce en el caso afgano. Mientras la presidencia organiza manifestaciones de desagravio a EU, el gran ayatolá excluye todo apoyo logístico al invasor. El carácter de potencia regional a que aspira Irán le obliga a no desear una demostración de fuerza de Washington.
Turkmenistán es la única república ex soviética que mantiene relaciones oficiales, aunque no diplomáticas, con Afganistán, al que suministra gas y electricidad, y cuyo grifo puede cerrar con un giro de muñeca, al tiempo que sería un buen trampolín de invasión porque cuenta con la mayor base aérea de la zona, en el valle del Mugrab, a unos 50 kilómetros de la frontera. Aunque el presidente Niyazob ha mostrado buena disposición a sumarse a la coalición occidental, será el líder ruso, Vladimir Putin, quien diga la última palabra, como ya ha hecho, advirtiendo que ninguna ex república soviética participará en una operación militar, porque también tiene su minoría musulmana que cuidar.
Uzbekistán, bajo la misma advocación eslava, sería quien mayor interés tendría en actuar contra Kabul. El presidente, Islam Karimov, ha metido en la cárcel a más de 2.000 islamitas shiíes, cuenta también con una base aérea próxima a la frontera y es la ruta natural de invasión de Afganistán desde el Norte, la que siguió el Ejército Rojo en 1979.
Ruta de suministro
Desde Tayikistán discurre la ruta de aprovisionamiento al único poder militar que aún resiste a los talibán, en el valle del Panshir. Pero la situación es compleja porque, aunque se apoya con suministros a las fuerzas antitalibán, sirviendo a los intereses de Rusia, que tiene 25.000 soldados en el país, los shiíes cuentan con escaños en el Parlamento y representación en el Gobierno. Tayikistán, como las otras repúblicas ex soviéticas, las mencionadas más Kazajstán, la más eslava de todas, con un 38% de rusos, y Kirguizistán, ambas sin frontera con Kabul, difícilmente van a desafiar a Moscú.
China, finalmente, aplaudiría la caída de los talibán, porque también anda surtida de minorías musulmanas, pero aún con mayores pretensiones de potencia que Irán, no quiere que EU flexione la musculatura en la zona.
En el siguiente círculo están India, Irak, Arabia Saudí, Kuwait y los variados emiratos.
Delhi se ha ofrecido casi para todo lo que pida Washington: bases, logística, apoyo político, porque, aparte de que sin la URSS las afinidades con el Occidente neoliberal brotan con naturalidad en la India, el conflicto sería una oportunidad de oro para dar un golpe al islamismo, que también cuaja en el subcontinente, y ganarle por la mano a Pakistán en la disputa por Cachemira. Potencia también nuclear, como Islamabad, Delhi puja con todos sus méritos.
El régimen de Sadam Hussein cometió el grave error de emitir al día siguiente de la tragedia de Nueva York un comunicado que quedaba a dos dedos —de frente— de aprobar el atentado, cuya responsabilidad última atribuía a la conducta de Washington en el contencioso palestino-israelí. Bagdad trató luego de reparar el desaguisado distanciándose de todo terrorismo, pero el régimen está condenado haga lo que haga, y si se le pierde algún avión a Washington en el castigo a los talibán, habría que buscarlo, seguramente, en los nublados cielos iraquíes.
Arabia Saudí —y en ese paquete, también, los sistemas menores de la península— es, en este círculo, el que más tiene que perder. No sólo el talibanismo se emparenta con el wahabismo saudí, sino que, dólar por dólar, Riad financió con Washington la guerra, primero antisoviética, y luego de los talibán contra los otros islamismos. De los 6.000 ó 7.000 miembros de la familia real saudí, una proporción no insignificante es muy crítica con la presencia en su suelo del infiel, norteamericano, desde la guerra de Kuwait, en 1991, y sólo la reputación nacionalista del príncipe heredero, Abdullah, que es ya la autoridad efectiva del país, ha contenido la agitación antioccidental. Arabia no ha dado información de caché a Estados Unidos sobre el islamismo en su seno, y ajustició a toda velocidad, para que no hablaran, a los presuntos responsables del atentado contra la base de Dahran, en el que murieron 19 soldados norteamericanos. Lo más parecido a una posición oficial sobre lo que prepara Washington es la declaración del embajador en Londres, Ghazi al Goscribi, advirtiendo que si no hay consultas sobre la naturaleza de la coalición y sus objetivos, Arabia Saudí se desentenderá de la operación. Junto con Pakistán, es el país que más teme a la desestabilización producida por una guerra, sobre todo habida cuenta de que la mitad de los sospechosos del atentado tienen nombres de familias de origen saudí.
En el último círculo, a orillas ya del Mediterráneo oriental, está Egipto, cuya proximidad siamesa a todo lo que conciba Estados Unidos obliga al presidente Mubarak a figurar en cualquier coalición. Su mejor defensa es también la de que Washington obtenga un mandato de la ONU antes de cargar.
Siria y Líbano quisieran en un caso así que el mundo les olvidara. En ambos países hay grandes minorías islamitas, aunque como chiíes, la guerrilla hezbollah de Líbano y alauí en el poder en Siria, también de filiación iraní, no placen en Kabul. Pero el presidente, Assad junior, tiene ya bastantes problemas con manejar una cierta apertura económica y tecnológica para querer formar parte, además, de una coalición que agita las aguas del islamismo suní.
Soldado preferido
Jordania y Palestina piden pista, en cambio, para alinearse con Occidente, la primera, como el soldado preferido de Occidente, y la segunda, compitiendo con Israel para la medalla de oro del combate contra el terrorismo. Si el líder israelí, Ariel Sharon, quiso aprovechar la matanza para meter a la Autoridad Nacional Palestina en el saco del horror criminal, el velocísimo Yaser Arafat esta vez no se dejará alinear con el enemigo, como en 1991, cuando fue más que ameno con Sadam Hussein.
Si hay guerra en Afganistán, es poco probable que la coalición, aun sin incluir a los dudosos, resista, sin embargo, mucho tiempo. Sólo progresos auténticos en la negociación de la independencia palestina calmarían al gran islamismo suní, el de la Hermandad Musulmana, que aunque no apoya a los talibán, crece con lo que percibe como agresiones al Islam. Aunque Kabul no sea el mundo árabe.
El País, España
Además en mundo
•
El polvorín afgano
•
Aparecen grietas en el talibán
•
No hay talibán moderado, dice líder de la Alianza del Norte
•
La CIA lleva tres años tras la pista de bin Laden
•
Organismos humanitarios se apuran a volver a Afganistán
•
Paso al frente
•
El ejército mató a ex ministra: FARC
•
Declaran en alerta a militares colombianos
•
Sandinistas siguen al frente de las encuestas
•
Inhabilitan a Clinton para ejercer como abogado
•
Atacan a policías en Macedonia
•
Ataque suicida cobra 29 vidas en Cachemira
•
Jihad perpetra atentado con coche bomba en Jerusalén
•
Comienza juicio contra el ex presidente Estrada
|