Masacres en nombre de Dios
Xavier Sáez-Llorens
La inmensa mayoría de personas normales se conmueve al ocurrir catástrofes naturales o masacres infligidas por el hombre, especialmente cuando víctimas inocentes sucumben a las aberraciones mentales de grupos extremistas. La forma más fácil y menos traumática para superar estos actos cobardes e irracionales, procedentes de cerebros fanáticos y enfermizos, es refugiarse en el poder espiritual y dirigir plegarias a un ser llamado el Todopoderoso. Precisamente, es también en nombre de Dios, que fundamentalistas religiosos de varias estirpes cometen sus barbaries. Créanme que, en cierta forma, envidio a las personas creyentes, porque sus angustias, calamidades y dudas se las traspasan a una fuerza divina, resignándose a creer que todo destino está impreso en el libro de la vida y que existe una razón especial para ser así. A mí me trastornan todos estos espeluznantes acontecimientos; mi intelecto sufre una agitación extraordinaria, y por mis poros emanan sentimientos repulsivos a todo lo que tenga que ver con la irracional conducta de la especie humana. Y así, sufro con las tragedias cotidianas, porque no tengo dónde refugiarme para silenciar mis inmediatos cuestionamientos.
Sin ánimo de cuestionar la fe de los creyentes y muy distante de tratar de buscar provecho filosófico de la tristeza que nos embarga, quisiera compartir con ustedes algunos cuestionamientos que me invaden en estos momentos de meditación e impotencia. ¿Dónde está Dios en estos momentos? ¿Por qué si El todo lo sabe no puede evitar las masacres de gente inocente? ¿Por qué deja que usen su nombre para justificar estas atrocidades? ¿Por qué deja que haya múltiples religiones, cada una con una interpretación distinta de sus mandamientos? ¿Por qué se cometen tantos asesinatos entre personas de diferentes creencias? Algunas de las respuestas que me han brindado familiares y amigos católicos son las siguientes: “Dios nos pone a prueba”. Yo les contesto: “¿no dispone de otro tipo de pruebas menos rigurosas y crueles?”.
¿No sería mejor definir la palabra Dios como una fuerza o energía sobrenatural, iniciadora del Universo y de la evolución darwiniana del hombre, pero que no puede controlar nuestra conducta, escuchar nuestras oraciones o influenciar nuestro destino? Con esta definición, el agnosticismo prácticamente eliminaría al ateísmo como línea de pensamiento lógico.
¿Tienen ustedes idea de la cantidad de personas que han sido asesinadas por actividades religiosas en el mundo, a lo largo de la historia? Ni siquiera la combinación de guerras civiles y epidemias ha causado más muertes que las generadas por fanatismos religiosos. Los integristas musulmanes de Sudán llevan casi 20 años en guerra con los cristianos y animistas negros del sur. Las diversas facciones chiítas y sunitas han sumido en un mar de sangre las tierras de Irán e Irak en nombre de Alá, produciendo millones de muertos, heridos y desplazados. En el fondo de los enfrentamientos entre tutsis y hutus subyace una discriminación de base religiosa que exacerbó la colonización europea. Mahatma Ghandi fracasó en su mensaje pacifista y comprobó cómo se destrozaban, en una espantosa guerra de religión, hindúes y musulmanes que aún hoy continúan sus enfrentamientos a favor de Paquistán o India. Los cruzados, que durante la Edad Media hicieron desaparecer poblaciones enteras en cumplimiento del llamado que hiciera, en 1095, el papa Urbano II para que los cristianos de toda Europa se sumaran al esfuerzo de rescatar Tierra Santa de Palestina. El genocidio perpetrado por la Iglesia católica en el siglo XV, con el inicio de la Santa Inquisición en España, en donde habían convivido pacíficamente cristianos, judíos y musulmanes hasta que el gran inquisidor, Tomás de Torquemada, acabó mediante un baño de sangre la “tolerancia por la diversidad” que había prevalecido en ese país durante siglos.
La historia de la conquista del Nuevo Mundo es el paradigma del cinismo de las majestades católicas de Castilla y Portugal gracias a la Bula Inter Coetera por la que el papa Alejandro Borja les repartió el continente, como si se tratase de animales salvajes. Recientemente, las guerras de barrido étnico, en nombre de la religión, en Bosnia, Croacia, Eslovenia, Serbia y las perpetradas por los talibán en Afganistán. Sorprende la locura colectiva que se da en el Ulster entre católicos y protestantes y que tiene anclada a Irlanda en el siglo XVI. Y ahora esto: extremistas suicidas, adoctrinados por la idea de la jihad (guerra santa) y convencidos de su heroísmo por el islam, secuestran a rehenes inocentes y convierten aviones comerciales en misiles de destrucción masiva de blancos civiles.
En la antigüedad, la raza humana era politeísta, otorgando una divinidad específica a cada fenómeno natural de génesis incomprensible en esas fechas. Ahora, nuestra especie venera dioses distintos porque cada secta, culto o religión, brinda interpretaciones disímiles a cada ídolo y presume que cada deidad vela exclusivamente por los intereses específicos de cada clan étnico y obliga a aniquilar al prójimo por pensamientos opuestos. ¿No convendría mejor pensar que solo hay un Dios para todos los seres vivos que clama por amor, respeto y tolerancia entre nosotros?
Respeto sinceramente las creencias de cada ser humano y pido disculpas anticipadas si mis comentarios hieren o perturban la paz espiritual de los fieles religiosos. Pero quisiera exhortar a todos los creyentes de este mundo, a que acerquen sus posturas religiosas como única forma de evitar el absurdo genocidio de toda la raza humana. De no hacerlo, nosotros los agnósticos seguiremos incrédulos, los creyentes moderados ingresarán a las filas del ateísmo y los fanáticos religiosos continuarán asesinando de forma indiscriminada y brutal.
El autor es pediatra infectólogo
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