Panamá, 1 de octubre de 2001
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Nueva York, zona cero

El área que rodea el antiguo World Trade Center es conocida ahora como “el agujero pestilente”

Bárbara Celis

La zona cero no es Nueva York. El área congelada por las autoridades tras el ataque terrorista contra el World Trade Center es una sombra borrosa de lo que fue el corazón financiero de la ciudad, hoy convertido en algo muy parecido a una zona de guerra. Días atrás el fuerte olor a escombro que se adhiere a la piel como si fuera pegamento se sentía intensamente muchas calles más al norte.

Ahora, al traspasar los rígidos controles militares que separan una ciudad de otra, los respiradores solo son obligatorios en lo que todos conocen como “el agujero pestilente”, un hoyo excavado en los subterráneos de las torres gemelas. “Esta zona está contaminada, hay que evitar que el amianto se propague”, explica un hombre atrincherado tras una sofisticada escafandra, y quien riega los vehículos que salen de los escombros.

En teoría, toda la comida que se reparte en los alrededores de las ruinas tiene que estar precintada. “A algunos ya nos da igual y ni siquiera usamos mascarillas, pero el aire es tóxico. Y la comida no debería estar en contacto con el aire”, afirma una de las cerca de 3 mil personas que trabajan allí, todas ellas registradas en los archivos que se acumulan en una oficina militar. Soldados y jóvenes sombríos paran a todo el que entra para comprobar su identificación. Piden el pase oficial y un carné de alguna organización de las que trabajan allí. La prensa tiene la entrada prohibida.

Algunos bomberos polvorientos se acercan nerviosos a un grupo de policías situado junto al Bankers Trust Company. La estructura mastodóntica de 50 pisos situada frente a lo que era la torre sur amenaza con derrumbarse. ``Sus cimientos se tambalean. “¡Váyanse! Solo nosotros deberíamos estar aquí”, grita un bombero que dice confiar en las sirenas de alerta que se han instalado para salir corriendo si fuera necesario.

Los rumores que circulan por la zona cero dicen que hay 100 edificios dañados y que todos tendrán que ser derrumbados. Sobre algunos se lee su futura defunción escrita con aerosol. También se ven otras pintadas: “Morgue: 12/9/”. Tatuadas sobre el polvo blanco de cristales rotos se ven frases inauditas: “Dios perdona, nosotros no”. “Tom, soy Mary; si estás vivo, te espero en casa”.

Las aceras se han convertido en carreteras improvisadas por donde circulan desordenadamente gators, pequeños vehículos que transportan personas y víveres. Saludarse entre desconocidos es una de las leyes no escritas. Hordas de mujeres envueltas en monos de plástico blanco y guantes de látex salen de algunos edificios de apartamentos. “Yo no volvería a vivir aquí. El veneno ha impregnado las paredes”, dice una limpiadora ecuatoriana.

Pero el centro del espectáculo son las montañas de escombros humeantes que un día fueron el World Trade Center. Seis grúas mueven sus enormes brazos sobre decenas de soldadores que parten el hierro para que pueda ser transportado. Alrededor, los restos de cuatro edificios completamente quemados parecen montar guardia. Bomberos con uniformes de varios estados marchan en procesión en todas direcciones. Algunos riegan pequeñas montañas de ruinas con olor a incendio. El FBI corre hacia adentro cuando alguien anuncia que han encontrado un pedazo de un avión. El ruido de los generadores es atronador. Las ráfagas de olores hediondos que se condensan en el aire obligan a algunos a salir de allí a respirar. Un policía cuyo uniforme se adivina entre el polvo blanco explica cabizbajo: “Hoy hemos llegado a las escaleras de una de las torres. Va a ser una noche llena de cadáveres”.

El País, España


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