Panamá, 27 de septiembre de 2001
SECCIONES
Portada
Hoy por hoy
Trasfondo
Nacionales
Deportes
Opinión
Mundo
Negocios
Revista
Reseña
Tecnología
SERVICIOS
Titulares por email
Directorio de email
Reportajes
Columnistas
Notas importantes
El tiempo
TIEMPO LIBRE
Turismo
De interés
Agenda
Cine
De noche
Restaurantes
Recetas
SUPLEMENTOS
Ellas Virtual
Martes Financiero
Aprendo Web
Talingo
R. Empresarial
SEPARATAS
Pulso de la Nación
Punto exe
AYUDA
Guía del sitio
Tarifas
¿Quienes somos?
Contáctenos
Vea nuestros clasificadosHaga esta su página de inicio

De política

La única mentira

El discurso de Bush encarna la fuerza, el consenso y la legitimidad que tiene hoy la posición estadounidense

Sabrina Bacal

Miles de oraciones han intentado, sin éxito, atrapar la esencia de la hecatombe del 11 de septiembre; pero la inmensidad y la trascendencia de lo ocurrido empequeñecen cualquier empeño retórico por poner en palabras lo impronunciable. Imposible suponer que este insalvable obstáculo no iba a ser aún mayor para quien tuviese que articular un discurso de luto y envalentonamiento, pedido a gritos por ciudadanos confundidos y aterrorizados. Es con estas limitaciones en mente que se comprende el verdadero peso de las palabras de George W. Bush: el de haber encarnado la fuerza, el consenso y la legitimidad que hoy por hoy tiene la posición estadounidense.

El hombre más poderoso de la tierra habló por la gran mayoría de seres humanos indignados por los horrendos atentados, y el significado de sus proposiciones se enriqueció por la unidad nacional y la solidaridad internacional que enmarcaron su presentación.

A pesar de que la rabia y la indignación tenían las de ganar en un mensaje eminentemente emotivo, hay que reconocer la firme intención de no desterrar la cordura y la razón del mismo. Se hizo especial hincapié en la marginalidad de los grupos terroristas dentro del mundo musulmán, en la insuficiencia de los métodos bélicos convencionales para esta nueva lucha contra las organizaciones fundamentalistas y en la importancia de una amplia y diversa coalición contra el terror.

Es así como las cegadoras generalizaciones, el unilateralismo y la tentación por una guerra antiséptica no formaron parte de las ideas esbozadas por un hombre acostumbrado a caer en tales espejismos.

El controvertido “de nuestro lado o del lado de los terroristas” es solo una forma rasa de expresar el estado real de cosas. Ante lo ocurrido no hay espacio para posturas medias que minimicen e, incluso, justifiquen las acciones de los asesinos. El compromiso exigido a las naciones es el de una condena absoluta al salvajismo, de palabras y hechos. Lo contrario es esbozar argumentos que señalan las políticas americanas como los verdaderos focos de responsabilidad de la tragedia. Quienes así se expresan olvidan que buscar en la víctima las razones del accionar del victimario es parte de una lógica perversa. La culpabilidad descansa exclusivamente en los verdugos; y, como víctimas, los estadounidenses merecen el respaldo incondicional de la comunidad internacional.

La autoridad, más que el mero poder de hecho, se encuentra del lado de la superpotencia por el momento. Las palabras del inexpresivo presidente no solo se enaltecieron por esa realidad, si no por el hecho de que el tipo de respuesta militar que pudiese diluir la hasta ahora incuestionable legitimidad no ha tenido lugar aún. Lo anterior no significa que una reacción contundente no sea indispensable; pero sí, que Estados Unidos corre el riesgo de perder en el camino algunos de los privilegios y valores que sus enemigos han jurado con demencia destruir.

Ese es tal vez el legado más trágico del martes 11 y la única mentira reconocible en las palabras del tejano: La justicia real para los estadounidenses difícilmente llegará, porque la de por sí esquiva defensa de la libertad y la democracia exigirá que las mismas sean restringidas en aras de una seguridad ciudadana que se ha ido indefinidamente.


Especial para La Prensa


Un elefante derribado por un escorpión

Estados Unidos va a tener que plantearse una serie nueva de preguntas que transformarán su concepción de la política exterior y de sí mismo

José Montano

Abruptamente, y con un presidente dispuesto a no contradecirlos, los estadounidenses comprenden que todo ha cambiado para siempre y que nadie, ni siquiera la única superpotencia está ya a salvo. Por tanto, lo que se impone es la guerra.

Al socaire del momentum y con aspecto de estar preocupantemente desbordado por los acontecimientos, volvió Bush, en su discurso, a los vetustos clichés de Hollywood, engendrados en el mito americano del valiente y virtuoso cowboy del oeste.

“Todas las naciones en todas las regiones deben tomar ahora una decisión: o están con nosotros o están con los terroristas”, afirmó.

El inconveniente de este lenguaje es que, al tiempo que intenta responder a la idea que tiene Bush de lo que el público norteamericano desea oír, oculta lo que de verdad está ocurriendo.

Nadie se empinó para advertirle al presidente que los sabios africanos saben, desde hace muchos siglos, que un escorpión puede derribar a un elefante.

Estados Unidos va a tener que plantearse una serie nueva de preguntas que transformarán de forma inevitable su concepción de la política exterior y, por extensión, de la política nacional y de sí mismo.

El ataque producido dos semanas atrás -teología contra tecnología - y sin ningún Estado a la vista, demuestra hasta qué punto se equivoca Bush al pensar que puede alcanzar la invulnerabilidad a través de su propuesto escudo antimisilístico. Es más, tal vez el próximo ataque no sea del tamaño de un avión, sino un agente químico o bacteriológico contagioso transportado en una maleta o una botella.

Tal posibilidad es hoy tan cierta para los estadounidenses, que han vaciado los comercios dedicados a la venta de máscaras antigás.

Bush sabe ya que las represalias, por sí solas, no van a resolver el problema, por lo que es posible que tenga que emprender, también, una revisión fundamental de los métodos que emplea Estados Unidos para comprender el mundo exterior. Mas sin embargo, no hubo énfasis sobre esto en su discurso a la nación.

Tampoco dijo que su administración está contagiada por un letal virus denominado “animosidad” internacional; lo que se refleja, a su vez, en un norteamericano promedio incapaz de comprender por qué tanta gente los odia tanto.

“Les pido que mantengan los valores de Estados Unidos y recuerden por qué tantos han venido a este país. Estamos en una lucha por nuestros principios y nuestra primera responsabilidad es vivir a la altura de ellos”. Le salió la vena moralista utópica del carácter estadounidense.

Es el apoyarse en un “McMundo”, definido en gran parte por la imaginación de Hollywood, que es básicamente norteamericano e “infantil”.

Peligro. Irresponsablemente y lejos de constituirse en una muestra de sabiduría, el pronunciamiento del presidente no fue otra cosa que un acuse de recibo a la tendencia pueblo: emociones y venganza.


Especial para La Prensa


Foro ciudadano

Si sumamos los votos de quienes calificaron de convincente el discurso del presidente Bush a los de aquellos que piensan que fue excepcional, queda en evidencia que la mayoría de los encuestados apoyan al presidente estadounidense en su “libertad perdurable”.


Frases de la semana

“Esperamos que sean los primeros mártires en la batalla del islam contra la nueva cruzada judía conducida por el cruzado George Bush bajo la bandera de la cruz”.

Osama Bin Laden, en referencia a los cuatro paquistaníes que murieron en una manifestación de islamitas en Karachi.

“...Yo me limité a citar dos páginas del catecismo de la Iglesia...”

Joaquín Navarro Valls, portavoz del Vaticano, reacciona a la polémica surgida al declarar que la Santa Sede “entendería”
una respuesta violenta de EU.


Lo que ellos opinan

Juan Antonio Tack
Ex negociador

Estoy en contra del terrorismo internacional provenga de donde provenga, pero se debe pensar muy bien antes de caerle encima a un país tan miserable como Afganistán. Se puede buscar otra forma para disminuir el terrorismo.

Balbina Herrera
Legisladora

Fue un discurso muy fuerte que cambió la política exterior norteamericana. Mientras Bill Clinton buscó la paz, los hechos del 11 de setiembre radicalizaron la política exterior norteamericana.

 

 




¦
Portada¦ Hoy por hoy¦ Trasfondo¦ Nacionales¦ Deportes¦ Opinión¦
¦
Mundo¦ Negocios¦ Revista¦ Reseña¦ Última hora ¦ UH Mundo¦
¦
UH Negocios¦ UH Deportes¦ UH Farandula ¦ UH Ciencia y Salud¦ UH Tecnología ¦
Derechos reservados, Corporación La Prensa.
internet@prensa.com