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De política
La única mentira
El discurso de Bush encarna la fuerza,
el consenso y la legitimidad que tiene hoy la posición estadounidense
Sabrina Bacal
Miles de oraciones han intentado, sin éxito, atrapar la
esencia de la hecatombe del 11 de septiembre; pero la inmensidad
y la trascendencia de lo ocurrido empequeñecen cualquier
empeño retórico por poner en palabras lo impronunciable.
Imposible suponer que este insalvable obstáculo no iba a
ser aún mayor para quien tuviese que articular un discurso
de luto y envalentonamiento, pedido a gritos por ciudadanos confundidos
y aterrorizados. Es con estas limitaciones en mente que se comprende
el verdadero peso de las palabras de George W. Bush: el de haber
encarnado la fuerza, el consenso y la legitimidad que hoy por hoy
tiene la posición estadounidense.
El hombre más poderoso de la tierra habló por la
gran mayoría de seres humanos indignados por los horrendos
atentados, y el significado de sus proposiciones se enriqueció
por la unidad nacional y la solidaridad internacional que enmarcaron
su presentación.
A pesar de que la rabia y la indignación tenían las
de ganar en un mensaje eminentemente emotivo, hay que reconocer
la firme intención de no desterrar la cordura y la razón
del mismo. Se hizo especial hincapié en la marginalidad de
los grupos terroristas dentro del mundo musulmán, en la insuficiencia
de los métodos bélicos convencionales para esta nueva
lucha contra las organizaciones fundamentalistas y en la importancia
de una amplia y diversa coalición contra el terror.
Es así como las cegadoras generalizaciones, el unilateralismo
y la tentación por una guerra antiséptica no formaron
parte de las ideas esbozadas por un hombre acostumbrado a caer en
tales espejismos.
El controvertido de nuestro lado o del lado de los terroristas
es solo una forma rasa de expresar el estado real de cosas. Ante
lo ocurrido no hay espacio para posturas medias que minimicen e,
incluso, justifiquen las acciones de los asesinos. El compromiso
exigido a las naciones es el de una condena absoluta al salvajismo,
de palabras y hechos. Lo contrario es esbozar argumentos que señalan
las políticas americanas como los verdaderos focos de responsabilidad
de la tragedia. Quienes así se expresan olvidan que buscar
en la víctima las razones del accionar del victimario es
parte de una lógica perversa. La culpabilidad descansa exclusivamente
en los verdugos; y, como víctimas, los estadounidenses merecen
el respaldo incondicional de la comunidad internacional.
La autoridad, más que el mero poder de hecho, se encuentra
del lado de la superpotencia por el momento. Las palabras del inexpresivo
presidente no solo se enaltecieron por esa realidad, si no por el
hecho de que el tipo de respuesta militar que pudiese diluir la
hasta ahora incuestionable legitimidad no ha tenido lugar aún.
Lo anterior no significa que una reacción contundente no
sea indispensable; pero sí, que Estados Unidos corre el riesgo
de perder en el camino algunos de los privilegios y valores que
sus enemigos han jurado con demencia destruir.
Ese es tal vez el legado más trágico del martes 11
y la única mentira reconocible en las palabras del tejano:
La justicia real para los estadounidenses difícilmente llegará,
porque la de por sí esquiva defensa de la libertad y la democracia
exigirá que las mismas sean restringidas en aras de una seguridad
ciudadana que se ha ido indefinidamente.
Especial para La Prensa
Un elefante derribado
por un escorpión
Estados Unidos va a tener que plantearse una serie
nueva de preguntas que transformarán su concepción
de la política exterior y de sí mismo
José Montano
Abruptamente, y con un presidente dispuesto a no contradecirlos,
los estadounidenses comprenden que todo ha cambiado para siempre
y que nadie, ni siquiera la única superpotencia está
ya a salvo. Por tanto, lo que se impone es la guerra.
Al socaire del momentum y con aspecto de estar preocupantemente
desbordado por los acontecimientos, volvió Bush, en su discurso,
a los vetustos clichés de Hollywood, engendrados en el mito
americano del valiente y virtuoso cowboy del oeste.
Todas las naciones en todas las regiones deben tomar ahora
una decisión: o están con nosotros o están
con los terroristas, afirmó.
El inconveniente de este lenguaje es que, al tiempo que intenta
responder a la idea que tiene Bush de lo que el público norteamericano
desea oír, oculta lo que de verdad está ocurriendo.
Nadie se empinó para advertirle al presidente que los sabios
africanos saben, desde hace muchos siglos, que un escorpión
puede derribar a un elefante.
Estados Unidos va a tener que plantearse una serie nueva de preguntas
que transformarán de forma inevitable su concepción
de la política exterior y, por extensión, de la política
nacional y de sí mismo.
El ataque producido dos semanas atrás -teología contra
tecnología - y sin ningún Estado a la vista, demuestra
hasta qué punto se equivoca Bush al pensar que puede alcanzar
la invulnerabilidad a través de su propuesto escudo antimisilístico.
Es más, tal vez el próximo ataque no sea del tamaño
de un avión, sino un agente químico o bacteriológico
contagioso transportado en una maleta o una botella.
Tal posibilidad es hoy tan cierta para los estadounidenses, que
han vaciado los comercios dedicados a la venta de máscaras
antigás.
Bush sabe ya que las represalias, por sí solas, no van a
resolver el problema, por lo que es posible que tenga que emprender,
también, una revisión fundamental de los métodos
que emplea Estados Unidos para comprender el mundo exterior. Mas
sin embargo, no hubo énfasis sobre esto en su discurso a
la nación.
Tampoco dijo que su administración está contagiada
por un letal virus denominado animosidad internacional;
lo que se refleja, a su vez, en un norteamericano promedio incapaz
de comprender por qué tanta gente los odia tanto.
Les pido que mantengan los valores de Estados Unidos y recuerden
por qué tantos han venido a este país. Estamos en
una lucha por nuestros principios y nuestra primera responsabilidad
es vivir a la altura de ellos. Le salió la vena moralista
utópica del carácter estadounidense.
Es el apoyarse en un McMundo, definido en gran parte
por la imaginación de Hollywood, que es básicamente
norteamericano e infantil.
Peligro. Irresponsablemente y lejos de constituirse en una muestra
de sabiduría, el pronunciamiento del presidente no fue otra
cosa que un acuse de recibo a la tendencia pueblo: emociones y venganza.
Especial para La Prensa
Foro ciudadano
Si sumamos los votos de quienes calificaron de convincente el discurso
del presidente Bush a los de aquellos que piensan que fue excepcional,
queda en evidencia que la mayoría de los encuestados apoyan
al presidente estadounidense en su libertad perdurable.
Frases de la semana
Esperamos
que sean los primeros mártires en la batalla del islam contra
la nueva cruzada judía conducida por el cruzado George Bush
bajo la bandera de la cruz.
Osama Bin Laden, en referencia
a los cuatro paquistaníes que murieron en una manifestación
de islamitas en Karachi.
...Yo
me limité a citar dos páginas del catecismo de la
Iglesia...
Joaquín Navarro Valls, portavoz
del Vaticano, reacciona a la polémica surgida al declarar
que la Santa Sede entendería
una respuesta violenta de EU.
Lo que ellos opinan
Juan
Antonio Tack
Ex negociador
Estoy en contra del terrorismo internacional provenga de donde
provenga, pero se debe pensar muy bien antes de caerle encima a
un país tan miserable como Afganistán. Se puede buscar
otra forma para disminuir el terrorismo.
Balbina
Herrera
Legisladora
Fue un discurso muy fuerte que cambió la política
exterior norteamericana. Mientras Bill Clinton buscó la paz,
los hechos del 11 de setiembre radicalizaron la política
exterior norteamericana.
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