¿Por qué?
La unipolaridad del mundo actual, precisa que Estados Unidos tenga una gran dosis de ecuanimidad y mesura
Rubén M. Castillo
Hace dos años visité la ciudad de New York. El viento frío del inicio del invierno me reveló un mundo que sólo conocía a través de la ilusión del celuloide y los relatos de los que abrazaron la esperanza del “sueño americano” en medio del humo de las fantasías de la publicidad.
Nueva York se me presentó agresiva y deslumbrante. Times Square, Broadway y la Quinta Avenida tienen la plasticidad de lo asombroso, además de la velocidad incansable de un pequeño universo que no descansa.
Las calles bien trazadas de Manhattan invitan a caminar con la libertad de una ciudad que es sueño, neón y gigantes de concreto. Es notorio el éxito de Rudolph Giuliani en su gestión como alcalde que, según reportes del año 1999, había convertido a “la Gran Manzana” en una de las ciudades más seguras de Estados Unidos.
Harlem y el Bronx contrastan con la opulencia manifiesta de Manhattan. Las minorías rodean su entorno con la contracultura de la insatisfacción. Por ello, Nueva York es ese extraño calidoscopio donde la diversidad es el atractivo y donde el sonido de los idiomas construye uno nuevo.
La Estatua de la Libertad evoca los ocho millones de historias que se cruzan y se entrecruzan en una ciudad construida con el esfuerzo de la inmigración.
Estos recuerdos de viaje se presentan en medio del sinsabor de la muerte. A partir del fatídico 11 de septiembre, ni Estados Unidos ni el mundo serán iguales.
En esta ocasión, el terrorismo, hijo legítimo de la maldad, asentó sus filosos colmillos en las entrañas de “América”, anunciando la apertura de una larga temporada de inestabilidad global.
Los acontecimientos me traen a la memoria hechos históricos que, sin las mismas dimensiones de la tragedia de Estados Unidos, tuvieron a la humanidad en vilo. Rememoro el secuestro en Italia de Aldo Moro, líder de la Democracia Cristiana en la década del 70 y muerto a manos de las llamadas “Brigadas Rojas”, quienes en un acto de impiedad y helada crueldad, segaron, sin justificación, la vida de una persona cuyo único delito era profesar ideas contrarias a las de sus captores.
Todavía me perturban las imágenes de niños centroamericanos lisiados por la indiscriminada y criminal plantación de minas cuya carga explosiva no sólo destruyó vidas sino que pulverizó ilusiones. En Centroamérica, los intereses creados y la ideologización extrema provocaron un holocausto indescriptible que, gracias a la Divina Providencia, pudo detenerse cuando se impusieron los argumentos de la razón, a través de los procesos de paz.
Siento un llanto en el alma, al ver las imágenes de los crueles atentados terroristas en nuestra vecina Colombia, donde la muerte acecha en cada esquina y donde los métodos usados tienen las huellas de Caín. Las dramáticas imágenes de una mujer desesperada, con un collar explosivo puesto por supuestos grupos insurgentes, procuran un serio examen sobre los valores de ciertos seres humanos.
El terrorismo, venga de donde venga, debe ser combatido porque implica un acto deleznable y atroz que atenta contra los fundamentos de la democracia, ya que mediante él se pretende alterar la conducta ciudadana y la posibilidad de ejercer, con libertad e independencia, las garantías que sólo pueden otorgar las sociedad plurales y tolerantes. Ya hemos dicho en otras ocasiones que el mundo cada vez es más plural y que la magia de la democracia implica, precisamente, que podamos convivir armónicamente.
Anoto que las crueles e inhumanas diferencias que crecen en nuestras sociedades, no justifican las depredadoras conductas encarnadas en los actos terroristas, ya que estos suponen el triunfo de utópicas e irracionales verdades absolutas que embrutecen el entendimiento y que, a la postre, no sólo no resuelven los males sociales sino que los profundizan.
Los problemas de equidad no se afrontan promoviendo la cultura de la violencia, sino abrazando, sin atenuantes, el credo de la democracia que debe significar más participación ciudadana y un terreno común que permita la incorporación de todos los sectores de la sociedad en la gestión pública en base a planes y metas que generen un auténtico “Estado de bienestar”.
Debe quedar claro que la lucha contra el terrorismo debe librarse desde la institucionalidad. España, que sufre en carne propia los embates de los violentos, ha decidido, con buen resultado, fortalecer la democracia para enfrentar el flagelo de la intolerancia armada. La mayoría de los partidos políticos han cerrado filas en la defensa de las instituciones democráticas, evitando que el desquite sea el signo de la lucha contra el terror. España defiende su democracia utilizando las reglas del Estado de derecho, sin caer en la tentación de utilizar los mismos métodos que combate. Anoto que cuando se intentó generar una guerra sucia contra el terrorismo, el sistema democrático respondió con el célebre proceso “Gal” que hizo tambalear al gobierno socialista, ya que la sociedad entendió que la democracia se sustenta en un universo de leyes que establecen la conducta de las autoridades y que determinan la forma de enfrentarse a la violencia irracional.
Panamá tiene que impulsar, por convicción y no por imposición, una intensa lucha para evitar que su territorio sea utilizado en actos que riñen con los valores de la vida.
En la lucha contra los actos violentos, no deben existir neutralidades porque sería como ver un crimen con la calma del cómplice.
La unipolaridad del mundo actual, precisa que Estados Unidos tenga una gran dosis de ecuanimidad y mesura al momento de actuar, ya que los frágiles resortes de la economía mundial requieren directrices correctas y sensatas que eviten la profundización de las ya evidentes angustias que agobian a la “aldea global”. Si existe algún yerro en el manejo de la crisis, la misma incrementará el desasosiego de millones de seres humanos que entonces se debatirían entre el fantasma siniestro del terrorismo y el espanto truculento de las necesidades insatisfechas, lo cual, en muchas ocasiones, sirve de caldo de cultivo para reproducir los signos del radicalismo insano.
Algún día regresaré a Nueva York. Volveré a pisar sus calles con olor a sueños de inmigrantes, y, seguramente, cuando reciba el recurrente aroma de la tragedia, le repetiré en forma reiterada a mi conciencia de ser humano: ¿por qué?
El autor es abogado
Además en opinión
•¿Por qué?: Rubén M. Castillo
•La guerra del color: Néstor Jaén S.J.
• Libertinaje: Jairo
Pertuz
• La conciencia del
mal: José Guillermo Ros-Zanet
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Hace un año en el IDAAN: Guillermo A. Cochez
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