La guerra del color
Debemos fomentar la solidaridad y hermandad entre las distintas razas, credos y culturas, para que nadie se sienta más o menos que otro
Néstor Jaén S.J.
Hace ya tantos años que no recuerdo cuántos, un ilustre jesuita, el padre De Sousa, oriundo de India, nos dio una charla a un pequeño grupo de sacerdotes y hermanos también jesuitas. Tenía una preparación tan notable en materia de relaciones internacionales, que el Gobierno de India, siendo un país no cristiano, lo nombró su delegado ante las Naciones Unidas.
El sacerdote De Sousa, entre otros asuntos, nos dijo —con bastante seguridad— que la tercera guerra mundial sería “La guerra del color”. Le preguntamos por qué ese nombre y nos respondió que no sería una guerra entre la Unión Soviética y Estados Unidos, sino entre los blancos (tal vez ambas potencias juntas) y “la gente de color” entre la que él mismo se incluía. Negros, chinos, árabes o indios o todos juntos. Sería un choque entre la cultura occidental “cristiana” dominante en el mundo y otras culturas. ¿Y América Latina dónde se ubicaría?, le preguntamos; nos respondió que no sabía, debido a que si bien se trata de una zona del mundo con una cultura occidental, la mayoría de su gente era tercermundista y de color.
Hoy, al mirar los horrendos y criminales atentados en Nueva York y Washington, merecedores de la máxima condena y de un castigo (no venganza) que ponga en práctica la justicia; mientras que por otra parte vemos la posiblemente muy devastadora respuesta bélica occidental, nos preguntamos si se irán ahora a cumplir las “profecías” del padre De Sousa acerca de una “tercera guerra mundial del color”.
Quiera Dios que esto no ocurra, aunque de “tejas para abajo” lo vemos muy factible; a no ser que el propio mundo islámico se divida y que en lugar de una “guerra santa” generalizada haya muchos países de mayoría árabe que se sumen a la lucha “globalizada”contra el terrorismo. Parece que la diplomacia está caminando en este sentido. Ojalá tenga éxito.
En estos días se ha repetido muchísimo que la lucha antiterrorista es muy difícil, porque el enemigo no está fácilmente a la vista. Es un fantasma. Por eso las acciones del terror crean en la ciudadanía una enorme inseguridad. Puede haber estallidos en cualquier parte y en cualquier momento.
Y entonces, ¿qué hacer? A corto plazo hay que buscar los medios más efectivos para descubrir y atacar los lugares y estructuras en donde se planean y originan los actos terroristas, y luego llevar a las personas involucradas a un proceso judicial muy serio que sirva de escarmiento y ojalá que también de regeneración de los culpables.
¿Y a largo plazo? Lo fundamental es fomentar la solidaridad y hermandad entre las distintas razas, credos y culturas, para que nadie se sienta más o menos que otro. Y, simultáneamente como causa y efecto de lo anterior, se hace indispensable la justicia económica y social para que los países poderosos no opriman a los más débiles; ni que dentro de un mismo país, los grupos fuertes dominen a quienes no lo son. Solo entonces se estará sembrando una paz que dificultará o incluso tal vez evitará cualquier “guerra del color” o de otro tipo.
¿Qué no debemos hacer? En el nivel de la coalición antiterrorista, no responder a una muerte masiva de gente inocente como sucedió en Nueva York y Washington, con una acción que igualmente aniquile masivamente a gente que no tiene culpa de lo que está ocurriendo. Y en lo personal, en nuestra vida cotidiana, nunca debemos llevar “la guerra del color” a individuos que tal vez no tengan ninguna vela en este entierro. No perseguir ni menospreciar a alguien porque sea negro, árabe o indígena, y menos aún si son personas pobres. Tampoco debemos creer que todo el bien está en una parte y todo el mal en la otra, ya que en todas las cocinas se cuecen habas.
Y por último (hablo a las personas creyentes, de todas las denominaciones, religión o independientes), insistencia y humildad por el amor, la paz y la justicia en todo el mundo y actuar consecuentemente en la medida de nuestras posibilidades. Y distingamos muy claramente “el factor Dios” de Saramago, que, según él está solo en nuestras mentes, del Dios verdadero que sí existe dentro y fuera de nuestras personas y que está más vivo que nosotros. Este Dios es el que nos escuchará, aunque muchas veces su respuesta no se dé según nuestras categorías sino según las suyas. La oración de la fe, estamos convencidos de ello, será un elemento esencial en el cambio positivo de la historia.
El autor es padre jesuita
Además en opinión
•¿Por qué?: Rubén M. Castillo
•La guerra del color: Néstor Jaén S.J.
• Libertinaje: Jairo
Pertuz
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mal: José Guillermo Ros-Zanet
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Hace un año en el IDAAN: Guillermo A. Cochez
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