Panamá, 27 de septiembre de 2001
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Libertinaje

Los pilares de nuestra sociedad y de nuestra cultura vienen siendo socavados, bombardeados inmisericorde e impunemente (...)

El desenfreno en las palabras y acciones pretende ser justificado con el modernismo, la globalización, el derecho a manifestarse, la regresión legalizada, las normas caprichosas de quienes carecen de principios, educación y cuyo único norte es el enriquecimiento.

Dignidad y moral son para muchos, vocablos decadentes que no deben practicarse y menos respetarse; al contrario, hay que destruirlos y sacarlos del escenario social por falta de una legislación coherente, como si estas no fueran condiciones intrínsecas del ser humano.

El respeto a los mayores, a la majestad de la patria, a la mujer, al derecho ajeno, a los niños y a los padres, encuentran las más absurdas justificaciones en los infractores y en sus inspiradores e instigadores.

La inspiración, que como tal debe despertar sentimientos e ideas de elevada calidad y superación, está pasando a ser un culto a lo obscenidad, a lo vulgar, a lo feo, a lo violencia y al vicio, con el apoyo de facilitadores y financiadores.

No faltan quienes, amparados en un status económico, salen en defensa de una libertad mal entendida y peor practicada (...)

Hay quienes dudan de las ofensas cuando son a otros (...) y aceptan como compensación de los daños al honor, a la dignidad y al buen nombre, una simple paga económica que, para algunos, es sano y civilizado.

Me atrevo a preguntar a todo el pueblo panameño, si es acaso el dinero la medida para llenar y pagar una ofensa a su honor, a su dignidad, a su nombre; a una ofensa publicada a su madre, esposa, hermana o a su padre. Y a los divulgadores de entretención, si es ético y beneficioso para la sociedad a la que se deben, ofrecer productos o mensajes cargados de violencia, vicio, pornografía y rencores diversos.

La Iglesia católica panameña ha repudiado recientes publicaciones como un abuso a la libertad de expresión. Los entes cívicos, la sociedad civil y las autoridades debemos participar en una cruzada panameña en defensa del decoro, la decencia, nuestros valores culturales, nuestras familias y del derecho que tenemos a que se respete nuestra idiosincrasia como personas y como país. En ese camino podremos enrumbar y encontrar lo que queremos para nosotros.

Nuestra cultura no es globalizable, todo lo que otros hacen o aceptan en otras latitudes no estamos obligados a practicarlo. Mucho menos debemos permitir que haya quienes basados en la libertad que permite la democracia, y en la tolerancia que pueden permitir las máximas autoridades del Estado, se festine vulgar e inmisericordemente con los más caros valores de nuestra sociedad.

Jairo Pertuz


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•La guerra del color: Néstor Jaén S.J.
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