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Pasado y presente de la lengua española
La académica Elsie Alvarado de Ricord comparte
con los lectores algunas reflexiones sobre el uso adecuado de la
lengua en lo referente al género. Este es un fragmento de
una exposición reciente ante los académicos y el público
panameño.
ELSIE ALVARADO DE RICORD
Miembro de la Academia Panameña
de la Lengua
invest@prensa.com
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El ingenioso hidalgo Don Quijote
de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra, es la obra
cumbre de la lengua española. Sus enseñanzas no han sido superadas.
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En cuanto al pasado y el presente de nuestra lengua, leo con frecuencia
las declaraciones de ilustres filólogos que hablan con entusiasmo
de la buena salud del español. Comparto esa opinión,
si bien hoy mantengo cierta reserva, ya que la necesaria acometividad
contra el lenguaje sexista ha perdido un poco el radar, y no veo
un piloto experto que se encargue del timón.
El terreno del lenguaje es infinitamente más complejo de
lo que parece, y es muy fácil caer en una selva más
oscura que la de Dante en mitad del camino de la vida.
Es ya muy reconocido el mérito del movimiento feminista,
de quienes lo iniciaron y quienes lo sostienen, luchando contra
la fuerte corriente del machismo universal. Por ese predominio absoluto
del varón, que afecta a todas las acciones colectivas e individuales
y es socialmente nocivo y bochornoso, la humanidad ha sacrificado
el 50% de su potencial.
Los errores del feminismo son nimios si se comparan con los del
machismo, y entre estos últimos, los del lenguaje son apenas
un reflejo de lo que se da en el mundo referente.
Términos ofensivos a la dignidad femenina, que, en igualdad
de condiciones, no se aplican al varón, como los alusivos
a Celestina y el celestinaje; refranes: el hombre sea león,
y la mujer, camaleón; frases hechas: una triste
mujer; frases célebres, como ésta de Napoleón:
Las batallas contra las mujeres son las únicas que
se ganan huyendo; canciones, poemas, relatos, (en que al más
diestro se le da como premio a la princesa), nutren su mensaje y
forma expresiva en la supuesta inferioridad de la mujer. Contra
esto ha luchado el feminismo y habrá que persistir durante
mucho tiempo.
Un punto discutible en el que he batallado en congresos, sin despertar
interés, es el de la tradicional confección de los
diccionarios, que por tradición machista, a la aplicación
del orden alfabético estricto sobreponen la preferencia por
el género gramatical masculino en palabras que presentan
la oposición a/o, como niña/niño, bella/bello,
en las cuales, siguiendo el criterio alfabético debería
figurar, por orden, la que tiene la a, y añadirse la que
tiene la o. Pero no se hace así; la masculina, por serlo,
es siempre la primera, incluso en los casos en que la femenina es
abrumadoramente más usada, como enfermera; o el adjetivo
lesa (crimen de lesa humanidad, lesa patria, lesa majestad). De
modo que el pretendido orden alfabético no es tal; los diccionarios
responden a un criterio mixto. Tal hecho no constituye un problema
grave.
El problema del momento
Con el perdón del cultísimo auditorio, permítaseme
partir desde una archiconocida base, para plantear lo que es, en
mi opinión, el problema del momento.
Una lengua es un sistema de signos lingüísticos que
sirven para la comunicación humana. Cada una de las especies
animales tiene una forma de comunicación, pero es entre los
humanos donde la facultad del lenguaje se ha desarrollado de manera
óptima, con el paralelo desarrollo del pensamiento. Tal es
la superioridad que nos privilegia. Así se han constituido
las lenguas; muchas, derivadas de un tronco común; otras,
desde diversos puntos geográficos.
Los niveles de la lengua, que definen el sistema, son el fonológico,
el morfológico y el sintáctico; una vez constituidos,
mantienen bastante fijeza.
La comunicación en un mundo cambiante exige una continua
adaptación, que implica ajustes y reajustes. Donde se pueden
dar estos cambios continuos es en la amplitud del campo léxico-semántico
(el del vocabulario), que es como una atmósfera que envuelve
a dichos tres niveles (el fonológico, el morfológico
y el sintáctico) pero que no se confunde con ellos.
Por eso es posible que ingresen en el Diccionario, como en efecto
ingresaron en 1992, 12 mil nuevas acepciones y modificaciones; y
que muchos términos caigan en desuso.
Pero cuando se trata del sistema de la lengua, en los planos fonológico,
morfológico y sintáctico, no es posible que se elimine
una sola letra necesaria del alfabeto, que corresponde a un sonido
que está en el lenguaje oral y debe representarse en la escritura,
sin que ello ocasione un desastre en el sistema.
Del mismo modo, las normas morfológicas y sintácticas
no son imposiciones académicas, sino mecanismos que se fijan
porque el uso hace la norma, y por la norma se consolida el sistema.
De allí que en español, las milenarias normas de
concordancia no se borran por una simple decisión de los
usuarios, y el descalabro que ello acarrearía en el nivel
sintáctico podría llevarnos a perder el más
precioso tesoro del mundo hispanohablante: la lengua española.
Cada vez que alguien me plantea con preocupación que en
Panamá la lengua se va a perder por el empleo de las jergas
juveniles, explico que éstas son pasajeras y la lengua permanece;
o por lo mal que hablamos el español, explico que el habla
vulgar en todos los países es poco estricta, pero que el
español estándar es el mismo en todas partes.
Pretendido lenguaje igualitario
Pero ahora hay en nuestro país una situación que
sí constituye un problema y he dispuesto, por propia decisión
y sin consultar con ningún colega, dar la voz de alarma,
lo cual significa que absolutamente ningún colega académico
sabe sobre qué voy a hablar ni lo que plantearé; que
no lo hago en nombre de la Institución sino en el propio,
y que no la Academia, sino mi persona, se constituye en pararrayos
del explicable disgusto que provocaré, de lo cual estoy consciente.
Retomo el asunto del lenguaje sexista.
No hay nivel ni aspecto del lenguaje que se salve con ese -as,
-os, -as del pretendido lenguaje igualitario, que llaman genérico.
Empecemos por la morfosintaxis.
En español la abundancia de marcas de género y número
es una de las causas de la amplia libertad sintáctica y con
ello de la fluidez y la armonía del lenguaje.
En las lenguas que carecen de esas marcas, el hablante está
contraído a esquemas bastante rígidos y a la repetición,
a veces recargada, de un sujeto. Pero esa fluidez y esa armonía
que el español ostenta se están rompiendo precipitadamente.
Una ley que la Asamblea aprobó en el 2000 se refiere al
lenguaje sexista en los textos escolares. Y, tal vez por una interpretación
equivocada, se ha introducido en el habla panameña un criterio
aterrador. Planteé mi desacuerdo en un encuentro feminista
al que fui cordialmente invitada, antes de que la ley se aprobara.
Una señora me contestó muy cortésmente que
respetaba mi opinión, pero no la compartía, porque
si a un niño o a una niña se les enseña a hablar
así desde pequeños y pequeñas, les será
muy fácil aprender.
Pregunto a ustedes qué pensarían de un párrafo
como éste que estoy inventando para lectura en un segundo
grado de primaria, y que es tan sencillo:
Juan y María van juntos a la escuela. Cada uno lleva su
maletín. Ambos son muy estudiosos. Los acompaña una
tía, para que no crucen la calle solos.
¿Es muy simple, verdad? Pero, según los nuevos rumbos
es totalmente sexista, y por completo inadmisible:
- Juan y María van juntos a la escuela.
- ¿Juntos? Puro machismo: son un niño y una niña.
Hay que decir, juntos y juntas.
- Pero si sólo son dos. Tampoco se puede decir: junto y junta.
- Hay que eliminar, para el caso, el adjetivo juntos. No se puede
decir. Censurado.
- Cada uno lleva su maletín.
- ¿Cada uno? Machismo: son uno y una.
- Pero no se puede decir cada uno y cada una porque sólo
son dos.
- A eliminar de nuevo. Para el caso, no se puede decir cada uno.
Censurado.
- Ambos son muy estudiosos .
- ¿Ambos? Machismo: son un niño y una niña.
- Pero no se puede decir ambos y ambas, porque no son cuatro, sino
dos. Tampoco ambo y amba.
- A eliminar, para el caso, el adjetivo ambos. No se puede decir,
excepto si fueran dos varones. Censurado.
- Los acompaña una tía.
- ¿Los? Machismo. Son un niño y una niña. Tampoco
se puede decir los / las porque sólo son dos. Se dirá:
Lo / la acompaña una tía.
- Para que no crucen la calle, solos.
- ¿Solos? Machismo; son un niño y una niña.
Se dirá : Para que no crucen la calle solo/a.
Un matrimonio entre hombre y mujer no puede emplear el pronombre
nosotros.
Una escena en un banco:
- Ella y yo queremos pedir un préstamo.
- ¿Son Uds. casados?
- Casados no; casada y casado.
- ¿Usted con otra y ella con otro?
- No. Ella casada conmigo y yo casado con ella.
- ¿Tienen hijos?
- Hijos no.
- ¿Ni uno solo?
- Uno solo sí, y dos niñas.
- Entonces son tres hijos.
- No. Uno y dos.
- ¿Uno y dos no son tres hijos?
- No. Son un hijo y dos hijas. No son tres hijos.
- ¿El hijo es suyo y las hijas de ella?
- No. El hijo es de ella y mío y las hijas de ella y mías.
- ¿Y por qué no dice de nosotros?
- Porque ella y yo no es igual que nosotros. El matrimonio es entre
hombre y mujer. Y nosotros es masculino.
Para agravar la situación (como nadie quiere volver a escribir
en femenino lo que ha escrito en masculino, por un imperativo de
la economía expresiva, para ahorrar tiempo, espacio y esfuerzo)
el signo de la arroba -que se usa en las computadoras para las direcciones
del correo electrónico- se ha introducido como un virus en
el alfabeto y está corroyendo el sistema de escritura y de
lectura.
Días atrás me trajeron a la Academia, en consulta,
un programa oficial. Y, según otras llamadas desde varios
ministerios, esta medida es oficial.
L@s niñ@s.
Pregunté ¿Cómo se lee? Laos niñaos
o Loas niñoas? Me dijeron: Los niños y las niñas.
Entonces, de nuestra lectura en línea horizontal progresiva
de izquierda a derecha hemos pasado a una lectura que salta atrás,
vuelve adelante, y que con dos palabras mal escritas representa
cinco.
Y tanta lucha por el alfabeto para quedar con un signo que tiene
simultáneamente valor de a y de o, y la mágica virtud
de convertir dos palabras en cinco, que se leen hacia adelante y
hacia atrás.
Un fin de tragicomedia
En fin, el pretendido lenguaje igualitario, que empezó con
una justa lucha dramática, ha terminado en tragicomedia.
Lo que temo es que todos/as nosotros/as nos veremos condenados/as
a ser los/as últimos/as usuarios/as de una lengua que fue
para los/as hispanoamericanos/as el verdadero tesoro con que fuimos
favorecidos/as tras la cruel experiencia a que nos sometieron los/as
conquistadores/as españoles/as.
Si es que ya no estamos todos/as, emisores/as y receptores/as,
completamente locos/as de tantos/as/os/as.
La lengua española, que encierra un potencial de sonoridad,
armonía y fluidez para las hablas, ha engendrado un habla
desarticulada, harapienta y tartamuda, que perdió el ataque
vocálico dulce propio de las lenguas neolatinas.
Y todo a ciencia y paciencia de 400 millones de usuarios. La experiencia
de muchos años de discusión académica en congresos,
me dice que este problema sólo podría ser resuelto
directamente por la comunidad hispanohablante.
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