Panamá, 25 de septiembre de 2001
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Juegos de rol

Los adultos, pese a tener más capacidad de pensamiento lógico, manifestan en nuestro diario vivir actitudes tercas y egoístas propias de seres incapaces de considerar otras posturas

Alicia Rego
Especial para La Prensa
revista@prensa.com

Los seres humanos sí tenemos la capacidad de desarrollar la facultad de entender los motivos de nuestro prójimo.

Con muchas diferencias individuales, la mayoría de las personas tendemos a pensar que nuestras ideas o posturas ante diversas situaciones son las correctas. Dicho con otros términos, creemos tener la razón en todo.

A ello se le suma, quizás como consecuencia, las grandes dificultades con las que nos enfrentamos a la hora de intentar entender la postura del contrario. O también con otras palabras, lo mucho que nos cuesta ponernos en el lugar (o en los zapatos, si se quiere) del otro.

Pero lo más triste es que raramente nos damos cuenta de ello, y si los hacemos, no lo admitimos. Mucho menos doloroso para el ego es atribuirle la culpa de nuestros males y errores a otras personas y no dejar cabida a la posibilidad remota de que quizás nuestra verdad no sea la única. Así, ruptura entre socios, diferencias irreconciliables con los amigos o la pareja, y falta de comunicación entre padres e hijos son algunas de las consecuencias.

Sin embargo, a decir de los expertos, los seres humanos sí tenemos la capacidad de desarrollar la facultad de entender los motivos de nuestro prójimo. Empatía, le llamamos los psicólogos a esta habilidad, la cual inclusive está presente en cada uno de nosotros ya a edades muy tempranas. Gracias a ella, un bebé de meses es capaz de sentir las emociones de alegría o dolor de su madre y sentirse de alguna manera contagiado por ellas. También gracias a ella, un niño en edad escolar es capaz de entender las reacciones de otros compañeros y prevenir conductas propias que puedan producir algún daño.

Y esta destreza es tan importante que de ella depende el que un pequeño entienda que sus actuaciones tienen unas consecuencias que influyen positiva o negativamente en los demás, facultad que todo padre espera en su hijo para que se desarrolle como una persona solidaria y autocontrolada, virtudes que a su vez facilitarán sus posteriores relaciones y su inclinación hacia la justicia.

Cuánto de positivo hay como subproducto de esta capacidad empática. Y cuánto de negativo tras su carencia. Porque lo cierto es que si bien un niño puede crecer desarrollándola, muchos otros pierden esta habilidad por el camino, tal como sucede con el lenguaje. Y es que al igual que las dificultades posteriores con las que se enfrenta un menor que no aprende a leer y escribir adecuadamente a una edad determinada, el niño que no explota esa inclinación natural a ponerse en el lugar del otro tiene más posibilidades de ser intransigente, poco compasivo y nada sensible ante las necesidades de los demás.

Hecho curioso es el que muchas madres sin tener remota idea de que el término empatía existe, inclinan de forma natural a sus hijos hacia ella. Así, he oído a más de una explicarle a su retoño cómo se siente otro niño si sufre y cómo no debe hacerle lo que a él mismo no le gustaría que se le hiciese. Darle un bofetón si el pequeño le quita un juguete a otro o reñirle porque no comparte sus pertenencias no es suficiente. Explicando y expresando nuestras emociones y las de los demás, ayudándole a que comprenda los sentimientos y reacciones ajenas y los propias, y ampliando nuestro vocabulario emocional, posibilitamos que siga desarrollándose en este sentido. Frases como éstas, dirigidas a los hijos, van encaminadas por esta línea:

1- “Estoy preocupada porque tu hermano no se encuentra bien”.

2- “Cuánto debes haberte decepcionado”

3- “Por qué crees que tu hermano quería pegarte”

4- “Parece que estás enfadado pero eso no significa que puedas comportarte así”.

Pero el trabajo no es fácil. Prueba de ello es que los adultos, pese a tener más capacidad de pensamiento lógico, manifestamos en nuestro diario vivir actitudes tercas y egoístas propias de seres incapaces de considerar otras posturas. De ahí a que muchos terapeutas cataloguen este defecto como una de las causas principales del fracaso en las relaciones interpersonales. Aún así la causa no está perdida. Y es que según ellos, si bien ya ha dejado atrás la infancia, el adulto puede reaprender esa habilidad a través de los llamados juegos de rol, muy utilizados como terapia en momentos de crisis. A través de ellos se busca, por ejemplo, que la esposa se ponga en el lugar del esposo, y viceversa; o que el hijo asuma el papel de uno de los padres (y viceversa también), intentado actuar como si se fuera esa otra persona.

Y aunque el ejercicio sea más complejo de lo que aquí se describe, la idea no es otra que lograr más empatía y comprensión ante los sentimientos y reacciones del otro, saliendo de ese hermetismo que produce la percepción de que las razones de uno son las únicas. Los resultados, dicen los expertos, son plenamente satisfactorios. Parejas a punto de la ruptura y padres distanciados de sus vástagos son los más beneficiados de la terapia. Porque ser personas con buena habilidad empática, concluyen, implica ser personas de mejores relaciones.

Pero yo incluso iría más allá. Así apuntaría que sólo alguien con esta facilidad debería gobernar una nación. Porque si un dirigente no es capaz de entender las necesidades ajenas y el punto de vista del contrario se deja llevar fácilmente por expresiones injustas, totalitarias, opresivas, racistas o xenofóbicas. Y si a esto se le suma pocas dosis de sensatez, ya ni se diga.

Dicen que Yitzac Rabin era un gran pacifista. Creo que más bien era alguien tan empático que su postura le obligaba siempre a la conciliación. Me pregunto si hoy por hoy no escasean los líderes como él y si, con el problema del Medio Oriente, no sería conveniente que más de un jefe de estado practicara juegos de rol.


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