Sin gloria ni medallas
Se sabe cómo empieza la guerra, pero no cómo termina. Es una bola de nieve que al rodar se agranda, se endurece y termina por aplastarnos
María del Carmen Cabello
ccabello@prensa.com
Ya he escrito antes, y además lo digo a menudo, que cuando yo crezca y sea grande quiero ser mujer objeto. Los que apenas me conocen me miran pasmados, recelosos, y yo explico entonces que ser mujer objeto no es malo, que no es lo que la gente cree, que no se trata de tirarse a la perdición ni a prácticas indecorosas. Una mujer objeto es una mujer hermosa, decorativa, delicada, frágil, indefensa, muy indefensa, que cede a otro –preferiblemente a un hombre- la toma de decisiones importantes, y cuyos temas de conversación son ligeros y sin aristas. A simple vista parece un poquito tonta, eso sí, pero no lo es. Porque con el cuento de la delicadeza y la indefensión, de la fragilidad y de la hermosura, logra todo lo que se propone. Logra por ejemplo que la responsabilidad de las decisiones, y por tanto de los errores, no caiga sobre ella, que todo el mundo respete su sueño y su descanso, y logra especialmente la protección irrestricta de los amigos, del esposo y de los jefes... Nadie podría sustraerse a la tentación de apañar en el aire tan fino búcaro antes de que se estrelle contra el piso y se haga añicos.
El único problema que tengo para conseguir mi propósito es que nunca seré grande porque ya lo soy. A estas alturas de la vida, no hay para mí la esperanza del niño que quiere ser astronauta, de la niña que sueña en ser reina de belleza o del joven que quiere ser médico. No hay marcha atrás. Solo me queda preguntarme si he sido lo que quise ser. Una pregunta que no me atrevo a plantearme y menos a responderme. Me parece que no me va a gustar la respuesta.
Y si no me atrevo es porque quizá tengo frustraciones sepultadas en el subconsciente que asoman de vez en cuando. El deseo de ser mujer objeto renace cuando mis débiles hombros se doblan con el peso de horas continuas de trabajo, o con la carga de dirigir una casa en la que no falte el pan ni la palabra.
Pero cuando más intensamente quisiera ser mujer objeto, no tener opinión propia ni palabras con qué expresarla, es en los momentos en que la razón y el sentido de la justicia, maldita sea, se rebelan. Y cómo molestan. Todavía no entiendo por qué no me limito a acudir perfumada y silenciosa a las reuniones de trabajo; por qué tuve que opinar a favor de los obreros en una cena de empresarios; por qué he inculcado en mis hijos y en mis alumnos el afán de saber y de ser buenos en un mundo en el que triunfa la mediocridad, la corrupción y la violencia, y por qué no lloro dulcemente, amargamente, en el hombro de alguien, los días en que la soledad se convierte en fardo. Está visto que el humor y la ironía de que echo mano en tales circunstancias no mueven a compasión alguna.
Por ejemplo, si fuera una mujer objeto, no estaría ahora tan dolorida, ni tendría tanta rabia, ni tendría tanto miedo. Estoy dolorida porque la violencia ha vencido a la paz, y porque arden los muertos que hubieran podido ser míos. No he llevado, sin embargo, flores a ninguna embajada ni he hecho oraciones porque no quiero atenuar mi rabia. Quiero que permanezca viva, vigilante, para no sucumbir al olvido ni dejarme convencer por el discurso vacío de un presidente que ha dividido al mundo en dos: los que están con él y los que están a favor del terrorismo. Como si estar en contra del terrorismo significara tan solo apoyar un despliegue de fuerzas y significara aplaudir que el destino del mundo quede en sus manos.
Y tengo miedo, mucho miedo, porque siempre se sabe cómo empiezan las guerras pero nunca cómo terminan. Porque son como bolas de nieve que al rodar se agrandan, se endurecen y terminan por aplastarnos. Y temo que la humanidad vuelva sobre sus pasos, que borre su memoria histórica. Que movida por la ciega furia del odio se enfrasque una vez más en la destrucción y la muerte.
Cuando ya no se está en condiciones de decir qué se quiere ser cuando se sea grande, lo menos que una persona debe sentirse es contenta consigo misma. Pero yo no lo estoy. Yo quería ser mujer objeto: bonita, dulce, sin opinión propia, meliflua, feliz y un poquito tonta. Y no estaría aquí escribiendo con la oculta esperanza de que otras mujeres bonitas, dulces, melifluas y felices se sacudan el calificativo de objeto.
Porque si, a falta de imaginación u ofuscados por el poder, suelen ser los hombres los que maquinan las guerras, bien sabido es que aquí o en Afganistán, son los niños y las mujeres los que más las sufren. Con mucha pena y ninguna medalla. Es decir, sin gloria alguna.
La autora es correctora de La Prensa
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