Panamá, 25 de septiembre de 2001
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La guerra o la paz

El nombre de Bush llegará más rápido a los libros de historia si logra la paz, que si apoya la guerra

Pauline Jácome

Es terrible que nuestro hermoso planeta se esté autodestruyendo; el odio y la falta de comprensión realmente son más desvastadores que la inclemencia del tiempo, la sequía o los desastres naturales.

¿Vamos a acabar con el tesoro más preciado que Dios creó para que lo cuidáramos? ¿Cuál es la finalidad de buscar venganza, hacia quién, hacia quiénes?

Luego del terrible, horrendo, despiadado y muy mal intencionado ataque a Estados Unidos el día martes 11 de septiembre, nos miramos con temor porque en nuestras miradas se dibuja el miedo profundo que puede generar una guerra.

El 11 de setiembre fue un día en que se unió el mundo entero en una expresión de sorpresa, de desasosiego, de incertidumbre y de pesar; lloramos juntos desde todos los confines de la tierra por la muerte de quienes considerábamos nuestros hermanos, independientemente de cualquier religión que profesáramos. Nos unimos ante nuestros televisores en un abrazo de preocupación por los demás.

Ahora hemos vuelto a tomar distancia unos de otros. Todos intercambiamos opiniones sobre qué va a ser de nosotros, cuál será nuestro destino; yo no quiero ni morir, ni que mueran otros. Mi vida hasta ahora me ha llenado de muchas satisfacciones junto a mi familia y mis hijos, y tengo muchas cosas que hacer todavía. No quiero que me aturda la posibilidad de sufrir las consecuencias de una posible guerra que no tiene justificación.

¿Qué va a pasar?; ¿cuál es la decisión que va a tomar Bush, represalia a los talibanes? ¿Nos iremos todos a la guerra? Pero, ¿quiénes somos todos, quién va finalmente a apoyar a Estados Unidos? ¿Será una guerra religiosa, una guerra para justificar la fabricación de armas nucleares o será una guerra para defender el ego de una nación?

¿Cuántas personas morirán, serán únicamente soldados, o únicamente terroristas patriotas, locos extremistas, nuestros vecinos, nuestros amigos, los niños de cualquier nación, las mujeres embarazadas, los ancianos que esperan con ansias morir de viejos?

¿Qué países van a quedar afectados, qué pueblos van a quedar enterrados, quiénes terminarían en la peor miseria, cuántos se quedarán sin trabajo, quiénes se harán ricos con la guerra?

¿Por qué tantas preguntas sin respuesta?; ¿por qué tanta incertidumbre? Es más fácil tomar una sola decisión. Pensar en la paz, en la paz mundial, en la paz con el vecino, con el amigo y con el enemigo. Dejar atrás la venganza, poner la otra mejilla y nunca pensar en resolver las cosas de la misma manera en que fueron perpetradas.

Es el momento de meditar; si Estados Unidos piensa en el bienestar de su poderosa nación, nunca admitiría ir a la guerra. Es de sabios esperar y meditar; retomar las palabras de consuelo de nuestro señor Jesucristo: “Señor perdónalos porque no saben lo que hacen”, y dejar a un lado los ánimos de venganza. Creo que el nombre de Bush llegará más rápido a los libros de historia si logra la paz, que si apoya la guerra.

Por todo esto pienso como muchos que, tal vez, no se atreven a decirlo: no creo en esa venganza que plantean los medios de comunicación y el mismo presidente Bush. Ese apoyo popular de las mayorías en Estados Unidos, es parte de una efervescencia, pero no significa que se desee ver morir a muchísima gente, al punto de que puedan desaparecer países enteros.

Que Dios ilumine a nuestros gobernantes para que decidan con sabiduría los destinos no de una nación, sino del mundo entero. Y, cualquiera que sea esta decisión, que Dios los perdone si nos llevan a la destrucción total.

La autora es psicóloga

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